sábado, 25 de abril de 2026

Michael: el mito brilla, el hombre se diluye

 La película Michael ya ha llegado a los cines con una respuesta muy positiva del público y una taquilla sólida. Nada que ver con la crítica especializada, mucho más fría. La cinta de Antoine Fuqua llega, además, rodeada de polémica: problemas durante el rodaje, un presupuesto disparado y, sobre todo, un final completamente reformulado.

Porque sí, el final original era muy distinto. En esa versión, el desenlace abordaba de frente las acusaciones de abuso infantil de 1993 y cómo marcaron la vida de Michael Jackson. Había imágenes muy potentes —Jackson frente al espejo, roto, con luces policiales a su espalda o el registro de Neverland—, pero todo eso desapareció. La familia, implicada en la producción, decidió no entrar en ese terreno y forzó un nuevo final. Y eso se nota.

El resultado es una película partida en dos.

Por un lado, el conflicto entre padre e hijo. La relación entre Michael Jackson y Joe Jackson —con Colman Domingo y Jafar Jackson— es lo mejor del film. Aquí hay tensión y una idea muy clara: la pérdida de la infancia. La película acierta al mostrar cómo Michael deja de ser un niño demasiado pronto, obligado a trabajar desde pequeño en The Jackson 5. Esa herida explica muy bien al adulto que vendrá después: alguien que intenta recuperar lo que nunca tuvo, casi como un Peter Pan permanente.

Por otro lado, está el ascenso al estrellato: de niño prodigio a icono global, con hitos como Thriller y recreaciones de actuaciones llenas de energía. Además, la película acierta al mostrar cómo se construye el artista a partir de la cultura popular: de James Brown a Elvis Presley, pasando por Charles Chaplin o el imaginario de Disney.

El problema es que Michael funciona cuando mira al padre y cuando mira al escenario, pero nunca cuando intenta mirar a ambos a la vez.

No hay integración, hay alternancia. Y eso rompe la película.

En lo interpretativo, Jafar Jackson sorprende muchísimo en su debut: capta la voz, los gestos y la esencia del artista de forma impresionante. Pero el guion le resta fuerza al infantilizar en exceso al personaje, llevando algunas escenas al límite de lo ingenuo. Colman Domingo, en cambio, eleva todo lo que toca y aporta una presencia muy sólida incluso con un personaje algo plano.

Antoine Fuqua dirige con pulso, pero es la música de Michael Jackson la que realmente sostiene la película. Cuando suena, todo encaja.

Como película, es irregular y a ratos frustrante. Pero también es evidente que esto no termina aquí: con una segunda parte ya en marcha, queda la sensación de que esta primera entrega evita las zonas más incómodas para dejarlas para después.

Michael emociona cuando se acerca al mito, pero evita enfrentarse del todo al hombre.

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