Las primeras proyecciones de Michael apuntaban a un éxito claro: gran presupuesto, un icono irrepetible y la maquinaria promocional funcionando a pleno rendimiento. Pero tras las primeras reacciones de la crítica, el relato ha cambiado. Y bastante.
La película dirigida por Antoine Fuqua no está siendo recibida como el gran biopic definitivo de Michael Jackson, sino como algo mucho más problemático: un retrato superficial, complaciente y cuidadosamente diseñado para no incomodar.
Y ahí está el quid de la cuestión.
Porque si algo define a estas primeras críticas es la sensación de que Michael evita el conflicto. No lo aborda, no lo matiza: lo esquiva. En lugar de enfrentarse a las partes más oscuras y controvertidas de la vida del artista, opta por una narrativa que lo protege, lo idealiza y, en muchos momentos, lo desactiva dramáticamente.
El resultado, según varios críticos, es un biopic sin nervio.
Desde Rolling Stone la califican como “cliché, blanda y mala”. The Guardian va más allá y la describe como “una playlist filmada en busca de una historia”. Y voces como Tim Grierson señalan directamente su desconexión con la realidad al evitar cualquier mirada contradictoria sobre su protagonista.
No parece casualidad.
Durante la producción, el proyecto ya dio señales de fricción. Tras finalizar el montaje, la familia Jackson —clave en la producción— no quedó satisfecha con el tono de la escena final, en la que se insinuaba un cierre más oscuro, con la presencia policial rodeando la mansión del cantante. Esa secuencia fue descartada y sustituida por otra versión más alineada con la visión que querían transmitir.
Ese cambio no es menor. Es una declaración de intenciones.
Cuando un biopic modifica su propio final para suavizar la imagen de su protagonista, deja de ser una exploración y se convierte en un ejercicio de control del relato.
Y eso es precisamente lo que muchos críticos creen que ocurre aquí.
Mientras tanto, la reacción del público está lejos de ser uniforme. Los fans más acérrimos defienden la película como un homenaje necesario, una celebración de su legado musical y una reivindicación frente a años de controversia. En paralelo, artículos de opinión y voces críticas insisten en que ignorar ciertos aspectos de su vida no solo empobrece la película, sino que la vuelve irrelevante como obra biográfica.
Así, Michael se convierte en algo más que un estreno: en un campo de batalla entre memoria, fandom y narrativa.
Porque la pregunta de fondo no es si la película es buena o mala.
Es si un biopic puede permitirse no mirar de frente a su propio protagonista.
Puede que Michael funcione en taquilla. Tiene los ingredientes: nostalgia, grandes números musicales y una figura que sigue generando fascinación global. Pero como cine —al menos según estas primeras reacciones— parece quedarse en la superficie.
Y es ahí donde más duele.
Porque cuando un biopic convierte a su protagonista en un mito intocable, deja de ser cine… y pasa a ser propaganda con banda sonora.



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