sábado, 25 de abril de 2026

“Emilia Pérez”: el ruido que devoró a la película

 Se cumplen casi dos años del estreno de Emilia Pérez en el Festival de Cannes. Lo que entonces parecía el nacimiento de un fenómeno —aplausos cerrados, entusiasmo crítico, sensación de acontecimiento— terminó convirtiéndose en uno de los casos más discutidos de la temporada de premios: una película que lo ganó prácticamente todo… hasta que dejó de hacerlo.

Dirigida por Jacques Audiard, Emilia Pérez llegaba con una premisa tan arriesgada como estimulante: un musical criminal sobre identidad, culpa y redención ambientado en México. Y durante su primer tramo, la película responde a esa ambición con una energía poco habitual.

Hay, en esos primeros treinta minutos, una libertad formal casi explosiva. Audiard convierte el paisaje sonoro en materia narrativa, transformando el ruido urbano en ritmo, en estructura, en música. La puesta en escena se mueve sin pedir permiso. El tono es híbrido, cambiante, deliberadamente excesivo. Funciona porque todavía no busca justificarse.

Zoe Saldaña, en el papel de la abogada que articula el relato, se convierte en el ancla emocional. Su personaje —testigo y motor de la transformación— nos introduce en el encuentro clave: el del narco que desea desaparecer para poder transicionar. Esa figura, encarnada por Karla Sofía Gascón, concentra el núcleo temático del film.

Y, sin embargo, es a partir de ahí donde el dispositivo empieza a resquebrajarse.

A medida que avanza el relato, Emilia Pérez abandona progresivamente ese impulso inicial y se repliega hacia una gravedad más convencional. El problema no es el cambio de tono, sino su ejecución. La película aspira a explorar el conflicto moral de su protagonista —la necesidad de redención tras una vida marcada por la violencia—, pero lo hace sin el desarrollo dramático necesario.

El arco de Emilia carece de verdadera transición. No hay evolución orgánica, sino una sucesión de estados. La complejidad del personaje —esa tensión entre culpa, identidad y reparación— queda apenas esbozada, nunca construida del todo.

En ese sentido, la interpretación de Karla Sofía Gascón no consigue sostener la ambigüedad que el guion promete. Emilia debería ser un personaje lleno de claroscuros, contradictorio, incómodo. Pero lo que aparece en pantalla son cambios emocionales bruscos, poco matizados, sin continuidad interna.

Algo similar ocurre con el personaje interpretado por Selena Gomez. Más allá de un acento irregular, lo que más llama la atención es la falta de solidez en su construcción. Su presencia parece por momentos desconectada del resto del relato, y su evolución final resulta difícil de sostener desde lo narrativo: decisiones que deberían sentirse orgánicas acaban percibiéndose como arbitrarias. En un personaje que ha permanecido casi inmóvil durante gran parte del metraje, ese giro final adquiere un aire forzado, casi inexplicable.

Y es en ese punto donde la película pierde definitivamente el control.

El tercer acto deriva en un terreno abiertamente culebronesco, donde los giros dramáticos responden más al impacto inmediato que a una lógica interna. Lo que en el inicio era exceso con intención se convierte aquí en acumulación sin rumbo.

Zoe Saldaña, en cambio, logra mantener la cohesión del conjunto. Su interpretación sostiene la película incluso cuando esta se fragmenta, aportando una continuidad emocional que el resto del film no consigue construir.

Pero si el análisis puramente cinematográfico explica parte de sus límites, no basta para entender su recorrido.

Porque Emilia Pérez no fue una película menor en el circuito de premios: dominó buena parte de la temporada, con reconocimientos importantes en festivales y galardones internacionales, consolidándose durante meses como una de las grandes favoritas.

Sin embargo, ese recorrido encontró su punto de inflexión en el tramo final de la carrera.

A medida que crecía la visibilidad del film, también lo hacía el ruido a su alrededor: polémicas, declaraciones controvertidas, debates sobre la representación de México y una conversación pública cada vez más desplazada de lo estrictamente cinematográfico.

En ese contexto, la reacción se intensificó. Parte del público y de la crítica empezó a cuestionar con mayor dureza la película, y su posición, hasta entonces sólida, comenzó a erosionarse.

Frente a ella emergió con fuerza Ainda Estou Aqui, de Walter Salles, un drama sobrio y profundamente humano sobre la dictadura brasileña y sus consecuencias. La película reconstruye un periodo de represión política desde la intimidad familiar, apostando por una puesta en escena contenida y una narrativa emocionalmente precisa.

El centro del film es la interpretación de Fernanda Torres, un trabajo de enorme control y profundidad emocional que se convirtió en uno de los más reconocidos del año, con premios como el Globo de Oro.

En la recta final, el desenlace de la temporada dejó una lectura inevitable: Emilia Pérez llegaba como favorita tras arrasar durante meses, pero el Oscar terminó inclinándose hacia la propuesta brasileña.

Más allá de interpretaciones sobre castigos o contextos, la comparación era clara. Una película había dominado el circuito; la otra había convencido en el momento decisivo por su solidez.

Dos años después, Emilia Pérez deja una sensación ambivalente. La de un proyecto audaz, con un arranque brillante y una ambición poco habitual. Y la de una obra que no consigue sostener sus propias ideas y termina diluyéndose en sus contradicciones.

Quizá ese sea su mayor problema.

No el ruido que la rodeó.

Sino la incapacidad de estar a la altura de lo que, durante un breve instante, prometió ser.




No hay comentarios:

Publicar un comentario

Michael: el mito brilla, el hombre se diluye

 La película Michael ya ha llegado a los cines con una respuesta muy positiva del público y una taquilla sólida. Nada que ver con la crítica...