En muy poco tiempo, Rodrigo Sorogoyen ha pasado de ser una de las grandes promesas del cine español a consolidarse como uno de sus nombres más importantes también a nivel internacional. Cannes ha sido uno de los grandes escaparates de esa evolución: si As bestas llegó a la Sección Oficial fuera de concurso, El ser querido supuso un paso más al competir por la Palma de Oro. Un recorrido que confirma la dimensión de un cineasta que ha convertido la tensión y los conflictos humanos en algunas de sus principales señas de identidad.
Sorogoyen ha cimentado buena parte de su carrera junto a Isabel Peña en el terreno del thriller. En El ser querido, ambos se alejan de ese registro para construir un drama íntimo sobre la relación rota entre un padre y una hija. Sin embargo, el cambio de género no implica abandonar por completo su manera de contar. El suspense permanece, pero cambia de naturaleza: ya no depende de una amenaza externa, sino de la necesidad de comprender qué ha ocurrido entre dos personas que llevan demasiado tiempo separadas. El espectador va descubriendo las piezas de esa relación casi como si estuviera resolviendo un misterio.
La película plantea ese juego desde su apertura, con el reencuentro en un restaurante entre el personaje de Javier Bardem, un director de cine de prestigio, y su hija, interpretada por Victoria Luengo, una actriz cuya carrera atraviesa un momento complicado. Él le ofrece un papel en su nueva película, pero también encuentra en ese proyecto una vía para volver a acercarse a ella. La escena funciona porque Sorogoyen no necesita artificios para generar electricidad entre ambos: un diálogo intenso y una sucesión de primeros planos bastan para que percibamos inmediatamente que detrás de esas palabras existe una historia mucho más compleja.
Y es en ese duelo entre Javier Bardem y Victoria Luengo donde la película alcanza sus mejores momentos. Da muchísimo gusto encontrarse con un film en el que sus dos protagonistas se dan la réplica de tú a tú, sin que ninguno quede relegado a un segundo plano. Bardem compone a un director agresivo, arrollador y, por momentos, incómodo de soportar, alguien cuya forma de relacionarse profesionalmente parece contaminar inevitablemente su vínculo con su propia hija.
Las primeras reacciones tras Cannes han destacado especialmente el trabajo de Bardem, y con razón. Pero yo me voy con Victoria Luengo. Su personaje tiene un arco dramático especialmente interesante y la actriz consigue acompañar cada transformación con una enorme naturalidad. Lo más estimulante de su interpretación es cómo consigue que entendamos a una mujer marcada por una relación familiar que todavía condiciona su presente, mientras intenta encontrar su propia voz. Si Bardem domina la pantalla desde la fuerza, Luengo lo hace desde una evolución mucho más silenciosa y compleja.
El rodaje de la película dentro de la película se convierte, además, en un elemento fundamental de la propuesta. Sorogoyen lo utiliza como un reflejo de aquello que sucede entre padre e hija: el cine se convierte en el espacio donde sus conflictos vuelven a emerger. El sonido, la puesta en escena y los cambios de fotografía participan de ese juego y, cuando están bien integrados, consiguen que lo que ocurre durante el rodaje dialogue directamente con las emociones de los personajes.
Es ahí donde también aparece mi principal reparo. En determinados momentos, Sorogoyen se hace demasiado visible como realizador y algunos recursos terminan resultando artificiosos y excesivamente subrayados. El uso de la fotografía en blanco y negro es quizá el ejemplo más evidente: puede potenciar determinadas escenas, pero en otras insiste sobre emociones que ya han quedado suficientemente claras. La película es más poderosa cuando confía en sus personajes que cuando intenta decirnos cómo debemos interpretar lo que sienten.
También resulta inevitable comparar El ser querido con Sentimental Value, de Joachim Trier. Ambas películas encuentran en el cine y en un rodaje un espacio para explorar las relaciones familiares, pero parten de lugares muy diferentes. Si Trier convierte el rodaje en un territorio balsámico, casi reconciliador, Sorogoyen lo transforma en un campo de batalla emocional. Aquí hacer una película no sirve para curar las heridas, sino para ponerlas de nuevo sobre la mesa.
Con El ser querido, Sorogoyen se afianza definitivamente tanto en el panorama nacional como en el internacional. Y deja, además, dos interpretaciones enormes de Javier Bardem y Victoria Luengo que deberían tener un recorrido importante en la temporada de premios. Por el nivel de ambos trabajos, sería extraño que no acabaran ganando el Goya.
No estamos, por tanto, ante una película completamente redonda. Su director, en ocasiones, parece confiar más en sus recursos formales que en la fuerza que ya poseen sus personajes. Pero cuando lo hace, cuando deja que Bardem y Luengo se enfrenten, que el diálogo avance y que el pasado vaya apareciendo poco a poco, El ser querido alcanza una intensidad extraordinaria.
Porque, en el fondo, Sorogoyen ha hecho algo coherente con toda su filmografía: ha trasladado el suspense de la amenaza a la emoción. Aquí el misterio no consiste en descubrir qué va a ocurrir, sino en comprender cómo se han ido acumulando esas heridas entre padre e hija y cómo, al volver a encontrarse, vuelven a quedar completamente abiertas. Y cuando la película consigue que esas heridas hablen por sí solas, es cuando realmente vuela.


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