viernes, 10 de abril de 2026

The Bride: Maggie Gyllenhaal dinamita el mito con una visión punk, feminista y salvaje

 Que Maggie Gyllenhaal haya decidido ponerse detrás de la cámara no es un capricho pasajero, sino la evolución natural de una actriz con una de las carreras más sólidas y coherentes de su generación. Nominada al Oscar por Crazy Heart y aclamada por su debut como directora con The Lost Daughter —que le valió nominaciones a Olivia Colman y Jessie Buckley—, Gyllenhaal confirma con su segundo largometraje que lo suyo no era casualidad.

Su reinterpretación de La novia de Frankenstein es todo menos reverencial. Es extrema, juguetona, iconoclasta. Y, sobre todo, profundamente política.

Lejos de repetir el mito clásico, la directora desplaza el foco hacia la novia —históricamente relegada a objeto— para convertirla en sujeto. Lo que emerge es una historia de reafirmación feminista que se despliega como una road movie criminal híbrida, con claros ecos de Bonnie and Clyde, pero atravesada por un pulso contemporáneo.

El cóctel de géneros es tan arriesgado como estimulante: terror, violencia estilizada con estética punk, humor negro y un Chicago de los años 30 que funciona más como lienzo expresivo que como reconstrucción histórica. Gyllenhaal no busca la fidelidad, sino la provocación.

En el centro de todo está una descomunal Jessie Buckley, que llega aquí tras ganar el Oscar por Hamnet. En aquella, su trabajo estaba marcado por una contención devastadora, construyendo el dolor desde lo íntimo, lo físico y lo terrenal. Aquí, en cambio, se mueve en el extremo opuesto: rompe cualquier anclaje realista para entregarse a un personaje excesivo, casi mitológico, una fuerza desatada que abraza el caos, la violencia y la estética punk. El salto es tan radical que confirma no solo su versatilidad, sino su capacidad para habitar registros completamente antagónicos sin perder verdad.

A su lado, Penélope Cruz aporta un contrapunto fundamental. Su personaje —una investigadora en una época en la que las mujeres eran invisibles dentro del sistema— no solo refuerza el discurso feminista, sino que encarna la lucha desde dentro: inteligencia, contención y estrategia frente al estallido caótico del personaje de Buckley. Cruz juega en un registro más silencioso, pero igual de político, sosteniendo una tensión constante con un mundo que la obliga a demostrar siempre un poco más.

Ambas están respaldadas por partenaires masculinos que funcionan como reflejo y contraste. Christian Bale interpreta a ese novio desesperado por huir de la soledad, anclado en una idea romántica que ya no tiene cabida. Por su parte, Peter Sarsgaard encarna la jerarquía, el sistema, ese techo al que el personaje de Cruz aspira pero que también la limita.

El resultado es una película que no busca gustar, sino sacudir. Puede resultar excesiva —incluso por momentos cercana al desbordamiento—, pero ahí reside precisamente su fuerza: en su negativa a ser domesticada.

Gyllenhaal firma así una obra que no solo revisita un clásico, sino que lo descompone y reconstruye desde una mirada radicalmente contemporánea. Una película que entiende el mito como un campo de batalla y que convierte a su protagonista en algo mucho más peligroso que un monstruo: una mujer libre.

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