Tras el éxito de Promising Young Woman, que le valió el Oscar al Mejor Guion Original, y el fenómeno cultural que supuso Saltburn, Emerald Fennell regresa con una de las adaptaciones más inesperadas y provocadoras de Wuthering Heights, la icónica obra de Emily Brontë.
Lejos de ofrecer una versión romántica al uso, Fennell utiliza todos los códigos visuales del melodrama clásico para construir justo lo contrario: una historia de amor tóxico, obsesivo y profundamente destructivo.
Desde sus primeras imágenes, la película remite a referentes como Gone with the Wind o Pride and Prejudice. La fotografía, el vestuario y la puesta en escena evocan ese imaginario romántico que el espectador reconoce y, en cierto modo, espera. Pero esa estética no es más que un espejismo.
Fennell no está idealizando el amor: lo está desmontando.
Los protagonistas —interpretados con intensidad por Jacob Elordi y Margot Robbie— encarnan una relación donde el deseo sustituye al afecto y la obsesión a la empatía. No hay cuidado mutuo ni crecimiento emocional, sino una atracción salvaje, casi violenta, que arrastra a ambos personajes a un vínculo tan magnético como insano.
Este contraste entre la belleza formal y la crudeza emocional no es accidental: es el núcleo del discurso de la directora. Como ya ocurría en sus trabajos anteriores, Fennell construye un envoltorio seductor para confrontar al espectador con una realidad incómoda. Nos hace mirar algo que, durante décadas, el cine y la literatura han romantizado sin cuestionarlo.
Y ahí es donde la película se vuelve incómoda.
Parte de la crítica ha señalado precisamente esa ambigüedad, acusando al film de embellecer una relación tóxica. Sin embargo, esa lectura pasa por alto la ironía que recorre toda la propuesta. Fennell no glorifica; expone. No celebra; confronta.
Resulta inevitable preguntarse si la recepción habría sido distinta de haber sido dirigida por un hombre. Probablemente, esa misma mirada oscura sobre el amor habría sido leída como compleja o provocadora, en lugar de problemática.
Con esta nueva Cumbres Borrascosas, Emerald Fennell no solo reafirma su identidad como autora, sino que también se consolida como una de las cineastas más incómodas e interesantes del panorama actual. Su cine no busca agradar: busca incomodar, cuestionar y, sobre todo, obligarnos a mirar más allá de la superficie.
Porque, a veces, lo más peligroso no es lo que vemos… sino lo que creemos estar viendo.

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