Disclosure Day llegaba envuelta en una oleada de entusiasmo crítico que hablaba incluso de la mejor película de Steven Spielberg en más de veinte años. Sinceramente, me parece una exageración difícil de sostener si uno mira su filmografía en perspectiva.
Spielberg venía además de dos títulos muy discutidos en términos de recepción popular: West Side Story y The Fabelmans. Ambas fueron celebradas por la crítica, pero me resultan obras desiguales: la primera, impecable en lo formal pero algo distante; la segunda, demasiado encerrada en la autoimagen del propio Spielberg.
La expectativa, por tanto, era clara: qué versión de Spielberg íbamos a encontrar ahora.
La película reúne de nuevo al director con David Koepp, uno de sus guionistas más recurrentes, con quien ha firmado desde Jurassic Park hasta War of the Worlds. En esta ocasión, Spielberg vuelve a uno de sus territorios más fértiles: los extraterrestres, un imaginario que ya definió en Close Encounters of the Third Kind y E.T. the Extra-Terrestrial.
La premisa parte de dos personas corrientes que descubren pruebas irrefutables de la existencia de vida extraterrestre y deciden sacar esa verdad a la luz tras décadas de ocultamiento. A partir de ahí, la película se mueve entre la conspiración, el miedo y la necesidad de confrontar aquello que desborda cualquier explicación racional.
Más allá del argumento, Disclosure Day vuelve a insistir en los grandes temas de Spielberg: la persona común enfrentada a lo imposible, la tensión entre verdad y poder, y la fragilidad de la creencia cuando el mundo se resiste a aceptar lo extraordinario.
El problema es que la película no arranca con la misma fuerza con la que termina. Su primera mitad es irregular, a veces errática, como si buscara el tono sin encontrarlo del todo. Pero en su último tramo ocurre lo que muchos esperaban: Spielberg activa su cine más reconocible.
La última hora es un ascenso constante hacia el asombro. El ritmo se ordena, la emoción aparece y la puesta en escena recupera ese impulso casi infantil por lo extraordinario que ha definido su mejor cine. Es ahí donde la película realmente cobra sentido.
Josh O’Connor y Emily Blunt sostienen el corazón del film como dos personas completamente normales empujadas a una situación que rompe cualquier lógica. O’Connor encarna la vulnerabilidad con una naturalidad muy efectiva, mientras que Blunt ofrece un arco más amplio: comienza desde una ligereza casi cotidiana, incluso con destellos de humor, para derivar hacia un territorio mucho más emocional. Ambos encajan bien en ese esquema tan spielbergiano de lo extraordinario filtrado a través de lo cotidiano.
Colman Domingo y Colin Firth completan el reparto con solidez, aportando gravedad y textura al mundo que rodea a los protagonistas sin robarles protagonismo.
En lo técnico, Janusz Kamiński vuelve a construir una imagen dominada por la dualidad entre luz y oscuridad. La fotografía trabaja el contraste constante, casi como una tensión moral del propio relato. Los reflejos en espejos, metales y superficies afiladas refuerzan una sensación de duplicidad que atraviesa toda la película. Es un trabajo visual muy controlado, muy consciente de su propia atmósfera.
La música de John Williams vuelve a funcionar como eje emocional, subrayando los momentos de mayor intensidad y reforzando esa idea de descubrimiento progresivo.
Disclosure Day no es la obra maestra que algunos han querido ver, pero tampoco una pieza menor dentro del cine reciente de Spielberg. Es una película desigual, que encuentra su verdadero valor cuando deja de tantear y se entrega a lo que mejor sabe hacer: convertir lo desconocido en emoción.
Y es en esa última hora, cuando todo encaja, donde vuelve a aparecer lo que realmente define a Spielberg: la capacidad de devolvernos el asombro.



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