sábado, 3 de octubre de 2026

Festival de San Sebastián • Krux: Con la soga al cuello

KRUX (SECCIÓN OFICIAL)

 El comienzo de "Krux" no puede ser más impactante. En un plúmbeo pueblo del noroeste de Alemania, un hombre entrega a una joven recién enviudada el corazón de su prometido, un militar convertido en héroe caído por la patria. Desde esa imagen perturbadora, el prometedor debut de Tony Vahl sumerge al espectador en un universo asfixiante, de poderoso empaque visual y ecos del cine de Haneke.

La película despliega una sucesión de imágenes tan turbadoras como memorables: las lavanderas de la aldea limpiando las sábanas ensangrentadas que llegan del frente, los cadáveres arrastrados por el río, el gimnasio del pueblo transformado en morgue o las macabras lecciones de un profesor que enseña a sus pequeños alumnos a confeccionar una soga. Imágenes de una crudeza sobrecogedora que convierten la violencia de la guerra en una presencia cotidiana, incluso cuando el enemigo todavía no ha llegado.

Inspirada en la ola de suicidios que realmente sacudió Alemania durante las últimas semanas de la guerra, "Krux" retrata una comunidad dominada por el miedo, la incertidumbre y el peso de la propaganda nazi. El temor a lo que pueda hacer el enemigo alimenta la desesperación de los aldeanos, mientras el alcalde, preso de la ideología del régimen, defiende el suicidio colectivo como única salida. En medio de este escenario, los personajes quedan atrapados en un desgarrador dilema moral: sobrevivir o sucumbir al miedo.

La atmósfera, densa y opresiva, es uno de los grandes aciertos de la película. Casas envueltas en niebla y oscuridad, árboles podados que acentúan la desolación del paisaje y serpientes que rodean la maqueta del pueblo componen un inquietante imaginario visual sobre una comunidad atrapada en su propia angustia. Tony Vahl construye así un perturbador retrato del miedo colectivo y de la devastación psicológica de la guerra. Un debut de enorme personalidad visual que invita a seguir de cerca la trayectoria de su directora. Una pena que "Krux" se quedara fuera del palmarés del Festival de San Sebastián.

jueves, 24 de septiembre de 2026

Día 7 • Festival de San Sebastián: Fjord: la incomodidad de no tener respuestas

FJORD (PERLAS)

 La última Palma de Oro de Cannes, dirigida por Cristian Mungiu, ha generado un enorme debate desde su estreno. Su paso por otros festivales no ha hecho más que alimentar la controversia alrededor de una película que se resiste a ofrecer respuestas fáciles. Y ahí reside uno de los grandes aciertos de Mungiu: ante un tema tan delicado, apuesta por una ambigüedad que permite que la película siga viva, que el espectador tome posición y, sobre todo, que el debate continúe después de los títulos de crédito.

Fjord sigue a una familia rumano-noruega, profundamente religiosa y de educación tradicional, que se instala junto a sus cinco hijos en un pequeño pueblo situado en un remoto fiordo noruego. La aparente normalidad de la comunidad se rompe cuando una de las hijas aparece en el colegio con moratones. Las sospechas sobre los métodos de crianza de los padres terminan desencadenando la intervención de las autoridades y una batalla por la custodia de los hijos.

Mungiu, ganador de la Palma de Oro por 4 meses, 3 semanas y 2 días, vuelve a adentrarse en uno de esos territorios sociales donde resulta imposible salir indemne. Su cine siempre ha sabido incomodar sin necesidad de levantar la voz, y aquí vuelve a hacerlo desde una puesta en escena seca, áspera y deliberadamente poco complaciente. Pero hay una diferencia fundamental: Fjord no parece interesada en decirnos quién tiene razón.

El film evita posicionarse y deja que sea el espectador quien construya su propio juicio. Mungiu reparte la crítica en ambas direcciones: cuestiona cierta superioridad moral nórdica, esa mirada desde la que quienes no encajan en determinados códigos culturales pueden convertirse rápidamente en los otros, pero tampoco idealiza a la familia protagonista. Es profundamente religiosa, conservadora y autoritaria en determinados aspectos, y su actitud hacia las minorías —incluido el colectivo LGTBIQ+— tampoco queda fuera de la mirada del director.

Lo verdaderamente interesante es que Mungiu no convierte esta confrontación en una batalla sencilla entre buenos y malos. La película plantea preguntas incómodas y deja que permanezcan abiertas. ¿Dónde termina una determinada forma de educación y comienza el maltrato? ¿Qué ocurre cuando unas convicciones religiosas entran en conflicto con valores sociales que consideramos fundamentales? ¿Hasta qué punto nuestros propios prejuicios condicionan la mirada que tenemos sobre quienes viven de acuerdo con unas creencias que no compartimos?

El paisaje tiene aquí una importancia extraordinaria. Ese pequeño pueblo parece atrapado entre los fiordos, la nieve y un frío que termina envolviéndolo todo. No es únicamente el escenario: es casi una extensión del conflicto. Una comunidad aislada, encerrada en sus propias certezas, donde cualquier grieta puede acabar provocando un derrumbe. Mungiu utiliza ese paisaje helado para reforzar una sensación de asfixia que atraviesa toda la película.

Y quizá por eso resulta tan fascinante comprobar qué ocurre cuando Fjord termina. Después de la proyección pude comprobar cómo la película provocaba debates acalorados, voces enfrentadas y opiniones radicalmente distintas. En un momento en el que parece obligatorio posicionarse ante cualquier cuestión, Mungiu propone justamente lo contrario: detenerse, observar y aceptar que quizá no tengamos una respuesta definitiva. Con la extrema derecha acechando el debate político europeo y cuestiones como la inmigración, la religión, los derechos de las minorías y la identidad cultural cada vez más presentes, la película adquiere una resonancia especialmente incómoda.

También hay que destacar a sus intérpretes. Renate Reinsve está magnífica como esa mujer afligida que lucha por recuperar a sus hijos, contenida pero capaz de transmitir una enorme carga emocional sin necesidad de subrayados. A su lado, el marido, un hombre profundamente conservador que reconoce haber cacheteado en alguna ocasión a sus hijos, está igualmente espléndido. El guion permanece siempre contenido y observacional, pero les concede el espacio suficiente para construir personajes llenos de matices.

Fjord es, en definitiva, una película que no busca tranquilizar al espectador, sino incomodarlo. Una propuesta áspera, moralmente compleja y deliberadamente ambigua que confía en la inteligencia de quien la contempla. Y precisamente por eso creo que vamos a hablar mucho de ella durante la temporada de premios. No solo por su Palma de Oro, sino porque pocas películas parecen tan preparadas para provocar discusión, desacuerdo y reflexión.

Y quizá ese sea su mayor triunfo: que cuando aparecen los títulos de crédito, la película no termina. Es entonces cuando empieza lo verdaderamente interesante.




Día 6 • Festival de San Sebastián: The Debut: entre la realidad y el escenario

THE DEBUT (SECCIÓN OFICIAL)


 Jesse Eisenberg lleva años demostrando que su talento va mucho más allá de la interpretación. Actor, escritor y dramaturgo, dio el salto a la dirección con When You Finish the World, donde ya mostraba interés por los personajes incómodos, las relaciones familiares complejas y un humor muy particular. Con A Real Pain consolidó esa faceta y confirmó que detrás de la cámara también tenía una voz propia. En The Debut, sin embargo, da un paso diferente y se adentra en un territorio más teatral, surrealista y juguetón.


La película sigue a una ama de casa aparentemente corriente que consigue una oportunidad para participar en un musical. Lo que comienza como una vía de escape de su rutina doméstica termina convirtiéndose en una inmersión absoluta en el personaje que debe interpretar. Los ensayos y los ejercicios de interpretación empiezan a modificar su percepción de sí misma y de cuanto la rodea.

Eisenberg construye una película gozosa que mezcla géneros y tonos con una personalidad muy definida. Hay ecos de Woody Allen en el retrato, ligeramente amargo, de la neurosis urbana, de los egos del mundo artístico y de las inseguridades de quienes viven sobre un escenario. Pero también aparece un Eisenberg más cercano a Lynch cuando introduce situaciones surrealistas que desdibujan las fronteras entre realidad, imaginación e interpretación. Y en esa progresiva pérdida de identidad surgen incluso ecos de Black Swan, aunque aquí desde un registro mucho más juguetón.

El guion es mordaz y sensible, y encuentra su mayor virtud en la construcción de su protagonista. Julianne Moore está espectacular como una mujer tímida, atrapada en una vida que parece haberla convertido en una figura casi invisible. Un marido poco estimulante, unos hijos con los que apenas encuentra conexión y una existencia marcada por la rutina hacen que el escenario aparezca ante ella como algo más que una oportunidad profesional: es el lugar donde, por primera vez, puede sentirse protagonista.

Moore aprovecha cada matiz del personaje. Su transformación resulta fascinante porque no consiste únicamente en aprender a interpretar, sino en descubrir qué ocurre cuando alguien que lleva demasiado tiempo relegado a un segundo plano encuentra una identidad en la que refugiarse. Es uno de esos papeles capaces de marcar una carrera, aunque decirlo en el caso de Julianne Moore resulte casi paradójico teniendo en cuenta la dimensión de su trayectoria.

El enfrentamiento con Paul Giamatti, director del musical, aporta otra de las grandes bazas de la película. Giamatti está estupendo en ese tira y afloja cargado de tensión, humor e incomodidad, mientras ambos defienden su particular concepción de lo que significa interpretar. Eisenberg encuentra ahí un espacio perfecto para divertirse con los egos, las inseguridades y las pequeñas guerras de poder que pueden esconderse detrás de una producción teatral.

Y ahí aparece otra de las virtudes de The Debut: su amor por el teatro musical. Eisenberg no lo utiliza simplemente como escenario, sino que disfruta mostrando sus mecanismos, sus obsesiones y su capacidad para transformar a quienes participan en él. La película celebra el artificio mientras juega con una pregunta fascinante: ¿cuánto de nosotros mismos dejamos sobre el escenario cuando interpretamos a otra persona?

Visualmente, Eisenberg acompaña todo esto con una estética deliberadamente añeja, casi como si estuviéramos ante una película rescatada de otra época. La puesta en escena y la fotografía contribuyen a esa sensación de extrañeza y hacen que el mundo de la protagonista parezca progresivamente menos real.

Bajo su apariencia amable, The Debut termina hablando de algo mucho más universal: el deseo de dejar de ser invisible. Quizá por eso su protagonista necesita tanto convertirse en otra persona. No busca únicamente escapar de su vida, sino descubrir qué se siente cuando, por una vez, todas las miradas están puestas en ella.

Eisenberg demuestra que su carrera detrás de la cámara sigue creciendo precisamente porque no parece interesado en acomodarse. The Debut es una película juguetona, mordaz y extraña, sostenida por una Julianne Moore magnífica y por un cineasta dispuesto a explorar hasta dónde puede llevar una idea tan sencilla como interpretar a otra persona. Porque a veces, para que los demás puedan vernos, primero necesitamos atrevernos a dejar de ser quienes éramos.




martes, 22 de septiembre de 2026

Día 5 • Festival de San Sebastián: Esta soledad: retrato de una soledad

ESTA SOLEDAD (NUEVOS DIRECTORES)

 Javier Giner se estrenó en la ficción con Yo, adicto, adaptación de su propia novela en la que retrataba su experiencia con las drogas y el alcohol. La serie, presentada hace dos años, recibió muy buenas críticas y le valió a Oriol Pla el Emmy Internacional a Mejor Actor. Ahora Giner da el salto al largometraje con Esta soledad, su debut cinematográfico, que compite en Nuevos Directores del Festival de San Sebastián. Para ello vuelve a trabajar con Oriol Pla y Marina Salas, ambos protagonistas de Yo, adicto.

La película sigue por separado las vidas de Leo y Lorea, dos personas que fueron pareja y que, tras la ruptura, dejan de verse. En un Bilbao gris y apagado, Giner retrata dos vidas erráticas marcadas por la precariedad material y emocional.

A la película le cuesta arrancar y algunas decisiones de guion resultan algo artificiales, pero poco a poco encuentra su tono y acierta al retratar la vulnerabilidad que acompaña a una ruptura. Cuando estamos emocionalmente descolocados, tomar decisiones puede convertirse en un terreno peligroso en el que es fácil equivocarse. Giner encuentra ahí uno de los puntos más interesantes de la película: mostrar cómo una situación de fragilidad puede llevarnos a tomar decisiones de las que después resulta difícil escapar.

Bilbao adquiere además un peso fundamental. Su paisaje gris, húmedo y algo desangelado funciona como prolongación del estado emocional de los protagonistas. También hay un retrato, quizá inevitablemente generalizador, de una determinada forma de relacionarse en Euskadi: personas afectuosas, generosas y cercanas, pero a las que puede costar abrirse y expresar lo que sienten. Giner lo integra con naturalidad en el relato y convierte la ciudad en algo más que un escenario. Cuesta imaginar esta historia en otro lugar.

La precariedad también condiciona sus aspiraciones. Leo trabaja como actor, pero necesita hacer horas extras como cajero de supermercado; Lorea es escritora y convierte sus frustraciones en materia literaria. El entorno que los rodea no solo dificulta que rehagan sus vidas después de la ruptura, sino que también limita su capacidad para crear y avanzar.

Todo ello encuentra su mejor aliado en Oriol Pla y Marina Salas. Ambos construyen desde la contención a dos personajes heridos y perdidos, con dificultades para expresar aquello que sienten. Su trabajo permite que muchos de los silencios y contradicciones de Leo y Lorea tengan tanto peso como sus palabras.

Esta soledad termina siendo así un retrato de dos personas emocionalmente vulnerables, pero también de una ciudad y de una forma de relacionarse. Una película en la que Bilbao se convierte en parte esencial de la historia y en el paisaje perfecto para unos personajes que buscan la manera de salir de su propia soledad.




Día 4 · Festival de San Sebastián: La bola negra: memoria, deseo y libertad

LA BOLA NEGRA (PERLAS)

 Los Javis llevan años construyendo una trayectoria que les ha convertido en dos de las voces más reconocibles de la cultura española contemporánea. Desde sus primeros trabajos hasta consolidarse como creadores capaces de moverse entre la televisión, el cine y el teatro, su evolución ha ido acompañada de una ambición cada vez mayor. La bola negra representa, quizá, el paso más importante de ese recorrido: un salto internacional que tuvo su gran estreno en Cannes, donde la película recibió veinte minutos de aplausos y Javier Calvo y Javier Ambrossi se llevaron el premio a Mejor Dirección. Ahora llega a San Sebastián como la película elegida por España para representar al país en los Oscar y con aspiraciones de entrar también en otras categorías importantes. Después de todo lo que ha rodeado al filme, la pregunta parece inevitable: ¿están las expectativas demasiado infladas?

La historia se articula a través de tres protagonistas homosexuales en distintas épocas de la historia de España. Tres personajes, tres tiempos y una misma mirada sobre el deseo, la identidad, la represión y la libertad. Una estructura que inevitablemente puede recordar a Las horas: si allí era Virginia Woolf quien conectaba tres épocas y tres vidas, aquí es Federico García Lorca quien establece ese vínculo entre pasado y presente. Lorca como figura literaria, como símbolo y como espejo de una España en la que ser homosexual ha significado cosas muy distintas dependiendo del momento histórico.

Una de las cosas que más llaman la atención es su exquisita factura visual. Tanto en lo formal como en lo narrativo, evoca a esos grandes romances imposibles de los años noventa que arrasaron en los Oscar. En algunos momentos me recordó especialmente a El paciente inglés, de Anthony Minghella, por esa vocación de gran melodrama romántico, épico y clásico, trasladado aquí a una historia de amor queer. Y hay incluso un guiño directo a Titanic en esa frase: «El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos», reformulando la célebre frase de la película de James Cameron.

Pero estamos ante mucho más que un drama romántico queer. También es una película profundamente política y un homenaje a quienes nos precedieron: a nuestros mayores, a todas aquellas personas que, con grandes o pequeños gestos, hicieron posible que hoy podamos amar con mayor libertad. Esa mirada adquiere todavía más fuerza en el presente, cuando determinados discursos amenazan con hacernos retroceder y con borrar parte de esa memoria. Recordar de dónde venimos también es una forma de defender lo conquistado. Y ahí reside una de las mayores virtudes de la propuesta: en convertir la memoria en una reivindicación política y hacerlo, además, desde la emoción.

En el apartado interpretativo, estamos ante un filme muy coral que demuestra también de dónde vienen sus directores: del mundo de la interpretación. Y se nota en la manera en que dirigen a los actores, a los que saben sacar partido con una precisión y una sensibilidad estupendas. Hay un reparto repleto de nombres importantes, pero para mí el gran descubrimiento es Guitarricadelafuente. Su Sebastián es uno de los mayores descubrimientos actorales del cine español reciente. Desde la contención y la vulnerabilidad construye a un hombre atrapado en un contexto de violencia y opresión, donde muchas veces una mirada dice más que cualquier diálogo. Y son precisamente esas miradas de deseo, contenidas pero cargadas de emoción, las que hacen que su interpretación resulte espectacular.

Uno de los aspectos que más se les ha reprochado es el escaso peso de los personajes femeninos. Es cierto que permanecen en un segundo plano, pero también creo que esa cierta invisibilidad forma parte de la mirada de la película. Son ellas quienes, desde los márgenes, terminan siendo decisivas en las elecciones de sus protagonistas masculinos. Impulsan, condicionan o precipitan algunas de las decisiones fundamentales de las tres historias. El ejemplo más evidente es el personaje de Penélope Cruz, arrolladora, magnética y convertida en una auténtica diva cabaretera, cuya presencia resulta clave en la transformación de Sebastián. Estar en segundo plano no significa necesariamente ser irrelevante: también desde ahí pueden convertirse en el motor de una historia.

Quizá no sea una película completamente perfecta, pero pertenece a esa clase de obras que, poco a poco, te van subyugando. Al principio parece incluso jugar con las reglas del thriller: quieres descubrir hacia dónde va a girar la historia, qué pieza falta, qué revelación terminará encajándolo todo. Y cuando finalmente todas las piezas encuentran su lugar, la música de Raül Refree comienza a subir en intensidad y la película ya te tiene completamente atrapado. Hasta las lágrimas.

Y eso también es poder cinematográfico: conseguir que una película te arrastre emocionalmente hasta ese punto, que te deje sin defensas y que haga que todo lo anterior cobre un nuevo significado. Puede tener sus imperfecciones, pero tiene algo que no todas consiguen: la capacidad de subyugar, emocionar y permanecer. Y por eso estamos ante un gran acontecimiento cinematográfico.



domingo, 20 de septiembre de 2026

Día 3 Festival de San Sebastián: "Coward" La libertad de amarse

COWARD (Perlas) 

 Lukas Dhont se ha convertido, con apenas tres largometrajes, en uno de los directores europeos a seguir. Tras Girl y Close, el cineasta belga vuelve a explorar la intimidad, la identidad y los vínculos entre hombres desde una mirada profundamente sensible y queer.

Una de las constantes de su cine es precisamente su mirada hacia las identidades y experiencias queer. En Girl se acercaba a Lara, una adolescente trans que lucha por encontrar su lugar mientras persigue su sueño de convertirse en bailarina. Con Close, ponía el foco en la amistad íntima entre dos adolescentes y en las consecuencias de la homofobia y la presión social. Ahora, con Coward, Dhont vuelve a explorar el amor entre dos hombres, esta vez en el contexto de la Primera Guerra Mundial.

La película nos sitúa en 1916, siguiendo a dos soldados que, en las horas muertas entre batalla y batalla, encuentran una vía de escape en las representaciones teatrales, el transformismo y los espectáculos que realizan para sus compañeros. Es precisamente en ese ambiente donde surge, poco a poco, la historia de amor entre ambos. Y Dhont lo hace de una manera exquisita, introduciéndonos progresivamente en sus vidas y dándonos información sobre ellos sin precipitarse.

También resulta interesante cómo la puesta en escena contrapone la crudeza del frente con esos momentos de libertad que encuentran los soldados sobre el escenario. Frente a la oscuridad, la violencia y la disciplina de la guerra, el teatro y el transformismo se convierten en un pequeño espacio donde pueden ser quienes realmente quieren ser. Dhont utiliza ese contraste para hablar del deseo y de la libertad sin necesidad de subrayarlo constantemente.

Lo más interesante es cómo la relación va evolucionando y cómo también cambian sus protagonistas. Lo que inicialmente parece unirles termina marcando dos formas muy diferentes de entender ese amor. Mientras uno desea que la guerra continúe porque es el escenario que les permite permanecer juntos, el otro sueña con escapar del conflicto y refugiarse en las montañas para poder vivir libremente su relación.

No me extraña que Emmanuel Macchia y Valentin Campagne compartieran en Cannes el Premio de Interpretación Masculina. Están maravillosos y tienen una química estupenda, fundamental para que esta historia funcione con tanta naturalidad. Ambos consiguen transmitir esa evolución de sus personajes y hacer creíble un amor que va creciendo entre la incertidumbre y el horror de la guerra.

Además, Coward no se limita a contar la historia de estos dos soldados. También retrata el día a día de otros hombres en el frente y cómo la guerra va minando poco a poco a quienes la sufren. En medio de ese escenario de violencia, Dhont lanza una reivindicación muy clara: la necesidad de amar libremente, incluso cuando las circunstancias parecen ser las menos adecuadas.

Presentada en la Sección Oficial del último Festival de Cannes, Coward confirma que Lukas Dhont se ha convertido en una de las voces queer más interesantes del cine contemporáneo. Una película sensible, hermosa y profundamente humana que demuestra que, incluso en medio de la guerra, el amor puede convertirse en la forma más poderosa de resistencia.



sábado, 19 de septiembre de 2026

Día 2 Festival de San Sebastián: Iron Boy y Cinco minutos más

 

IRON BOY (Perlas)



 Louis Clichy lleva buena parte de su carrera ligada a la animación. Tras trabajar como animador en Pixar en títulos como WALL·E y Up, dio el salto a la dirección junto a Alexandre Astier con Astérix: La residencia de los dioses y Astérix: El secreto de la poción mágica. Con Iron Boy, Clichy se estrena como director en solitario con una obra de marcado carácter personal.

La película tuvo su estreno mundial en el Festival de Cannes, dentro de la sección Un Certain Regard, donde recibió el Premio Especial del Jurado.

Ambientada en la Francia rural de los años ochenta, Iron Boy sigue a Christophe, un niño que vive con su familia en una granja y cuyo cuerpo comienza a fallarle. Obligado a llevar un enderezador de hierro para mantenerse erguido, tendrá que afrontar una realidad que cambiará su manera de mirar el mundo.

El film se sustenta en un guion sencillo, pero precioso, que acompaña con enorme sensibilidad el proceso de transformación de su protagonista. Lo que comienza como una dificultad física termina convirtiéndose en una puerta hacia nuevas experiencias y hacia un universo que hasta entonces permanecía fuera de su alcance. Clichy utiliza así la discapacidad como punto de partida para hablar de libertad, crecimiento y búsqueda de una identidad propia, mientras ese entorno rural, tan hermoso como limitado, funciona como otra forma de corsé.

Es una historia de autodescubrimiento narrada con una delicadeza extraordinaria, en la que el paisaje rural, la música clásica y la mirada infantil de Christophe se integran de manera natural. Sin recurrir al sentimentalismo fácil, la película encuentra belleza en los pequeños cambios y consigue que el viaje de su protagonista resulte cercano, emotivo y profundamente humano.


CINCO MINUTOS MÁS (SECCIÓN OFICIAL)



 Una de las sorpresas al anunciarse la Sección Oficial del Festival de San Sebastián fue la inclusión de 5 minutos más, la nueva propuesta de Javier Ruiz Caldera, director de algunas de las comedias comerciales más populares del cine español reciente, como Tres bodas de más o Anacleto: Agente secreto.

La historia parte de una premisa tan sencilla como disparatada: una pareja en crisis se refugia en una casa rural para intentar recomponer su relación, pero un extraño fenómeno temporal hará que queden atrapados en un bucle que se reinicia cada cinco minutos. Un punto de partida que inevitablemente remite a títulos como Atrapado en el tiempo, de Harold Ramis, o Los cronocrímenes, de Nacho Vigalondo, aunque aquí el recurso sirve para adentrarse en terrenos mucho más imprevisibles.

Lo que comienza como una comedia sobre una relación sentimental en horas bajas deriva pronto hacia una comedia negra, negrísima, cada vez más desatada. Ruiz Caldera utiliza el peculiar mecanismo temporal para colocar a sus protagonistas ante situaciones límite y parece querer explorar hasta dónde puede llegar el comportamiento humano cuando desaparecen las consecuencias de sus actos. Al mismo tiempo, el bucle funciona como una radiografía de esa relación: obligados a repetir una y otra vez los mismos acontecimientos, terminan enfrentándose a aquello que los ha llevado hasta allí.

El principal problema es que parece querer abarcar demasiadas direcciones al mismo tiempo. Comedia negra, juego temporal, reflexión sobre el comportamiento humano y retrato de una relación en crisis conviven en un relato que no siempre consigue que todas sus piezas encajen. La voluntad de mantener al espectador constantemente desconcertado acaba imponiéndose, en algunos momentos, a la construcción de un discurso más sólido.

Y ahí reside precisamente su carácter más inclasificable. Resulta difícil determinar hasta qué punto todo este desconcertante juego responde a un propósito perfectamente calculado o hasta qué punto se deja arrastrar por su propia necesidad de llevar la situación cada vez más lejos. Lo que sí consigue es mantener la atención y despertar continuamente la curiosidad por descubrir qué sucederá a continuación.

Javier Cámara, Belén Cuesta y Berto Romero están muy bien dentro de este universo extraño, inquietante y por momentos hipnótico. Los tres saben desenvolverse en una historia que cambia constantemente de registro y que les obliga a transitar entre el humor negro, la tensión y el absurdo.

En definitiva, estamos ante una propuesta inclasificable dentro de la filmografía de Javier Ruiz Caldera. Y, en una Sección Oficial donde predominan los dramas y las historias de marcado carácter social, su presencia supone un auténtico soplo de aire fresco. Puede que no termine de encontrar el equilibrio entre todas las ideas que plantea, pero resulta difícil negar su personalidad. Al final, quizá lo más estimulante sea precisamente eso: encontrarse en San Sebastián con una película que no sabes muy bien dónde colocar, pero que tampoco se parece demasiado a nada de lo que su director había hecho hasta ahora.

Festival de San Sebastián • Krux: Con la soga al cuello

KRUX (SECCIÓN OFICIAL)  El comienzo de " Krux"  no puede ser más impactante. En un plúmbeo pueblo del noroeste de Alemania, un hom...