miércoles, 19 de agosto de 2026

The End of Oak Street: La América suburbana contra los dinosaurios

 En 1993, Spielberg despertó en muchos niños la dinomanía con el estreno de la impresionante Jurassic Park. Y no fue solo una película: merchandising, cromos, juguetes… Los niños, y no tan niños, soñaban con los dinosaurios y, lo que era aún mejor, soñaban con que algún día pudieran estar entre nosotros.

Más de treinta años después, aquella dinomanía no ha desaparecido. El legado de aquella película dio lugar a numerosas secuelas y sagas jurásicas, además de otros títulos que intentaron aprovechar aquella fascinación. Pero The End of Oak Street parece querer llevarla un paso más allá.

David Robert Mitchell, director de autor que debutó con It Follows, recupera esa fascinación por los dinosaurios, pero también el espíritu del cine de Amblin de los años 80: lo sobrenatural, la fantasía y la irrupción de lo extraordinario en la vida cotidiana. Un misterioso fenómeno cósmico lleva a la familia Platt hasta la era jurásica justo cuando atraviesan un proceso de separación. Obligados a sobrevivir juntos en un mundo dominado por dinosaurios, aquello que parecía una pesadilla terminará convirtiéndose también en una oportunidad para volver a encontrarse.

Y si algo funciona especialmente bien es la dirección de Mitchell. Desde las primeras imágenes construye un barrio residencial aparentemente idílico, con ese aspecto de la América suburbana de los 80 donde parece que nada malo puede suceder. Sin embargo, pronto descubrimos que bajo esa fachada de felicidad también existen grietas y problemas familiares.

La aparición de los dinosaurios rompe definitivamente esa sensación de seguridad. Mitchell no explica completamente el fenómeno, y quizá ahí esté parte de su encanto. Los dinosaurios pueden interpretarse como una metáfora de lo imprevisible: por mucho que tengas una casa bonita, una familia y una vida aparentemente perfecta, nada garantiza que estés a salvo. Algo puede irrumpir en cualquier momento y destruir esa normalidad.

El reparto funciona especialmente bien. Anne Hathaway sobresale como una madre de familia con mucha más iniciativa y fortaleza que el personaje de Ewan McGregor, un padre hundido e inseguro. El contraste entre ambos alimenta tanto el conflicto matrimonial como la supervivencia. Los hijos, además, aportan una naturalidad que evita que parezcan simples piezas de la historia.

En el apartado técnico destacan especialmente la fotografía y la banda sonora de Michael Giacchino, estrechamente ligado al universo de los dinosaurios tras poner música a la saga Jurassic World. Aquí recupera ese espíritu aventurero y espectacular, aunque pasado por un filtro más sombrío. Mitchell demuestra conocer perfectamente ese cine de Amblin que parece homenajear, pero no se limita a copiarlo: lo transforma en algo más extraño y adulto.

La lástima es que todo ese trabajo termine desembocando en un desenlace algo irregular, con decisiones que no terminan de encajar con la coherencia que la película había construido. Aun así, cuesta enfadarse demasiado con ella. Después de todo, ¿quién necesita demasiada coherencia cuando unos dinosaurios están campando a sus anchas por un barrio residencial?



sábado, 1 de agosto de 2026

Bwana y Taxi: las dos películas que vieron antes que nadie la España que estaba por llegar

 Las imágenes que llegan estos días desde Ceuta, el aumento de los discursos xenófobos y la creciente presencia de la extrema derecha en el debate público evidencian que el odio hacia el diferente ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en una preocupación de primer orden en buena parte de Europa. El cine, sin embargo, ya había advertido hace décadas de esa deriva.

En 1996, dos películas españolas coincidieron en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián compitiendo por la Concha de Oro. Bwana, de Imanol Uribe, que terminaría alzándose con el máximo galardón, y Taxi, de Carlos Saura, abordaban desde perspectivas muy distintas un mismo asunto: el racismo, la xenofobia y el crecimiento de una violencia ultraderechista que entonces muchos consideraban exagerada o residual. Vista desde el presente, aquella coincidencia resulta casi premonitoria.

Adaptación de la obra teatral de Ignacio del Moral, Bwana parte de una situación cotidiana: una familia de clase media viaja a las playas de Almería para pasar un tranquilo día pescando coquinas. Lo que comienza como un relato costumbrista, salpicado incluso de momentos de humor, se transforma progresivamente en un drama de enorme tensión cuando sus protagonistas se cruzan con un inmigrante africano recién llegado en patera tras perder a un compañero durante la travesía y, poco después, con un grupo de jóvenes neonazis.

El gran acierto del guion de Uribe e Ignacio del Moral reside en convertir ese encuentro casual en una radiografía moral de la sociedad española. La violencia nunca surge de forma repentina; antes aparecen el miedo, los prejuicios, la incomodidad y el silencio. El desenlace, en el que la familia termina abandonando a su suerte al inmigrante para protegerse a sí misma, sigue siendo uno de los finales más incómodos del cine español contemporáneo. No juzga al espectador: lo obliga a preguntarse qué habría hecho él.

Esa reflexión no tendría la misma fuerza sin el extraordinario trabajo de Andrés Pajares y María Barranco, magníficos en la evolución emocional de sus personajes y, sorprendentemente, olvidados por los Premios Goya. Junto a ellos, el debutante Emilio Buale aporta una interpretación llena de humanidad que convierte a su personaje en el auténtico centro moral del relato.

Si Bwana analiza el racismo cotidiano y los prejuicios de la gente corriente, Taxi lleva esa reflexión un paso más allá. Carlos Saura utiliza el thriller urbano para mostrar cómo el odio deja de ser una actitud individual y se convierte en una estructura organizada. Un grupo de taxistas, unidos por una ideología fascista, decide "limpiar" las calles de Madrid de inmigrantes, personas sin hogar, drogodependientes y homosexuales.

La historia se articula a través de Paz, una joven que comienza a trabajar como taxista junto a su padre sin sospechar que este forma parte de esa organización. A medida que descubre la verdad, el espectador también se adentra en un universo donde el fanatismo se oculta tras una apariencia de absoluta normalidad.

Saura no edulcora la violencia. Desde sus primeras secuencias asistimos al asesinato de una joven drogodependiente o al intento de incendiar un asentamiento de inmigrantes. Son escenas de enorme dureza que siguen provocando desasosiego porque el director entiende que el fascismo no puede representarse desde la complacencia.

Sin embargo, Taxi también deja espacio para la esperanza. La relación entre Paz y Daniel simboliza la posibilidad de romper con el odio heredado. La inolvidable escena de ambos en la fuente, fotografiada con la elegancia característica de Vittorio Storaro, encuentra un instante de belleza en medio de un relato dominado por la oscuridad. La química entre Ingrid Rubio y Carlos Fuentes dota a esa historia de amor de una sinceridad que equilibra la dureza del conjunto.

Resulta sorprendente comprobar que ambas películas fueran recibidas con cierta frialdad e incluso consideradas obras menores dentro de las trayectorias de Uribe y Saura. Quizá porque muchos pensaron que describían una España que no existía. El tiempo, sin embargo, ha terminado dándoles la razón.

Tres décadas después, Bwana y Taxi no parecen películas ancladas en los años noventa, sino obras que dialogan con el presente. La normalización de los discursos de odio, el señalamiento del inmigrante como enemigo, el resurgir de organizaciones ultras o la violencia contra quienes son diferentes por su origen, su orientación sexual o su forma de vida forman parte de una realidad que ambos cineastas supieron identificar cuando todavía pocos querían verla.

El cine no tiene la capacidad de predecir el futuro, pero sí la de observar con lucidez el presente. Uribe y Saura entendieron que bajo la aparente normalidad de la España de mediados de los noventa comenzaban a gestarse tensiones que, con el paso de los años, no harían sino intensificarse. Por eso Bwana y Taxi no solo resisten el paso del tiempo: hoy se revelan como dos de las películas españolas más necesarias para comprender el país que fuimos y, sobre todo, el país en el que vivimos.

sábado, 25 de julio de 2026

Sandra Bullock cumple 62 años: la estrella que Hollywood tardó demasiado en reconocer

 Pocas actrices han mantenido una relación tan peculiar con Hollywood como Sandra Bullock. Mientras el público la convirtió en una estrella desde mediados de los noventa, la industria tardó casi dos décadas en concederle el prestigio que llevaba años demostrando. Hoy, cuando cumple 62 años, su carrera se entiende como una de las más singulares del cine comercial estadounidense: una actriz capaz de conquistar la taquilla, sobrevivir a los fracasos y terminar levantando un Oscar sin perder nunca el cariño de los espectadores.

Se cuenta en los mentideros de Hollywood que durante el rodaje de Speed todos los que estaban delante y detrás de las cámaras tenían la sensación de estar presenciando el nacimiento de una estrella. El director Jan de Bont tuvo que insistir para convencer al estudio de que Sandra Bullock era la actriz adecuada para interpretar a Annie Porter, frente a una Julia Roberts que partía como favorita. «Nadie se habría creído a Julia Roberts conduciendo un autobús», llegó a decir. El tiempo le dio la razón.

Speed la convirtió en una estrella de la noche a la mañana y Mientras dormías confirmó que Hollywood había encontrado a una actriz diferente. Mientras otras intérpretes de los noventa construían personajes sofisticados e inalcanzables, Bullock conquistó al público interpretando mujeres corrientes, imperfectas y llenas de humanidad.

La premisa de Mientras dormías resulta casi absurda si se cuenta fríamente: una taquillera del metro salva a un desconocido de morir arrollado por un tren y acaba haciéndose pasar por su prometida mientras él permanece en coma. Sobre el papel parece un thriller. En pantalla, gracias a Bullock, se convierte en una de las comedias románticas más entrañables de los noventa. Ahí nació la gran "Novia de América". No porque interpretara historias de amor, sino porque daba la sensación de ser alguien a quien cualquiera podía conocer.

Hollywood quiso convertirla muy pronto en una actriz de prestigio. La oportunidad llegó con En el amor y en la guerra, dirigida por Richard Attenborough. Parecía el drama perfecto para iniciar una carrera hacia los premios, pero la película fue un fracaso. Después llegaron decisiones discutibles, entre ellas Speed 2, mientras Keanu Reeves abandonaba el proyecto antes del rodaje.

Sin embargo, ocurrió algo curioso: aunque algunos de sus títulos no funcionaban en taquilla, el público nunca dejó de respaldarla. Sus películas encontraban una segunda vida en el mercado doméstico y Bullock seguía siendo una de las actrices más queridas de Hollywood.

Quizá la crítica nunca supo muy bien cómo enfrentarse a ella. Era demasiado estrella para el cine de autor y demasiado actriz para ser considerada únicamente una reina de la taquilla. Durante años se repitieron comentarios injustos sobre su físico, su voz o su supuesto limitado registro interpretativo.

Y, sin embargo, Bullock llevaba tiempo intentando demostrar lo contrario. Fue la mujer abandonada que regresaba a su pueblo en Siempre queda el amor, la escritora alcohólica de 28 días o la excéntrica protagonista de Las fuerzas de la naturaleza. Cambiaban los personajes, pero muchos seguían viendo siempre a la misma actriz.

Entonces apareció Miss Agente Especial.

Gracie Hart, aquella agente del FBI torpe, desaliñada y obligada a infiltrarse en un concurso de belleza, devolvió a Bullock a lo más alto de la taquilla. La película fue un éxito enorme y le dio una segunda nominación al Globo de Oro.

Pero Miss Agente Especial también dejó al descubierto una de las mayores virtudes de Sandra Bullock. Muy pocas actrices consiguen mejorar el material que tienen entre manos. Ella nunca necesitó el mejor guion para conectar con el espectador. Bastaba una mirada, un gesto o una réplica dicha con naturalidad para convertir personajes aparentemente sencillos en inolvidables.

Lejos de acomodarse, decidió buscar otros caminos. Participó en Crash, ganadora del Oscar a la Mejor Película; dejó algunas de las mejores críticas de su carrera con Infamous y realizó un pequeño papel en Loverboy, la ópera prima de Kevin Bacon como director. Eran trabajos que demostraban que detrás de la estrella había una actriz mucho más versátil de lo que muchos estaban dispuestos a reconocer.

Después volvió a parar. Regresó a clases de interpretación y se replanteó su carrera.

No imaginaba que 2009 cambiaría para siempre su lugar en Hollywood.

Si 2009 definió la carrera de Sandra Bullock fue porque condensó en apenas unos meses todas sus contradicciones.

Primero llegó La proposición. Compartiendo pantalla con Ryan Reynolds, regresó a la comedia romántica interpretando a Margaret Tate, una editora brillante, autoritaria y con un punto de villana. Era un personaje muy alejado de las heroínas dulces que la habían convertido en la Novia de América y, precisamente por eso, funcionó. La película fue un éxito mundial y demostró que, quince años después de Speed, Bullock seguía siendo una de las pocas actrices capaces de llenar salas con su solo nombre.

Poco después estrenó Loca obsesión, quizá el mayor tropiezo de toda su carrera. Interpretaba a Mary Horowitz, una crucigramista brillante, excéntrica y obsesionada con un cámara de televisión tras una única cita. La película fue destrozada por la crítica y rechazada por el público. Durante unos meses pareció que todos los viejos prejuicios hacia Bullock regresaban de golpe.

Pero entonces llegó The Blind Side.

Interpretando a Leigh Anne Tuohy encontró el personaje que llevaba años esperando. La película ha sido revisada con el tiempo por la polémica que rodeó a la historia real en la que se inspiraba, pero hay algo que apenas se discute: la interpretación de Bullock. Incluso quienes eran más críticos con la película reconocían que ella estaba por encima del material.

La temporada de premios dejó una de las imágenes más insólitas que se recuerdan. Un día antes de ganar el Oscar acudió personalmente a recoger el Razzie a la peor actriz por Loca obsesión, riéndose de sí misma y repartiendo DVD de la película entre los asistentes. Veinticuatro horas después levantaba el Oscar a la Mejor Actriz.

Nadie había resumido mejor las contradicciones de su carrera.

Al recoger la estatuilla prometió que intentaría ser merecedora de aquel premio. Era una frase profundamente sincera. Incluso en el momento más importante de su vida profesional seguía mostrando la humildad que siempre la había caracterizado.

Pero el Oscar no cambió a Sandra Bullock.

Cambió la forma en la que Hollywood decidió mirarla.

Después llegarían Tan fuerte, tan cerca, nominada al Oscar a la Mejor Película, y, sobre todo, Gravity. La película de Alfonso Cuarón supuso una segunda consagración. Durante buena parte del metraje la cámara descansaba únicamente sobre ella y Bullock sostenía el peso emocional de la historia con una interpretación llena de vulnerabilidad y fuerza. Su segunda nominación al Oscar confirmó algo que muchos espectadores sabían desde hacía años: detrás de la estrella siempre había existido una gran actriz.

Quizá esa sea la mayor injusticia que Hollywood cometió con Sandra Bullock. Ella nunca cambió. Siempre tuvo el mismo talento, el mismo carisma y la misma capacidad para emocionar. Lo único que cambió fue la manera en la que la industria decidió observarla.

Y tampoco conviene olvidar otro detalle. Durante más de una década fue una de las pocas mujeres capaces de abrir una película únicamente con su nombre. En una industria dominada por grandes franquicias y héroes masculinos, Bullock demostró que una actriz podía liderar comedias románticas, thrillers, dramas o películas de ciencia ficción con el mismo éxito.

Ese ha sido siempre su verdadero superpoder: conectar con el público.

Nunca interpretó a mujeres perfectas. Interpretó a mujeres reconocibles. Personajes que se equivocaban, se caían, dudaban, hacían el ridículo y seguían adelante. Quizá por eso millones de espectadores sintieron que crecían con ella.

En 2022 decidió hacer un alto en su carrera por motivos personales. Ahora prepara su regreso con Prácticamente magia 2, la esperada secuela del clásico que protagonizó junto a Nicole Kidman. Probablemente no sea una película pensada para los premios, pero sí una oportunidad para reencontrarse con un personaje muy querido y, sobre todo, con un público que nunca dejó de acompañarla.

Se cuenta que durante el rodaje de Speed todos sabían que estaban viendo nacer una estrella.

Treinta y dos años después ya no hace falta repetir aquella historia.

Sandra Bullock no solo se convirtió en una estrella. Se convirtió en una de las últimas grandes actrices capaces de llenar salas, emocionar al público y sobrevivir a los cambios de Hollywood sin perder aquello que siempre la hizo especial: su cercanía.

Quizá la industria tardó demasiado en reconocerlo.

Los espectadores, en cambio, lo tuvieron claro desde el primer día. Y ese, probablemente, sea el mayor premio que puede recibir una estrella de cine.


sábado, 18 de julio de 2026

La Odisea: El largo regreso a Ítaca

 Tras alzarse con el Oscar por Oppenheimer, muchos estábamos esperando cuál sería la próxima película de Christopher Nolan. El anuncio de que adaptaría La Odisea, el poema épico atribuido a Homero y una de las obras más influyentes de la literatura universal, hizo que tanto sus seguidores como sus detractores afilaran los cuchillos desde el primer momento. Escrita hace casi tres mil años, narra el largo y tortuoso viaje de Odiseo (Ulises) de regreso a Ítaca tras la guerra de Troya, un periplo de monstruos, dioses, tentaciones y desafíos cuya influencia ha trascendido la literatura para impregnar el cine, el teatro, la música y el arte.

Pocos cineastas despiertan pasiones tan desmedidas como Christopher Nolan. Hay quienes veneran su capacidad para convertir cada película en un acontecimiento cinematográfico y quienes lo consideran uno de los cineastas más influyentes de las últimas décadas. Otros, en cambio, creen que su espectacular imaginario visual termina eclipsando el desarrollo de sus personajes y la emoción de sus historias. Sea cual sea la postura, cada nuevo proyecto suyo se convierte en un acontecimiento.

Tras un rodaje seguido con enorme expectación, las inevitables polémicas y un reparto repleto de estrellas, llega el momento de descubrir si Nolan ha conseguido estar a la altura de uno de los relatos más influyentes jamás escritos. 

Aunque La Odisea supone la primera adaptación directa de Homero en la filmografía de Christopher Nolan, lo cierto es que su cine llevaba años dialogando con muchos de los temas que atraviesan el poema. Resulta difícil no pensar en Interstellar, donde el viaje de Cooper nace del deseo irrenunciable de regresar junto a su familia; en Oppenheimer, donde el director explora las cicatrices morales que deja la guerra; o en la trilogía de The Dark Knight, protagonizada por un héroe marcado por el sacrificio y el peso de sus decisiones.

Por eso La Odisea no se siente como un cambio de rumbo, sino como la culminación natural de las grandes obsesiones de Nolan. El tiempo, la culpa, la familia, el sacrificio, el coste de la guerra y la búsqueda de redención recorren toda su filmografía. Más que enfrentarse a un clásico, el director parece reencontrarse con el origen de las historias que lleva años contando.

Lo más admirable es que Nolan no intenta modernizar el poema ni reducirlo a un simple espectáculo. Respeta la esencia de Homero, pero la filtra a través de su propia mirada. La épica nunca se impone a los personajes; al contrario, sirve para profundizar en ellos. El verdadero conflicto de Odiseo no consiste en derrotar monstruos o desafiar a los dioses, sino en descubrir si aún es posible regresar a casa siendo el mismo hombre que un día partió hacia la guerra.

Visualmente, Nolan vuelve a demostrar un talento extraordinario para construir imágenes imborrables. Abraza sin complejos la dimensión fantástica del poema y convierte el viaje de Odiseo en un espectáculo de enorme fuerza visual. Sin embargo, esa misma ambición encuentra su principal obstáculo en un montaje demasiado acelerado. Las escenas se suceden con tanta rapidez que, en determinados momentos, la emoción apenas tiene tiempo para asentarse. Es uno de los pocos reproches que pueden hacerse a una película que, por momentos, parece tener demasiada prisa por llegar a su siguiente gran secuencia.

En el apartado técnico, la película roza la excelencia. Todos los departamentos trabajan de forma orgánica para construir un universo tan gigantesco como inmersivo. Los efectos visuales resultan apabullantes sin eclipsar jamás el relato; la fotografía de Hoyte van Hoytema alterna con brillantez la oscuridad y la luminosidad de cada escenario, reforzando el tono mítico de la historia; y Ludwig Göransson firma una banda sonora poderosa, inquietante y profundamente emocional.

Mención especial merece el extraordinario diseño de sonido. Cada embestida de una ola, el silbido de una flecha o el rugido del viento poseen una fuerza y una nitidez sobresalientes, convirtiendo La Odisea en una experiencia todavía más inmersiva y recordándonos que es una de esas películas concebidas para disfrutarse en una sala de cine.

El reparto funciona con una precisión admirable. Aunque muchos intérpretes apenas disponen de unos minutos en pantalla, Christopher Nolan sabe conceder a cada uno su momento. Samantha Morton vuelve a demostrar, con apenas un par de escenas, por qué sigue siendo una de las actrices más extraordinarias de su generación.

Matt Damon construye un Odiseo contenido, agotado y profundamente humano. Más que un héroe invencible, interpreta a un hombre consumido por el peso de la guerra y por el deseo de regresar junto a los suyos. Esa contención interpretativa puede transmitir cierta frialdad en algunos pasajes, aunque también dota al personaje de una humanidad profundamente creíble.

Si Damon representa el viaje, Anne Hathaway y Tom Holland representan aquello que da sentido a ese viaje. Hathaway compone una Penélope de enorme fortaleza emocional, cuya espera se convierte en un acto de resistencia. Holland, como Telémaco, aporta la rabia, la incertidumbre y la esperanza de un hijo que solo desea recuperar a su padre. Ambos recuerdan constantemente que el verdadero destino de Odiseo no es Ítaca, sino su familia.

Adaptar La Odisea nunca fue una tarea sencilla. No solo por el peso de una obra que ha marcado la historia de la literatura durante casi tres mil años, sino porque cualquier intento de trasladarla al cine estaba condenado a ser comparado con el mito que representa. Christopher Nolan no rehúye ese desafío; lo convierte en una película profundamente personal.

Más allá de su espectacularidad, la película propone una lectura profundamente antibelicista. La guerra no aparece como un escenario de gloria, sino como una herida que continúa abierta mucho después de que termine el conflicto. Las cicatrices físicas y emocionales, la culpa, la pérdida y el anhelo de regresar a un hogar que ya nunca será el mismo atraviesan toda la narración.

Su montaje, en ocasiones demasiado acelerado, resta profundidad a determinados pasajes y no siempre permite que la emoción madure con la calma necesaria. Aun así, cuando Nolan encuentra el espacio para detenerse en sus personajes, demuestra que la verdadera fuerza de la película no reside en la espectacularidad, sino en la humanidad de quienes luchan por volver a casa.

Porque, al final, La Odisea no trata de monstruos, dioses ni batallas. Trata de las heridas que deja la guerra, de una familia rota que lucha por volver a reunirse y de un hombre que ya no sabe si el hogar que busca sigue existiendo. Christopher Nolan ha comprendido la verdadera esencia del poema de Homero y la transforma en una obra de una ambición descomunal, tan espectacular como profundamente humana.

Casi tres mil años después de que Homero la escribiera, La Odisea sigue recordándonos que el viaje más difícil nunca es cruzar mares ni derrotar monstruos, sino encontrar el camino de vuelta a casa. Y esa es, quizá, la mayor victoria de Christopher Nolan: demostrar que los grandes mitos nunca envejecen cuando se cuentan con convicción, sensibilidad y una mirada capaz de hacerlos eternamente contemporáneos.



lunes, 13 de julio de 2026

Mejor Actriz: Cannes marca el camino, pero la carrera por el Oscar está lejos de decidirse

 La temporada de premios apenas ha comenzado, pero la categoría de Mejor Actriz ya empieza a perfilar sus primeras protagonistas. Con Cannes en el retrovisor, varios de los títulos más esperados del verano ya estrenados y los festivales de Venecia, Telluride, Toronto y San Sebastián todavía por celebrarse, la carrera reúne desde ganadoras del Oscar hasta nuevas estrellas, pasando por el prestigio del cine europeo y el creciente peso del cine de género.

Si Cannes dejó una conclusión clara, es que Europa vuelve a llegar con fuerza. Renate Reinsve emerge como una de las grandes favoritas tras el triunfo de Fjord, Palma de Oro del festival. La actriz noruega lidera un intenso drama familiar que confirma que su reciente nominación al Oscar no fue casualidad.

A su lado aparece Sandra Hüller, que vuelve a firmar una de las interpretaciones más comentadas del año con Fatherland, donde interpreta a Erika Mann, hija del escritor Thomas Mann, en un drama ambientado en la Alemania de posguerra. Pero la alemana juega con una baza que ninguna otra actriz parece tener esta temporada: también protagoniza Rose, donde da vida a una mujer obligada a ocultar su identidad para sobrevivir, un papel que ya le valió el premio a la Mejor Actriz en el Festival de Berlín. Si ambas interpretaciones mantienen el respaldo de la crítica, el nuevo reglamento de la Academia hace que una hipotética doble nominación, aunque muy improbable, ya no parezca imposible.

La tercera gran representante del cine europeo es Virginie Efira, premiada como Mejor Actriz en Cannes por Soudain (All of a Sudden), la nueva película de Ryusuke Hamaguchi. En ella interpreta a la directora de una residencia cuya vida cambia tras entablar una inesperada amistad con una directora de teatro japonesa enferma de cáncer, una interpretación que la sitúa de lleno en la conversación.

Hollywood responde con dos actrices que ya saben lo que significa ganar un Oscar. Julianne Moore protagoniza The Debut, de Jesse Eisenberg, donde da vida a una mujer tímida que encuentra una inesperada transformación a través del teatro comunitario. Por su parte, Mikey Madison buscará regresar a la categoría con la secuela de La red social, uno de los proyectos más esperados de la temporada.

Sin embargo, la carrera podría cambiar por completo en apenas unas semanas. Toronto suele descubrir a una de las grandes protagonistas de la temporada y este año todas las miradas apuntan hacia Ruth Madeley, protagonista de Being Heumann, el esperado regreso de Siân Heder (CODA). Madeley interpreta a la legendaria activista Judy Heumann, una de las figuras más importantes en la lucha por los derechos de las personas con discapacidad, en un papel con todos los ingredientes que suelen enamorar a la Academia.

También llegará Cynthia Erivo con Prima Facie, adaptación cinematográfica de la exitosa obra teatral que convirtió a Jodie Comer en una de las intérpretes más premiadas de los últimos años. Erivo interpreta a una brillante abogada cuya vida cambia radicalmente tras convertirse ella misma en víctima de una agresión sexual. Su principal obstáculo, por ahora, no parece estar en la interpretación, sino en que la película sigue sin distribución en Estados Unidos, un aspecto que podría complicar una futura campaña al Oscar.

Otro de los focos de interés estará en comprobar hasta qué punto la Academia sigue abrazando el cine de género. Emily Blunt competirá con Disclosure Day, la nueva película de Steven Spielberg, mientras que Inde Navarrete encabeza Obsession, el fenómeno de terror que ha arrasado en la taquilla. Hace unos años, dos películas como estas apenas habrían entrado en la conversación. Hoy, el panorama parece muy distinto.

La categoría la completan otros nombres que tampoco conviene perder de vista. Olivia Wilde vuelve a ponerse delante y detrás de la cámara con The Invite, remake de la película española del mismo nombre. Michelle Williams, cinco veces nominada al Oscar, intentará ampliar su historial con A Place in Hell, mientras que Daisy Edgar-Jones afronta uno de los papeles más icónicos de la literatura al protagonizar una nueva adaptación de Sentido y sensibilidad. Un personaje con un precedente ilustre: Emma Thompson fue nominada al Oscar por interpretar a Elinor Dashwood en la inolvidable versión de Ang Lee.

Todavía faltan muchas películas por descubrir y los festivales del otoño pueden alterar por completo el panorama. Pero si algo empieza a quedar claro es que la carrera por el Oscar a Mejor Actriz volverá a enfrentar a ganadoras de la estatuilla, favoritas del cine europeo, nuevas estrellas de Hollywood y apuestas tan arriesgadas como estimulantes. Una categoría que, sobre el papel, apunta a ser una de las más apasionantes de la temporada.

domingo, 12 de julio de 2026

'The Invite': el remake hollywoodiense de Cesc Gay que conquista a crítica y público

 No es habitual que el remake de una película española despierte tanta expectación en Hollywood. Sin embargo, The Invite, dirigida por Olivia Wilde, se ha convertido en una de las sorpresas cinematográficas del verano. La cinta adapta Sentimental (2020), la película de Cesc Gay basada en su exitosa obra de teatro Los vecinos de arriba. La versión original estaba protagonizada por Javier Cámara, Griselda Siciliani, Belén Cuesta y Alberto San Juan, mientras que esta nueva adaptación reúne a Seth Rogen, Olivia Wilde, Penélope Cruz y Edward Norton.

La historia sigue a un matrimonio cuya relación atraviesa una profunda crisis. Todo cambia cuando invitan a cenar a sus vecinos, una pareja mucho más desinhibida que termina proponiéndoles explorar nuevos límites en su vida sentimental y sexual. Lo que comienza como una velada aparentemente inofensiva acaba convirtiéndose en una comedia inteligente, provocadora y llena de diálogos afilados que reflexiona sobre el deseo, la monogamia y las relaciones de pareja.

La apuesta de Olivia Wilde ha conectado tanto con la crítica como con el público. Los elogios destacan la frescura del guion, la química entre sus protagonistas y el equilibrio entre el humor, la tensión y la emoción, consolidándola como una de las comedias para adultos mejor recibidas del año.

A24 apostó por un estreno limitado en Estados Unidos, una estrategia habitual para generar conversación entre los espectadores. La respuesta fue tan positiva que la distribuidora amplió rápidamente el número de salas, impulsada por un excelente boca a boca que ha convertido a The Invite en uno de los títulos más comentados del verano.

Ese entusiasmo ya empieza a trasladarse a la carrera por los Oscar. Aunque todavía faltan meses para conocer las nominaciones, la película figura en numerosas quinielas, especialmente en la categoría de Mejor Guion Adaptado. Tampoco se descartan opciones en Mejor Película, Mejor Dirección para Olivia Wilde y en las categorías interpretativas para Penélope Cruz y Edward Norton, si logra mantener el respaldo de la crítica y la industria durante la temporada de premios.

El éxito internacional de Sentimental tampoco es una casualidad. La historia creada por Cesc Gay ha traspasado fronteras y ya ha sido adaptada en países como Italia, Francia, Suiza y Corea del Sur, a los que ahora se suma Estados Unidos. Un recorrido que confirma el atractivo universal de una historia capaz de conectar con espectadores de culturas muy diferentes y que, con The Invite, parece haber encontrado su adaptación más ambiciosa hasta la fecha.



lunes, 6 de julio de 2026

Primeras reacciones a The Odyssey: Christopher Nolan irrumpe con fuerza en la carrera por los Oscars tras su premiere en Londres

 La carrera por los Oscars acaba de sumar a uno de sus primeros grandes protagonistas. Las primeras reacciones de periodistas y asistentes tras la premiere mundial de The Odyssey en Londres no pueden ser más entusiastas. La nueva película de Christopher Nolan está siendo descrita como una epopeya monumental que combina una escala colosal con una gran carga emocional. Aunque todavía es pronto para sacar conclusiones, el consenso inicial ya la sitúa como una de las primeras grandes aspirantes de la próxima temporada de premios.

The Odyssey adapta La Odisea, el célebre poema épico de Homero, considerado una de las obras más influyentes de la literatura universal. La historia sigue el largo viaje de Odiseo, rey de Ítaca, que tras el final de la Guerra de Troya emprende un peligroso regreso a casa. En su travesía deberá enfrentarse a criaturas mitológicas, la ira de los dioses y todo tipo de desafíos mientras lucha por reencontrarse con su esposa, Penélope, y su hijo, Telémaco.

La dirección de Nolan es el aspecto más celebrado. Las primeras impresiones destacan una puesta en escena de enorme ambición, un espectacular uso de las nuevas cámaras IMAX y algunas de las secuencias más impresionantes de toda su filmografía. Varios asistentes incluso comparan la experiencia con clásicos como Lawrence of Arabia o Seven Samurai, subrayando la capacidad del director para combinar espectáculo, emoción y una historia profundamente humana.

En el apartado interpretativo, Matt Damon emerge como el gran protagonista de las primeras reacciones. Su trabajo como Odiseo está siendo descrito como una de las mejores interpretaciones de su carrera, lo que lo convierte desde ya en un nombre a seguir en la conversación por el Oscar a Mejor Actor. Anne Hathaway también recibe excelentes críticas por su interpretación de Penélope y comienza a perfilarse como una seria aspirante en Actriz de Reparto. Entre los secundarios, Robert Pattinson es otro de los nombres que más se repiten y ya aparece en las primeras quinielas para Actor de Reparto. Tom Holland, John Leguizamo, Himesh Patel y Samantha Morton completan un reparto ampliamente elogiado.

El apartado técnico tampoco pasa desapercibido. La fotografía, el diseño sonoro y la banda sonora de Ludwig Göransson están siendo destacados de forma recurrente, al igual que el compromiso de Nolan con el rodaje en IMAX y los efectos prácticos. Todo ello convierte a The Odyssey en una de las primeras películas que empiezan a sonar con fuerza en categorías como Fotografía, Sonido, Banda Sonora, Montaje, Efectos Visuales, Dirección y Mejor Película.

Todavía quedan meses para que la temporada de premios tome forma y llegarán numerosos títulos que podrían alterar el panorama. Sin embargo, si el entusiasmo generado tras su estreno en Londres se mantiene cuando se publiquen las críticas completas y llegue su estreno comercial, The Odyssey tiene todos los ingredientes para convertirse en una de las grandes protagonistas de la próxima carrera por los Oscars.

The End of Oak Street: La América suburbana contra los dinosaurios

 En 1993, Spielberg despertó en muchos niños la dinomanía con el estreno de la impresionante Jurassic Park . Y no fue solo una película: mer...