En 1993, Spielberg despertó en muchos niños la dinomanía con el estreno de la impresionante Jurassic Park. Y no fue solo una película: merchandising, cromos, juguetes… Los niños, y no tan niños, soñaban con los dinosaurios y, lo que era aún mejor, soñaban con que algún día pudieran estar entre nosotros.
Más de treinta años después, aquella dinomanía no ha desaparecido. El legado de aquella película dio lugar a numerosas secuelas y sagas jurásicas, además de otros títulos que intentaron aprovechar aquella fascinación. Pero The End of Oak Street parece querer llevarla un paso más allá.
David Robert Mitchell, director de autor que debutó con It Follows, recupera esa fascinación por los dinosaurios, pero también el espíritu del cine de Amblin de los años 80: lo sobrenatural, la fantasía y la irrupción de lo extraordinario en la vida cotidiana. Un misterioso fenómeno cósmico lleva a la familia Platt hasta la era jurásica justo cuando atraviesan un proceso de separación. Obligados a sobrevivir juntos en un mundo dominado por dinosaurios, aquello que parecía una pesadilla terminará convirtiéndose también en una oportunidad para volver a encontrarse.
Y si algo funciona especialmente bien es la dirección de Mitchell. Desde las primeras imágenes construye un barrio residencial aparentemente idílico, con ese aspecto de la América suburbana de los 80 donde parece que nada malo puede suceder. Sin embargo, pronto descubrimos que bajo esa fachada de felicidad también existen grietas y problemas familiares.
La aparición de los dinosaurios rompe definitivamente esa sensación de seguridad. Mitchell no explica completamente el fenómeno, y quizá ahí esté parte de su encanto. Los dinosaurios pueden interpretarse como una metáfora de lo imprevisible: por mucho que tengas una casa bonita, una familia y una vida aparentemente perfecta, nada garantiza que estés a salvo. Algo puede irrumpir en cualquier momento y destruir esa normalidad.
El reparto funciona especialmente bien. Anne Hathaway sobresale como una madre de familia con mucha más iniciativa y fortaleza que el personaje de Ewan McGregor, un padre hundido e inseguro. El contraste entre ambos alimenta tanto el conflicto matrimonial como la supervivencia. Los hijos, además, aportan una naturalidad que evita que parezcan simples piezas de la historia.
En el apartado técnico destacan especialmente la fotografía y la banda sonora de Michael Giacchino, estrechamente ligado al universo de los dinosaurios tras poner música a la saga Jurassic World. Aquí recupera ese espíritu aventurero y espectacular, aunque pasado por un filtro más sombrío. Mitchell demuestra conocer perfectamente ese cine de Amblin que parece homenajear, pero no se limita a copiarlo: lo transforma en algo más extraño y adulto.
La lástima es que todo ese trabajo termine desembocando en un desenlace algo irregular, con decisiones que no terminan de encajar con la coherencia que la película había construido. Aun así, cuesta enfadarse demasiado con ella. Después de todo, ¿quién necesita demasiada coherencia cuando unos dinosaurios están campando a sus anchas por un barrio residencial?
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