Cuando Practical Magic se estrenó en 1998, quedó atrapada en un limbo incómodo. No fue un éxito de taquilla, la crítica no supo muy bien qué hacer con ella y el público salió desconcertado. Pero el problema no era la película. El problema era que nadie entendía exactamente qué tipo de película tenía delante.
Vendida como una comedia romántica accesible, apoyada en el carisma de Sandra Bullock y Nicole Kidman, lo que ofrecía era algo mucho más extraño: una historia atravesada por la muerte, el abuso, las maldiciones familiares y el peso de lo heredado. Esa disonancia entre expectativa y realidad fue su primera condena.
Tampoco ayudó su naturaleza híbrida. Practical Magic no elige un género, los mezcla todos: romance, fantasía, drama, comedia y un toque de terror. Hoy esa combinación se percibe como moderna, incluso atractiva. En 1998, en cambio, resultaba incómoda. No encajaba en ninguna categoría clara, y eso, en un contexto industrial que necesitaba etiquetas, se tradujo en rechazo. No es que fuera inclasificable: es que el público de entonces no estaba preparado para una película así.
El propio casting también jugó en su contra. Bullock venía de consolidarse como estrella mainstream, mientras que Kidman estaba asociada a un cine más prestigioso o arriesgado. Juntas, en lugar de percibirse como una combinación magnética, fueron leídas desde el prejuicio: dos actrices de universos distintos que no terminaban de encajar. Hoy esa diferencia es precisamente lo que da riqueza a sus personajes; en su momento, fue un obstáculo.
Y, sin embargo, el tiempo corrigió esa lectura.
Lejos del ruido del estreno, la película encontró su lugar en los videoclubs, en el mercado doméstico y, más tarde, en el streaming. Sin expectativas previas, nuevas generaciones pudieron acercarse a ella desde otro lugar. Y ahí es donde Practical Magic revela su verdadera naturaleza.
Porque más allá de su envoltorio fantástico, la película es, ante todo, un relato sobre la sororidad. Las hermanas Owens encarnan formas opuestas de entender el amor, el deseo y la libertad, pero la historia nunca las enfrenta: las une. Esa idea se expande hacia lo colectivo en su escena más poderosa, cuando las mujeres del pueblo, dejando a un lado sus prejuicios, se reúnen para ayudarlas. Lo que parecía una historia de brujas se transforma en un acto de comunidad femenina.
En ese sentido, no es extraño que haya sido abrazada con el tiempo por la comunidad LGTBIQ+. Practical Magic funciona, casi sin proponérselo, como una película queer: habla de sentirse fuera de lugar, de construir familia más allá de lo normativo y de encontrar refugio en los vínculos elegidos. Su estética, su tono emocional y su reivindicación de la diferencia la convierten en algo más que un simple entretenimiento: en un espacio de identificación.
Incluso sus elementos más icónicos refuerzan esa cualidad casi fantasmal. La casa de las Owens, convertida en símbolo visual de la película, no era realmente una vivienda habitable, sino un decorado cuidadosamente construido. La propia Barbra Streisand llegó a interesarse por ella, solo para descubrir que, en cierto modo, no existía. Como la película misma, es un lugar que parece real, pero pertenece más al imaginario que al mundo tangible.
Hoy, con una secuela en camino y la reunión de sus protagonistas —ya convertidas en iconos y ganadoras del Oscar—, Practical Magic vive una nueva revalorización. Pero su estatus de culto no nace de este regreso, sino de algo mucho más orgánico: haber sido incomprendida en su momento y, aun así, encontrar su público con el paso del tiempo.
Porque hay películas que triunfan en su estreno.
Y otras, como Practical Magic, que lanzan un hechizo más lento… pero mucho más duradero.




Muy buen análisis
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