Se cumplen 20 años de El diablo viste de Prada y llega su secuela envuelta en una notable expectación. El resultado, sin embargo, es una película que decepciona al no saber qué hacer con su propio legado.
El principal problema es su condición de calco estructural de la original: misma arquitectura narrativa, mismos hitos dramáticos y un desenlace que replica de forma evidente el esquema de cierre del filme de 2006 (si entonces era París, ahora es Milán). Pero más allá de la forma, la secuela parece haber perdido el elemento que definía a la primera entrega: su ironía. Aquella mirada ácida sobre el mundo de la moda y sus dinámicas de poder se sustituye aquí por una lectura excesivamente solemne sobre la crisis del periodismo en la era digital, un enfoque que nunca termina de encontrar un tono estable ni una verdadera identidad dramática.
En este contexto, el único elemento que sostiene realmente la película es Meryl Streep, que regresa a su primer papel protagonista en años y vuelve a imponer su presencia como la icónica Miranda Priestly. Su interpretación conserva el filo característico del personaje, aunque modulada por el paso del tiempo y por un guion que la sitúa deliberadamente en escenarios de incomodidad y desajuste, donde la película encuentra algunos de sus pocos momentos verdaderamente vivos.
Anne Hathaway aporta su habitual carisma y energía, incluso en un personaje que apenas presenta evolución. La actriz introduce matices, gestos y pequeños tics que construyen una Andy más madura, pero el guion la mantiene en un terreno narrativo prácticamente idéntico al de la primera entrega. Esa falta de progresión convierte su arco en una repetición que impide cualquier sensación de verdadero desarrollo dramático. Su subtrama romántica, además, aparece desubicada dentro del conjunto, sin un encaje claro en la estructura general de la película.
El resto del reparto queda igualmente desaprovechado. Stanley Tucci y Emily Blunt carecen de verdadero desarrollo, y en el caso de esta última, su arco final introduce un giro poco orgánico que debilita la coherencia del conjunto. Más llamativo resulta aún el desaprovechamiento de intérpretes como Kenneth Branagh y Lucy Liu, reducidos a personajes sin densidad dramática, prácticamente funcionales dentro de la trama.
Incluso la presencia de Lady Gaga, en un cameo breve, apuntaba a un potencial mayor del que finalmente se explota. Su encuentro con Miranda Priestly funciona como una escena sugerente en lo conceptual, pero demasiado fugaz como para tener un verdadero desarrollo.
La dirección de David Frankel transmite cierta falta de impulso creativo, como si el proyecto respondiera más a la lógica del fan service que a una necesidad real de relectura. El resultado es una película que se apoya constantemente en la nostalgia, pero sin aportar una mirada nueva sobre su propio universo.
En última instancia, la secuela queda atrapada entre el exceso de fidelidad a la original y la incapacidad de actualizar su discurso. El lujo visual, la moda y el despliegue formal siguen presentes, pero la película carece de una verdadera tensión interna. Y aunque la presencia de Meryl Streep sigue siendo magnética, no es suficiente para sostener un conjunto que se percibe más como evocación que como continuación.



MUY GUAY
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