miércoles, 19 de agosto de 2026

The End of Oak Street: La América suburbana contra los dinosaurios

 En 1993, Spielberg despertó en muchos niños la dinomanía con el estreno de la impresionante Jurassic Park. Y no fue solo una película: merchandising, cromos, juguetes… Los niños, y no tan niños, soñaban con los dinosaurios y, lo que era aún mejor, soñaban con que algún día pudieran estar entre nosotros.

Más de treinta años después, aquella dinomanía no ha desaparecido. El legado de aquella película dio lugar a numerosas secuelas y sagas jurásicas, además de otros títulos que intentaron aprovechar aquella fascinación. Pero The End of Oak Street parece querer llevarla un paso más allá.

David Robert Mitchell, director de autor que debutó con It Follows, recupera esa fascinación por los dinosaurios, pero también el espíritu del cine de Amblin de los años 80: lo sobrenatural, la fantasía y la irrupción de lo extraordinario en la vida cotidiana. Un misterioso fenómeno cósmico lleva a la familia Platt hasta la era jurásica justo cuando atraviesan un proceso de separación. Obligados a sobrevivir juntos en un mundo dominado por dinosaurios, aquello que parecía una pesadilla terminará convirtiéndose también en una oportunidad para volver a encontrarse.

Y si algo funciona especialmente bien es la dirección de Mitchell. Desde las primeras imágenes construye un barrio residencial aparentemente idílico, con ese aspecto de la América suburbana de los 80 donde parece que nada malo puede suceder. Sin embargo, pronto descubrimos que bajo esa fachada de felicidad también existen grietas y problemas familiares.

La aparición de los dinosaurios rompe definitivamente esa sensación de seguridad. Mitchell no explica completamente el fenómeno, y quizá ahí esté parte de su encanto. Los dinosaurios pueden interpretarse como una metáfora de lo imprevisible: por mucho que tengas una casa bonita, una familia y una vida aparentemente perfecta, nada garantiza que estés a salvo. Algo puede irrumpir en cualquier momento y destruir esa normalidad.

El reparto funciona especialmente bien. Anne Hathaway sobresale como una madre de familia con mucha más iniciativa y fortaleza que el personaje de Ewan McGregor, un padre hundido e inseguro. El contraste entre ambos alimenta tanto el conflicto matrimonial como la supervivencia. Los hijos, además, aportan una naturalidad que evita que parezcan simples piezas de la historia.

En el apartado técnico destacan especialmente la fotografía y la banda sonora de Michael Giacchino, estrechamente ligado al universo de los dinosaurios tras poner música a la saga Jurassic World. Aquí recupera ese espíritu aventurero y espectacular, aunque pasado por un filtro más sombrío. Mitchell demuestra conocer perfectamente ese cine de Amblin que parece homenajear, pero no se limita a copiarlo: lo transforma en algo más extraño y adulto.

La lástima es que todo ese trabajo termine desembocando en un desenlace algo irregular, con decisiones que no terminan de encajar con la coherencia que la película había construido. Aun así, cuesta enfadarse demasiado con ella. Después de todo, ¿quién necesita demasiada coherencia cuando unos dinosaurios están campando a sus anchas por un barrio residencial?



sábado, 1 de agosto de 2026

Bwana y Taxi: las dos películas que vieron antes que nadie la España que estaba por llegar

 Las imágenes que llegan estos días desde Ceuta, el aumento de los discursos xenófobos y la creciente presencia de la extrema derecha en el debate público evidencian que el odio hacia el diferente ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en una preocupación de primer orden en buena parte de Europa. El cine, sin embargo, ya había advertido hace décadas de esa deriva.

En 1996, dos películas españolas coincidieron en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián compitiendo por la Concha de Oro. Bwana, de Imanol Uribe, que terminaría alzándose con el máximo galardón, y Taxi, de Carlos Saura, abordaban desde perspectivas muy distintas un mismo asunto: el racismo, la xenofobia y el crecimiento de una violencia ultraderechista que entonces muchos consideraban exagerada o residual. Vista desde el presente, aquella coincidencia resulta casi premonitoria.

Adaptación de la obra teatral de Ignacio del Moral, Bwana parte de una situación cotidiana: una familia de clase media viaja a las playas de Almería para pasar un tranquilo día pescando coquinas. Lo que comienza como un relato costumbrista, salpicado incluso de momentos de humor, se transforma progresivamente en un drama de enorme tensión cuando sus protagonistas se cruzan con un inmigrante africano recién llegado en patera tras perder a un compañero durante la travesía y, poco después, con un grupo de jóvenes neonazis.

El gran acierto del guion de Uribe e Ignacio del Moral reside en convertir ese encuentro casual en una radiografía moral de la sociedad española. La violencia nunca surge de forma repentina; antes aparecen el miedo, los prejuicios, la incomodidad y el silencio. El desenlace, en el que la familia termina abandonando a su suerte al inmigrante para protegerse a sí misma, sigue siendo uno de los finales más incómodos del cine español contemporáneo. No juzga al espectador: lo obliga a preguntarse qué habría hecho él.

Esa reflexión no tendría la misma fuerza sin el extraordinario trabajo de Andrés Pajares y María Barranco, magníficos en la evolución emocional de sus personajes y, sorprendentemente, olvidados por los Premios Goya. Junto a ellos, el debutante Emilio Buale aporta una interpretación llena de humanidad que convierte a su personaje en el auténtico centro moral del relato.

Si Bwana analiza el racismo cotidiano y los prejuicios de la gente corriente, Taxi lleva esa reflexión un paso más allá. Carlos Saura utiliza el thriller urbano para mostrar cómo el odio deja de ser una actitud individual y se convierte en una estructura organizada. Un grupo de taxistas, unidos por una ideología fascista, decide "limpiar" las calles de Madrid de inmigrantes, personas sin hogar, drogodependientes y homosexuales.

La historia se articula a través de Paz, una joven que comienza a trabajar como taxista junto a su padre sin sospechar que este forma parte de esa organización. A medida que descubre la verdad, el espectador también se adentra en un universo donde el fanatismo se oculta tras una apariencia de absoluta normalidad.

Saura no edulcora la violencia. Desde sus primeras secuencias asistimos al asesinato de una joven drogodependiente o al intento de incendiar un asentamiento de inmigrantes. Son escenas de enorme dureza que siguen provocando desasosiego porque el director entiende que el fascismo no puede representarse desde la complacencia.

Sin embargo, Taxi también deja espacio para la esperanza. La relación entre Paz y Daniel simboliza la posibilidad de romper con el odio heredado. La inolvidable escena de ambos en la fuente, fotografiada con la elegancia característica de Vittorio Storaro, encuentra un instante de belleza en medio de un relato dominado por la oscuridad. La química entre Ingrid Rubio y Carlos Fuentes dota a esa historia de amor de una sinceridad que equilibra la dureza del conjunto.

Resulta sorprendente comprobar que ambas películas fueran recibidas con cierta frialdad e incluso consideradas obras menores dentro de las trayectorias de Uribe y Saura. Quizá porque muchos pensaron que describían una España que no existía. El tiempo, sin embargo, ha terminado dándoles la razón.

Tres décadas después, Bwana y Taxi no parecen películas ancladas en los años noventa, sino obras que dialogan con el presente. La normalización de los discursos de odio, el señalamiento del inmigrante como enemigo, el resurgir de organizaciones ultras o la violencia contra quienes son diferentes por su origen, su orientación sexual o su forma de vida forman parte de una realidad que ambos cineastas supieron identificar cuando todavía pocos querían verla.

El cine no tiene la capacidad de predecir el futuro, pero sí la de observar con lucidez el presente. Uribe y Saura entendieron que bajo la aparente normalidad de la España de mediados de los noventa comenzaban a gestarse tensiones que, con el paso de los años, no harían sino intensificarse. Por eso Bwana y Taxi no solo resisten el paso del tiempo: hoy se revelan como dos de las películas españolas más necesarias para comprender el país que fuimos y, sobre todo, el país en el que vivimos.

The End of Oak Street: La América suburbana contra los dinosaurios

 En 1993, Spielberg despertó en muchos niños la dinomanía con el estreno de la impresionante Jurassic Park . Y no fue solo una película: mer...