miércoles, 19 de agosto de 2026

The End of Oak Street: La América suburbana contra los dinosaurios

 En 1993, Spielberg despertó en muchos niños la dinomanía con el estreno de la impresionante Jurassic Park. Y no fue solo una película: merchandising, cromos, juguetes… Los niños, y no tan niños, soñaban con los dinosaurios y, lo que era aún mejor, soñaban con que algún día pudieran estar entre nosotros.

Más de treinta años después, aquella dinomanía no ha desaparecido. El legado de aquella película dio lugar a numerosas secuelas y sagas jurásicas, además de otros títulos que intentaron aprovechar aquella fascinación. Pero The End of Oak Street parece querer llevarla un paso más allá.

David Robert Mitchell, director de autor que debutó con It Follows, recupera esa fascinación por los dinosaurios, pero también el espíritu del cine de Amblin de los años 80: lo sobrenatural, la fantasía y la irrupción de lo extraordinario en la vida cotidiana. Un misterioso fenómeno cósmico lleva a la familia Platt hasta la era jurásica justo cuando atraviesan un proceso de separación. Obligados a sobrevivir juntos en un mundo dominado por dinosaurios, aquello que parecía una pesadilla terminará convirtiéndose también en una oportunidad para volver a encontrarse.

Y si algo funciona especialmente bien es la dirección de Mitchell. Desde las primeras imágenes construye un barrio residencial aparentemente idílico, con ese aspecto de la América suburbana de los 80 donde parece que nada malo puede suceder. Sin embargo, pronto descubrimos que bajo esa fachada de felicidad también existen grietas y problemas familiares.

La aparición de los dinosaurios rompe definitivamente esa sensación de seguridad. Mitchell no explica completamente el fenómeno, y quizá ahí esté parte de su encanto. Los dinosaurios pueden interpretarse como una metáfora de lo imprevisible: por mucho que tengas una casa bonita, una familia y una vida aparentemente perfecta, nada garantiza que estés a salvo. Algo puede irrumpir en cualquier momento y destruir esa normalidad.

El reparto funciona especialmente bien. Anne Hathaway sobresale como una madre de familia con mucha más iniciativa y fortaleza que el personaje de Ewan McGregor, un padre hundido e inseguro. El contraste entre ambos alimenta tanto el conflicto matrimonial como la supervivencia. Los hijos, además, aportan una naturalidad que evita que parezcan simples piezas de la historia.

En el apartado técnico destacan especialmente la fotografía y la banda sonora de Michael Giacchino, estrechamente ligado al universo de los dinosaurios tras poner música a la saga Jurassic World. Aquí recupera ese espíritu aventurero y espectacular, aunque pasado por un filtro más sombrío. Mitchell demuestra conocer perfectamente ese cine de Amblin que parece homenajear, pero no se limita a copiarlo: lo transforma en algo más extraño y adulto.

La lástima es que todo ese trabajo termine desembocando en un desenlace algo irregular, con decisiones que no terminan de encajar con la coherencia que la película había construido. Aun así, cuesta enfadarse demasiado con ella. Después de todo, ¿quién necesita demasiada coherencia cuando unos dinosaurios están campando a sus anchas por un barrio residencial?



sábado, 1 de agosto de 2026

Bwana y Taxi: las dos películas que vieron antes que nadie la España que estaba por llegar

 Las imágenes que llegan estos días desde Ceuta, el aumento de los discursos xenófobos y la creciente presencia de la extrema derecha en el debate público evidencian que el odio hacia el diferente ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en una preocupación de primer orden en buena parte de Europa. El cine, sin embargo, ya había advertido hace décadas de esa deriva.

En 1996, dos películas españolas coincidieron en la Sección Oficial del Festival de San Sebastián compitiendo por la Concha de Oro. Bwana, de Imanol Uribe, que terminaría alzándose con el máximo galardón, y Taxi, de Carlos Saura, abordaban desde perspectivas muy distintas un mismo asunto: el racismo, la xenofobia y el crecimiento de una violencia ultraderechista que entonces muchos consideraban exagerada o residual. Vista desde el presente, aquella coincidencia resulta casi premonitoria.

Adaptación de la obra teatral de Ignacio del Moral, Bwana parte de una situación cotidiana: una familia de clase media viaja a las playas de Almería para pasar un tranquilo día pescando coquinas. Lo que comienza como un relato costumbrista, salpicado incluso de momentos de humor, se transforma progresivamente en un drama de enorme tensión cuando sus protagonistas se cruzan con un inmigrante africano recién llegado en patera tras perder a un compañero durante la travesía y, poco después, con un grupo de jóvenes neonazis.

El gran acierto del guion de Uribe e Ignacio del Moral reside en convertir ese encuentro casual en una radiografía moral de la sociedad española. La violencia nunca surge de forma repentina; antes aparecen el miedo, los prejuicios, la incomodidad y el silencio. El desenlace, en el que la familia termina abandonando a su suerte al inmigrante para protegerse a sí misma, sigue siendo uno de los finales más incómodos del cine español contemporáneo. No juzga al espectador: lo obliga a preguntarse qué habría hecho él.

Esa reflexión no tendría la misma fuerza sin el extraordinario trabajo de Andrés Pajares y María Barranco, magníficos en la evolución emocional de sus personajes y, sorprendentemente, olvidados por los Premios Goya. Junto a ellos, el debutante Emilio Buale aporta una interpretación llena de humanidad que convierte a su personaje en el auténtico centro moral del relato.

Si Bwana analiza el racismo cotidiano y los prejuicios de la gente corriente, Taxi lleva esa reflexión un paso más allá. Carlos Saura utiliza el thriller urbano para mostrar cómo el odio deja de ser una actitud individual y se convierte en una estructura organizada. Un grupo de taxistas, unidos por una ideología fascista, decide "limpiar" las calles de Madrid de inmigrantes, personas sin hogar, drogodependientes y homosexuales.

La historia se articula a través de Paz, una joven que comienza a trabajar como taxista junto a su padre sin sospechar que este forma parte de esa organización. A medida que descubre la verdad, el espectador también se adentra en un universo donde el fanatismo se oculta tras una apariencia de absoluta normalidad.

Saura no edulcora la violencia. Desde sus primeras secuencias asistimos al asesinato de una joven drogodependiente o al intento de incendiar un asentamiento de inmigrantes. Son escenas de enorme dureza que siguen provocando desasosiego porque el director entiende que el fascismo no puede representarse desde la complacencia.

Sin embargo, Taxi también deja espacio para la esperanza. La relación entre Paz y Daniel simboliza la posibilidad de romper con el odio heredado. La inolvidable escena de ambos en la fuente, fotografiada con la elegancia característica de Vittorio Storaro, encuentra un instante de belleza en medio de un relato dominado por la oscuridad. La química entre Ingrid Rubio y Carlos Fuentes dota a esa historia de amor de una sinceridad que equilibra la dureza del conjunto.

Resulta sorprendente comprobar que ambas películas fueran recibidas con cierta frialdad e incluso consideradas obras menores dentro de las trayectorias de Uribe y Saura. Quizá porque muchos pensaron que describían una España que no existía. El tiempo, sin embargo, ha terminado dándoles la razón.

Tres décadas después, Bwana y Taxi no parecen películas ancladas en los años noventa, sino obras que dialogan con el presente. La normalización de los discursos de odio, el señalamiento del inmigrante como enemigo, el resurgir de organizaciones ultras o la violencia contra quienes son diferentes por su origen, su orientación sexual o su forma de vida forman parte de una realidad que ambos cineastas supieron identificar cuando todavía pocos querían verla.

El cine no tiene la capacidad de predecir el futuro, pero sí la de observar con lucidez el presente. Uribe y Saura entendieron que bajo la aparente normalidad de la España de mediados de los noventa comenzaban a gestarse tensiones que, con el paso de los años, no harían sino intensificarse. Por eso Bwana y Taxi no solo resisten el paso del tiempo: hoy se revelan como dos de las películas españolas más necesarias para comprender el país que fuimos y, sobre todo, el país en el que vivimos.

sábado, 25 de julio de 2026

Sandra Bullock cumple 62 años: la estrella que Hollywood tardó demasiado en reconocer

 Pocas actrices han mantenido una relación tan peculiar con Hollywood como Sandra Bullock. Mientras el público la convirtió en una estrella desde mediados de los noventa, la industria tardó casi dos décadas en concederle el prestigio que llevaba años demostrando. Hoy, cuando cumple 62 años, su carrera se entiende como una de las más singulares del cine comercial estadounidense: una actriz capaz de conquistar la taquilla, sobrevivir a los fracasos y terminar levantando un Oscar sin perder nunca el cariño de los espectadores.

Se cuenta en los mentideros de Hollywood que durante el rodaje de Speed todos los que estaban delante y detrás de las cámaras tenían la sensación de estar presenciando el nacimiento de una estrella. El director Jan de Bont tuvo que insistir para convencer al estudio de que Sandra Bullock era la actriz adecuada para interpretar a Annie Porter, frente a una Julia Roberts que partía como favorita. «Nadie se habría creído a Julia Roberts conduciendo un autobús», llegó a decir. El tiempo le dio la razón.

Speed la convirtió en una estrella de la noche a la mañana y Mientras dormías confirmó que Hollywood había encontrado a una actriz diferente. Mientras otras intérpretes de los noventa construían personajes sofisticados e inalcanzables, Bullock conquistó al público interpretando mujeres corrientes, imperfectas y llenas de humanidad.

La premisa de Mientras dormías resulta casi absurda si se cuenta fríamente: una taquillera del metro salva a un desconocido de morir arrollado por un tren y acaba haciéndose pasar por su prometida mientras él permanece en coma. Sobre el papel parece un thriller. En pantalla, gracias a Bullock, se convierte en una de las comedias románticas más entrañables de los noventa. Ahí nació la gran "Novia de América". No porque interpretara historias de amor, sino porque daba la sensación de ser alguien a quien cualquiera podía conocer.

Hollywood quiso convertirla muy pronto en una actriz de prestigio. La oportunidad llegó con En el amor y en la guerra, dirigida por Richard Attenborough. Parecía el drama perfecto para iniciar una carrera hacia los premios, pero la película fue un fracaso. Después llegaron decisiones discutibles, entre ellas Speed 2, mientras Keanu Reeves abandonaba el proyecto antes del rodaje.

Sin embargo, ocurrió algo curioso: aunque algunos de sus títulos no funcionaban en taquilla, el público nunca dejó de respaldarla. Sus películas encontraban una segunda vida en el mercado doméstico y Bullock seguía siendo una de las actrices más queridas de Hollywood.

Quizá la crítica nunca supo muy bien cómo enfrentarse a ella. Era demasiado estrella para el cine de autor y demasiado actriz para ser considerada únicamente una reina de la taquilla. Durante años se repitieron comentarios injustos sobre su físico, su voz o su supuesto limitado registro interpretativo.

Y, sin embargo, Bullock llevaba tiempo intentando demostrar lo contrario. Fue la mujer abandonada que regresaba a su pueblo en Siempre queda el amor, la escritora alcohólica de 28 días o la excéntrica protagonista de Las fuerzas de la naturaleza. Cambiaban los personajes, pero muchos seguían viendo siempre a la misma actriz.

Entonces apareció Miss Agente Especial.

Gracie Hart, aquella agente del FBI torpe, desaliñada y obligada a infiltrarse en un concurso de belleza, devolvió a Bullock a lo más alto de la taquilla. La película fue un éxito enorme y le dio una segunda nominación al Globo de Oro.

Pero Miss Agente Especial también dejó al descubierto una de las mayores virtudes de Sandra Bullock. Muy pocas actrices consiguen mejorar el material que tienen entre manos. Ella nunca necesitó el mejor guion para conectar con el espectador. Bastaba una mirada, un gesto o una réplica dicha con naturalidad para convertir personajes aparentemente sencillos en inolvidables.

Lejos de acomodarse, decidió buscar otros caminos. Participó en Crash, ganadora del Oscar a la Mejor Película; dejó algunas de las mejores críticas de su carrera con Infamous y realizó un pequeño papel en Loverboy, la ópera prima de Kevin Bacon como director. Eran trabajos que demostraban que detrás de la estrella había una actriz mucho más versátil de lo que muchos estaban dispuestos a reconocer.

Después volvió a parar. Regresó a clases de interpretación y se replanteó su carrera.

No imaginaba que 2009 cambiaría para siempre su lugar en Hollywood.

Si 2009 definió la carrera de Sandra Bullock fue porque condensó en apenas unos meses todas sus contradicciones.

Primero llegó La proposición. Compartiendo pantalla con Ryan Reynolds, regresó a la comedia romántica interpretando a Margaret Tate, una editora brillante, autoritaria y con un punto de villana. Era un personaje muy alejado de las heroínas dulces que la habían convertido en la Novia de América y, precisamente por eso, funcionó. La película fue un éxito mundial y demostró que, quince años después de Speed, Bullock seguía siendo una de las pocas actrices capaces de llenar salas con su solo nombre.

Poco después estrenó Loca obsesión, quizá el mayor tropiezo de toda su carrera. Interpretaba a Mary Horowitz, una crucigramista brillante, excéntrica y obsesionada con un cámara de televisión tras una única cita. La película fue destrozada por la crítica y rechazada por el público. Durante unos meses pareció que todos los viejos prejuicios hacia Bullock regresaban de golpe.

Pero entonces llegó The Blind Side.

Interpretando a Leigh Anne Tuohy encontró el personaje que llevaba años esperando. La película ha sido revisada con el tiempo por la polémica que rodeó a la historia real en la que se inspiraba, pero hay algo que apenas se discute: la interpretación de Bullock. Incluso quienes eran más críticos con la película reconocían que ella estaba por encima del material.

La temporada de premios dejó una de las imágenes más insólitas que se recuerdan. Un día antes de ganar el Oscar acudió personalmente a recoger el Razzie a la peor actriz por Loca obsesión, riéndose de sí misma y repartiendo DVD de la película entre los asistentes. Veinticuatro horas después levantaba el Oscar a la Mejor Actriz.

Nadie había resumido mejor las contradicciones de su carrera.

Al recoger la estatuilla prometió que intentaría ser merecedora de aquel premio. Era una frase profundamente sincera. Incluso en el momento más importante de su vida profesional seguía mostrando la humildad que siempre la había caracterizado.

Pero el Oscar no cambió a Sandra Bullock.

Cambió la forma en la que Hollywood decidió mirarla.

Después llegarían Tan fuerte, tan cerca, nominada al Oscar a la Mejor Película, y, sobre todo, Gravity. La película de Alfonso Cuarón supuso una segunda consagración. Durante buena parte del metraje la cámara descansaba únicamente sobre ella y Bullock sostenía el peso emocional de la historia con una interpretación llena de vulnerabilidad y fuerza. Su segunda nominación al Oscar confirmó algo que muchos espectadores sabían desde hacía años: detrás de la estrella siempre había existido una gran actriz.

Quizá esa sea la mayor injusticia que Hollywood cometió con Sandra Bullock. Ella nunca cambió. Siempre tuvo el mismo talento, el mismo carisma y la misma capacidad para emocionar. Lo único que cambió fue la manera en la que la industria decidió observarla.

Y tampoco conviene olvidar otro detalle. Durante más de una década fue una de las pocas mujeres capaces de abrir una película únicamente con su nombre. En una industria dominada por grandes franquicias y héroes masculinos, Bullock demostró que una actriz podía liderar comedias románticas, thrillers, dramas o películas de ciencia ficción con el mismo éxito.

Ese ha sido siempre su verdadero superpoder: conectar con el público.

Nunca interpretó a mujeres perfectas. Interpretó a mujeres reconocibles. Personajes que se equivocaban, se caían, dudaban, hacían el ridículo y seguían adelante. Quizá por eso millones de espectadores sintieron que crecían con ella.

En 2022 decidió hacer un alto en su carrera por motivos personales. Ahora prepara su regreso con Prácticamente magia 2, la esperada secuela del clásico que protagonizó junto a Nicole Kidman. Probablemente no sea una película pensada para los premios, pero sí una oportunidad para reencontrarse con un personaje muy querido y, sobre todo, con un público que nunca dejó de acompañarla.

Se cuenta que durante el rodaje de Speed todos sabían que estaban viendo nacer una estrella.

Treinta y dos años después ya no hace falta repetir aquella historia.

Sandra Bullock no solo se convirtió en una estrella. Se convirtió en una de las últimas grandes actrices capaces de llenar salas, emocionar al público y sobrevivir a los cambios de Hollywood sin perder aquello que siempre la hizo especial: su cercanía.

Quizá la industria tardó demasiado en reconocerlo.

Los espectadores, en cambio, lo tuvieron claro desde el primer día. Y ese, probablemente, sea el mayor premio que puede recibir una estrella de cine.


sábado, 18 de julio de 2026

La Odisea: El largo regreso a Ítaca

 Tras alzarse con el Oscar por Oppenheimer, muchos estábamos esperando cuál sería la próxima película de Christopher Nolan. El anuncio de que adaptaría La Odisea, el poema épico atribuido a Homero y una de las obras más influyentes de la literatura universal, hizo que tanto sus seguidores como sus detractores afilaran los cuchillos desde el primer momento. Escrita hace casi tres mil años, narra el largo y tortuoso viaje de Odiseo (Ulises) de regreso a Ítaca tras la guerra de Troya, un periplo de monstruos, dioses, tentaciones y desafíos cuya influencia ha trascendido la literatura para impregnar el cine, el teatro, la música y el arte.

Pocos cineastas despiertan pasiones tan desmedidas como Christopher Nolan. Hay quienes veneran su capacidad para convertir cada película en un acontecimiento cinematográfico y quienes lo consideran uno de los cineastas más influyentes de las últimas décadas. Otros, en cambio, creen que su espectacular imaginario visual termina eclipsando el desarrollo de sus personajes y la emoción de sus historias. Sea cual sea la postura, cada nuevo proyecto suyo se convierte en un acontecimiento.

Tras un rodaje seguido con enorme expectación, las inevitables polémicas y un reparto repleto de estrellas, llega el momento de descubrir si Nolan ha conseguido estar a la altura de uno de los relatos más influyentes jamás escritos. 

Aunque La Odisea supone la primera adaptación directa de Homero en la filmografía de Christopher Nolan, lo cierto es que su cine llevaba años dialogando con muchos de los temas que atraviesan el poema. Resulta difícil no pensar en Interstellar, donde el viaje de Cooper nace del deseo irrenunciable de regresar junto a su familia; en Oppenheimer, donde el director explora las cicatrices morales que deja la guerra; o en la trilogía de The Dark Knight, protagonizada por un héroe marcado por el sacrificio y el peso de sus decisiones.

Por eso La Odisea no se siente como un cambio de rumbo, sino como la culminación natural de las grandes obsesiones de Nolan. El tiempo, la culpa, la familia, el sacrificio, el coste de la guerra y la búsqueda de redención recorren toda su filmografía. Más que enfrentarse a un clásico, el director parece reencontrarse con el origen de las historias que lleva años contando.

Lo más admirable es que Nolan no intenta modernizar el poema ni reducirlo a un simple espectáculo. Respeta la esencia de Homero, pero la filtra a través de su propia mirada. La épica nunca se impone a los personajes; al contrario, sirve para profundizar en ellos. El verdadero conflicto de Odiseo no consiste en derrotar monstruos o desafiar a los dioses, sino en descubrir si aún es posible regresar a casa siendo el mismo hombre que un día partió hacia la guerra.

Visualmente, Nolan vuelve a demostrar un talento extraordinario para construir imágenes imborrables. Abraza sin complejos la dimensión fantástica del poema y convierte el viaje de Odiseo en un espectáculo de enorme fuerza visual. Sin embargo, esa misma ambición encuentra su principal obstáculo en un montaje demasiado acelerado. Las escenas se suceden con tanta rapidez que, en determinados momentos, la emoción apenas tiene tiempo para asentarse. Es uno de los pocos reproches que pueden hacerse a una película que, por momentos, parece tener demasiada prisa por llegar a su siguiente gran secuencia.

En el apartado técnico, la película roza la excelencia. Todos los departamentos trabajan de forma orgánica para construir un universo tan gigantesco como inmersivo. Los efectos visuales resultan apabullantes sin eclipsar jamás el relato; la fotografía de Hoyte van Hoytema alterna con brillantez la oscuridad y la luminosidad de cada escenario, reforzando el tono mítico de la historia; y Ludwig Göransson firma una banda sonora poderosa, inquietante y profundamente emocional.

Mención especial merece el extraordinario diseño de sonido. Cada embestida de una ola, el silbido de una flecha o el rugido del viento poseen una fuerza y una nitidez sobresalientes, convirtiendo La Odisea en una experiencia todavía más inmersiva y recordándonos que es una de esas películas concebidas para disfrutarse en una sala de cine.

El reparto funciona con una precisión admirable. Aunque muchos intérpretes apenas disponen de unos minutos en pantalla, Christopher Nolan sabe conceder a cada uno su momento. Samantha Morton vuelve a demostrar, con apenas un par de escenas, por qué sigue siendo una de las actrices más extraordinarias de su generación.

Matt Damon construye un Odiseo contenido, agotado y profundamente humano. Más que un héroe invencible, interpreta a un hombre consumido por el peso de la guerra y por el deseo de regresar junto a los suyos. Esa contención interpretativa puede transmitir cierta frialdad en algunos pasajes, aunque también dota al personaje de una humanidad profundamente creíble.

Si Damon representa el viaje, Anne Hathaway y Tom Holland representan aquello que da sentido a ese viaje. Hathaway compone una Penélope de enorme fortaleza emocional, cuya espera se convierte en un acto de resistencia. Holland, como Telémaco, aporta la rabia, la incertidumbre y la esperanza de un hijo que solo desea recuperar a su padre. Ambos recuerdan constantemente que el verdadero destino de Odiseo no es Ítaca, sino su familia.

Adaptar La Odisea nunca fue una tarea sencilla. No solo por el peso de una obra que ha marcado la historia de la literatura durante casi tres mil años, sino porque cualquier intento de trasladarla al cine estaba condenado a ser comparado con el mito que representa. Christopher Nolan no rehúye ese desafío; lo convierte en una película profundamente personal.

Más allá de su espectacularidad, la película propone una lectura profundamente antibelicista. La guerra no aparece como un escenario de gloria, sino como una herida que continúa abierta mucho después de que termine el conflicto. Las cicatrices físicas y emocionales, la culpa, la pérdida y el anhelo de regresar a un hogar que ya nunca será el mismo atraviesan toda la narración.

Su montaje, en ocasiones demasiado acelerado, resta profundidad a determinados pasajes y no siempre permite que la emoción madure con la calma necesaria. Aun así, cuando Nolan encuentra el espacio para detenerse en sus personajes, demuestra que la verdadera fuerza de la película no reside en la espectacularidad, sino en la humanidad de quienes luchan por volver a casa.

Porque, al final, La Odisea no trata de monstruos, dioses ni batallas. Trata de las heridas que deja la guerra, de una familia rota que lucha por volver a reunirse y de un hombre que ya no sabe si el hogar que busca sigue existiendo. Christopher Nolan ha comprendido la verdadera esencia del poema de Homero y la transforma en una obra de una ambición descomunal, tan espectacular como profundamente humana.

Casi tres mil años después de que Homero la escribiera, La Odisea sigue recordándonos que el viaje más difícil nunca es cruzar mares ni derrotar monstruos, sino encontrar el camino de vuelta a casa. Y esa es, quizá, la mayor victoria de Christopher Nolan: demostrar que los grandes mitos nunca envejecen cuando se cuentan con convicción, sensibilidad y una mirada capaz de hacerlos eternamente contemporáneos.



lunes, 13 de julio de 2026

Mejor Actriz: Cannes marca el camino, pero la carrera por el Oscar está lejos de decidirse

 La temporada de premios apenas ha comenzado, pero la categoría de Mejor Actriz ya empieza a perfilar sus primeras protagonistas. Con Cannes en el retrovisor, varios de los títulos más esperados del verano ya estrenados y los festivales de Venecia, Telluride, Toronto y San Sebastián todavía por celebrarse, la carrera reúne desde ganadoras del Oscar hasta nuevas estrellas, pasando por el prestigio del cine europeo y el creciente peso del cine de género.

Si Cannes dejó una conclusión clara, es que Europa vuelve a llegar con fuerza. Renate Reinsve emerge como una de las grandes favoritas tras el triunfo de Fjord, Palma de Oro del festival. La actriz noruega lidera un intenso drama familiar que confirma que su reciente nominación al Oscar no fue casualidad.

A su lado aparece Sandra Hüller, que vuelve a firmar una de las interpretaciones más comentadas del año con Fatherland, donde interpreta a Erika Mann, hija del escritor Thomas Mann, en un drama ambientado en la Alemania de posguerra. Pero la alemana juega con una baza que ninguna otra actriz parece tener esta temporada: también protagoniza Rose, donde da vida a una mujer obligada a ocultar su identidad para sobrevivir, un papel que ya le valió el premio a la Mejor Actriz en el Festival de Berlín. Si ambas interpretaciones mantienen el respaldo de la crítica, el nuevo reglamento de la Academia hace que una hipotética doble nominación, aunque muy improbable, ya no parezca imposible.

La tercera gran representante del cine europeo es Virginie Efira, premiada como Mejor Actriz en Cannes por Soudain (All of a Sudden), la nueva película de Ryusuke Hamaguchi. En ella interpreta a la directora de una residencia cuya vida cambia tras entablar una inesperada amistad con una directora de teatro japonesa enferma de cáncer, una interpretación que la sitúa de lleno en la conversación.

Hollywood responde con dos actrices que ya saben lo que significa ganar un Oscar. Julianne Moore protagoniza The Debut, de Jesse Eisenberg, donde da vida a una mujer tímida que encuentra una inesperada transformación a través del teatro comunitario. Por su parte, Mikey Madison buscará regresar a la categoría con la secuela de La red social, uno de los proyectos más esperados de la temporada.

Sin embargo, la carrera podría cambiar por completo en apenas unas semanas. Toronto suele descubrir a una de las grandes protagonistas de la temporada y este año todas las miradas apuntan hacia Ruth Madeley, protagonista de Being Heumann, el esperado regreso de Siân Heder (CODA). Madeley interpreta a la legendaria activista Judy Heumann, una de las figuras más importantes en la lucha por los derechos de las personas con discapacidad, en un papel con todos los ingredientes que suelen enamorar a la Academia.

También llegará Cynthia Erivo con Prima Facie, adaptación cinematográfica de la exitosa obra teatral que convirtió a Jodie Comer en una de las intérpretes más premiadas de los últimos años. Erivo interpreta a una brillante abogada cuya vida cambia radicalmente tras convertirse ella misma en víctima de una agresión sexual. Su principal obstáculo, por ahora, no parece estar en la interpretación, sino en que la película sigue sin distribución en Estados Unidos, un aspecto que podría complicar una futura campaña al Oscar.

Otro de los focos de interés estará en comprobar hasta qué punto la Academia sigue abrazando el cine de género. Emily Blunt competirá con Disclosure Day, la nueva película de Steven Spielberg, mientras que Inde Navarrete encabeza Obsession, el fenómeno de terror que ha arrasado en la taquilla. Hace unos años, dos películas como estas apenas habrían entrado en la conversación. Hoy, el panorama parece muy distinto.

La categoría la completan otros nombres que tampoco conviene perder de vista. Olivia Wilde vuelve a ponerse delante y detrás de la cámara con The Invite, remake de la película española del mismo nombre. Michelle Williams, cinco veces nominada al Oscar, intentará ampliar su historial con A Place in Hell, mientras que Daisy Edgar-Jones afronta uno de los papeles más icónicos de la literatura al protagonizar una nueva adaptación de Sentido y sensibilidad. Un personaje con un precedente ilustre: Emma Thompson fue nominada al Oscar por interpretar a Elinor Dashwood en la inolvidable versión de Ang Lee.

Todavía faltan muchas películas por descubrir y los festivales del otoño pueden alterar por completo el panorama. Pero si algo empieza a quedar claro es que la carrera por el Oscar a Mejor Actriz volverá a enfrentar a ganadoras de la estatuilla, favoritas del cine europeo, nuevas estrellas de Hollywood y apuestas tan arriesgadas como estimulantes. Una categoría que, sobre el papel, apunta a ser una de las más apasionantes de la temporada.

domingo, 12 de julio de 2026

'The Invite': el remake hollywoodiense de Cesc Gay que conquista a crítica y público

 No es habitual que el remake de una película española despierte tanta expectación en Hollywood. Sin embargo, The Invite, dirigida por Olivia Wilde, se ha convertido en una de las sorpresas cinematográficas del verano. La cinta adapta Sentimental (2020), la película de Cesc Gay basada en su exitosa obra de teatro Los vecinos de arriba. La versión original estaba protagonizada por Javier Cámara, Griselda Siciliani, Belén Cuesta y Alberto San Juan, mientras que esta nueva adaptación reúne a Seth Rogen, Olivia Wilde, Penélope Cruz y Edward Norton.

La historia sigue a un matrimonio cuya relación atraviesa una profunda crisis. Todo cambia cuando invitan a cenar a sus vecinos, una pareja mucho más desinhibida que termina proponiéndoles explorar nuevos límites en su vida sentimental y sexual. Lo que comienza como una velada aparentemente inofensiva acaba convirtiéndose en una comedia inteligente, provocadora y llena de diálogos afilados que reflexiona sobre el deseo, la monogamia y las relaciones de pareja.

La apuesta de Olivia Wilde ha conectado tanto con la crítica como con el público. Los elogios destacan la frescura del guion, la química entre sus protagonistas y el equilibrio entre el humor, la tensión y la emoción, consolidándola como una de las comedias para adultos mejor recibidas del año.

A24 apostó por un estreno limitado en Estados Unidos, una estrategia habitual para generar conversación entre los espectadores. La respuesta fue tan positiva que la distribuidora amplió rápidamente el número de salas, impulsada por un excelente boca a boca que ha convertido a The Invite en uno de los títulos más comentados del verano.

Ese entusiasmo ya empieza a trasladarse a la carrera por los Oscar. Aunque todavía faltan meses para conocer las nominaciones, la película figura en numerosas quinielas, especialmente en la categoría de Mejor Guion Adaptado. Tampoco se descartan opciones en Mejor Película, Mejor Dirección para Olivia Wilde y en las categorías interpretativas para Penélope Cruz y Edward Norton, si logra mantener el respaldo de la crítica y la industria durante la temporada de premios.

El éxito internacional de Sentimental tampoco es una casualidad. La historia creada por Cesc Gay ha traspasado fronteras y ya ha sido adaptada en países como Italia, Francia, Suiza y Corea del Sur, a los que ahora se suma Estados Unidos. Un recorrido que confirma el atractivo universal de una historia capaz de conectar con espectadores de culturas muy diferentes y que, con The Invite, parece haber encontrado su adaptación más ambiciosa hasta la fecha.



lunes, 6 de julio de 2026

Primeras reacciones a The Odyssey: Christopher Nolan irrumpe con fuerza en la carrera por los Oscars tras su premiere en Londres

 La carrera por los Oscars acaba de sumar a uno de sus primeros grandes protagonistas. Las primeras reacciones de periodistas y asistentes tras la premiere mundial de The Odyssey en Londres no pueden ser más entusiastas. La nueva película de Christopher Nolan está siendo descrita como una epopeya monumental que combina una escala colosal con una gran carga emocional. Aunque todavía es pronto para sacar conclusiones, el consenso inicial ya la sitúa como una de las primeras grandes aspirantes de la próxima temporada de premios.

The Odyssey adapta La Odisea, el célebre poema épico de Homero, considerado una de las obras más influyentes de la literatura universal. La historia sigue el largo viaje de Odiseo, rey de Ítaca, que tras el final de la Guerra de Troya emprende un peligroso regreso a casa. En su travesía deberá enfrentarse a criaturas mitológicas, la ira de los dioses y todo tipo de desafíos mientras lucha por reencontrarse con su esposa, Penélope, y su hijo, Telémaco.

La dirección de Nolan es el aspecto más celebrado. Las primeras impresiones destacan una puesta en escena de enorme ambición, un espectacular uso de las nuevas cámaras IMAX y algunas de las secuencias más impresionantes de toda su filmografía. Varios asistentes incluso comparan la experiencia con clásicos como Lawrence of Arabia o Seven Samurai, subrayando la capacidad del director para combinar espectáculo, emoción y una historia profundamente humana.

En el apartado interpretativo, Matt Damon emerge como el gran protagonista de las primeras reacciones. Su trabajo como Odiseo está siendo descrito como una de las mejores interpretaciones de su carrera, lo que lo convierte desde ya en un nombre a seguir en la conversación por el Oscar a Mejor Actor. Anne Hathaway también recibe excelentes críticas por su interpretación de Penélope y comienza a perfilarse como una seria aspirante en Actriz de Reparto. Entre los secundarios, Robert Pattinson es otro de los nombres que más se repiten y ya aparece en las primeras quinielas para Actor de Reparto. Tom Holland, John Leguizamo, Himesh Patel y Samantha Morton completan un reparto ampliamente elogiado.

El apartado técnico tampoco pasa desapercibido. La fotografía, el diseño sonoro y la banda sonora de Ludwig Göransson están siendo destacados de forma recurrente, al igual que el compromiso de Nolan con el rodaje en IMAX y los efectos prácticos. Todo ello convierte a The Odyssey en una de las primeras películas que empiezan a sonar con fuerza en categorías como Fotografía, Sonido, Banda Sonora, Montaje, Efectos Visuales, Dirección y Mejor Película.

Todavía quedan meses para que la temporada de premios tome forma y llegarán numerosos títulos que podrían alterar el panorama. Sin embargo, si el entusiasmo generado tras su estreno en Londres se mantiene cuando se publiquen las críticas completas y llegue su estreno comercial, The Odyssey tiene todos los ingredientes para convertirse en una de las grandes protagonistas de la próxima carrera por los Oscars.

¿Puede Michael sobrevivir a las malas críticas en la carrera al Oscar?

 Las primeras críticas de Michael estuvieron muy lejos del entusiasmo que muchos esperaban. El esperado biopic sobre Michael Jackson, dirigido por Antoine Fuqua, ha dividido a la prensa especializada, que ha cuestionado tanto algunos aspectos de su ejecución como la forma en que aborda los episodios más controvertidos de la vida del artista. Su producción tampoco estuvo exenta de dificultades, con cambios en el guion y una notable controversia por cómo tratar las acusaciones de abuso sexual contra Jackson.

Sin embargo, la conversación en torno a la película no termina en las reseñas. Michael ha sido un enorme éxito de taquilla, convirtiéndose en uno de los mayores fenómenos comerciales del año. Además, ha encontrado importantes defensores dentro de la industria. Cineastas como Spike Lee han elogiado públicamente la película y la interpretación de Jaafar Jackson ha sido, incluso para muchos críticos que no quedaron convencidos con el conjunto, el aspecto más destacado del filme.

Todo ello plantea una pregunta inevitable: ¿puede una película con malas críticas seguir aspirando a una nominación al Oscar a Mejor Película?

La historia de la Academia demuestra que sí.

Uno de los precedentes más claros es Bohemian Rhapsody. El biopic sobre Freddie Mercury y Queen llegó a la temporada de premios rodeado de críticas muy divididas por su montaje, su estructura narrativa y las licencias tomadas con la historia de la banda. Sin embargo, el público respondió de forma masiva y la Academia también. La película obtuvo cinco nominaciones al Oscar, incluida Mejor Película, y terminó ganando cuatro estatuillas, entre ellas la de Mejor Actor para Rami Malek, cuya interpretación fue ampliamente elogiada incluso por quienes cuestionaban la película.

Las similitudes con Michael van más allá de tratarse de dos biopics musicales sobre iconos de la música. Ambas películas comparten al productor Graham King, las dos llegaron envueltas en un intenso debate crítico y las dos han encontrado en la interpretación de su protagonista uno de sus principales argumentos de prestigio.

Tampoco fue un caso aislado. The Blind Side, basada en la historia real del jugador de la NFL Michael Oher, recibió una acogida discreta por parte de la crítica, pero conectó con el público y con los votantes de la Academia. Acabó consiguiendo dos nominaciones al Oscar, incluida Mejor Película, y convirtió a Sandra Bullock en ganadora del premio a Mejor Actriz.

En 2011, Extremely Loud & Incredibly Close, un drama sobre un niño que intenta superar la muerte de su padre en los atentados del 11 de septiembre, protagonizó una de las mayores sorpresas de la década al lograr una nominación a Mejor Película pese a una recepción crítica muy fría.

Más recientemente, el director Adam McKay ha demostrado que una película puede dividir profundamente a la crítica y, aun así, convencer a la Academia. Vice, un retrato satírico del exvicepresidente Dick Cheney, obtuvo ocho nominaciones al Oscar, incluida Mejor Película. Tres años después, Don't Look Up, una sátira sobre dos científicos que intentan alertar a la humanidad de un cometa que destruirá la Tierra mientras políticos y medios ignoran la amenaza, volvió a polarizar a la crítica y consiguió cuatro nominaciones, entre ellas la de Mejor Película.

Si retrocedemos varias décadas, encontramos precedentes todavía más llamativos. Doctor Dolittle (1967), una superproducción musical sobre un veterinario capaz de hablar con los animales, fue recibida con frialdad por buena parte de la crítica y, pese a ello, consiguió nueve nominaciones al Oscar, incluida la de Mejor Película. Unos años antes, The Greatest Show on Earth (1952), el drama circense dirigido por Cecil B. DeMille, obtuvo cinco nominaciones y terminó ganando el Oscar a Mejor Película. Aunque su recepción inicial fue razonablemente positiva, con el paso del tiempo su prestigio crítico se ha deteriorado hasta convertirla en una de las vencedoras más discutidas de la historia de la Academia.

Por supuesto, ninguno de estos ejemplos garantiza que Michael vaya a repetir ese camino. Las malas críticas siguen siendo un obstáculo importante, especialmente en una temporada competitiva. Pero la historia de los Oscar demuestra que la Academia no siempre coincide con la prensa especializada. La taquilla, el impacto cultural, el respaldo de la industria, una campaña sólida y una interpretación protagonista capaz de entusiasmar a los votantes también forman parte de la ecuación.

Las críticas han complicado el recorrido de Michael, pero no lo han sentenciado. La pregunta ya no es si la película ha dividido a la crítica, sino si conseguirá el mismo respaldo dentro de Hollywood que en su día recibieron Bohemian Rhapsody, The Blind Side o Extremely Loud & Incredibly Close. Como tantas veces ha ocurrido en la historia de los Oscar, la última palabra la tendrá la Academia.

domingo, 28 de junio de 2026

De villanos a protagonistas: Hollywood y la evolución de los personajes LGTBIQ+ en la ficción

 La noche de los Oscar de 1992 fue histórica. El silencio de los corderos se convirtió en la tercera película en conquistar los cinco grandes premios de la Academia: película, dirección, actor, actriz y guion adaptado. Pero, fuera del Dorothy Chandler Pavilion de Los Ángeles, otra historia estaba escribiéndose.

Mientras Hollywood celebraba el triunfo de Jonathan Demme, cientos de activistas LGTBIQ+ protestaban contra una industria que, durante décadas, había retratado a las personas homosexuales y trans desde el miedo, el prejuicio o la caricatura. La crisis del sida seguía golpeando con dureza a la comunidad y el cine comercial insistía en asociar la diversidad sexual con la violencia, la enfermedad o la tragedia.

Las protestas no nacían únicamente por The Silence of the Lambs de Jonathan Demme. Aunque Buffalo Bill es un personaje complejo y discutido en su lectura, numerosas asociaciones señalaron que la película reforzaba una tradición de villanos queer o personajes codificados como “diferentes” y peligrosos. Poco después llegaría Basic Instinct de Paul Verhoeven, cuya protagonista bisexual —una escritora brillante, magnética, inteligente y sexualmente libre, pero también manipuladora y potencialmente letal— volvió a alimentar el debate cultural sobre la representación.

Aquellas manifestaciones marcaron un punto de inflexión. El colectivo ya no estaba dispuesto a aceptar que la única representación posible fuera la del psicópata, el bufón o el personaje condenado a un final trágico. Exigía algo mucho más sencillo: verse reflejado en pantalla como cualquier otra persona.

El cambio empieza a materializarse en los años noventa con Philadelphia de Jonathan Demme en 1993. Tom Hanks interpreta a un abogado despedido tras ser diagnosticado de VIH/sida en una de las primeras grandes producciones de Hollywood que coloca la enfermedad y la discriminación en el centro del relato. Su interpretación le valió el Oscar a mejor actor, y la película supuso un momento clave: por primera vez, el gran público se enfrentaba a una historia LGTBIQ+ sin que esta estuviera reducida al estereotipo o la marginalidad.

A partir de ahí, el cine empieza a abrirse lentamente a nuevas formas de representación, aunque todavía con tensiones evidentes. El gran salto simbólico llega con Brokeback Mountain de Ang Lee en 2005, que sitúa una historia de amor entre dos hombres en el corazón del western, uno de los géneros más profundamente asociados al imaginario de la masculinidad estadounidense.

El impacto cultural fue inmediato: el cowboy, uno de los grandes símbolos del mito americano, aparecía ahora vinculado a una historia de amor entre hombres. Para parte del público y de la industria, aquella combinación resultaba incómoda precisamente por intervenir en uno de los iconos más sólidos del cine estadounidense.

La película se convirtió en fenómeno crítico y dominó la temporada de premios, pero perdió el Oscar a mejor película frente a Crash de Paul Haggis. Aquel resultado sigue siendo uno de los más debatidos de la historia reciente de la Academia. Más allá del premio, el contexto fue interpretado como reflejo de las tensiones culturales del momento y de la dificultad del sistema para coronar sin reservas una historia de amor entre dos hombres en el centro del canon hollywoodiense. Incluso figuras del cine clásico como Clint Eastwood expresaron en su momento ciertas reservas críticas hacia la película, lo que contribuyó a intensificar el debate público en torno a su recepción.

En la década siguiente, la evolución se vuelve más compleja y diversa. Blue Is the Warmest Colour (La vie d’Adèle) de Abdellatif Kechiche, ganadora de la Palma de Oro en Cannes en 2013, fue celebrada por su intensidad emocional y su retrato del deseo entre dos mujeres, aunque también generó debate por la mirada masculina del director y las controversias en torno a su producción.

Unos años antes y después, el cine también empieza a abordar con mayor visibilidad las experiencias trans. Boys Don’t Cry de Kimberly Peirce (1999) marcó un punto clave en este sentido: Hilary Swank interpreta a Brandon Teena, un joven trans cuya historia real terminó en tragedia. Su interpretación le valió el Oscar a mejor actriz, y la película abrió una conversación durísima sobre violencia, identidad y marginalidad.

Más adelante, Transamerica de Duncan Tucker (2005), con Felicity Huffman en el papel de una mujer trans que emprende un viaje inesperado al reencontrarse con su hijo, volvió a poner estas narrativas en el centro del cine independiente estadounidense y del debate cultural.

Unos años después, Carol de Todd Haynes (2015), director abiertamente gay, recupera el melodrama clásico para narrar una historia de amor entre mujeres en la América de los cincuenta. La película fue ampliamente aclamada por su sensibilidad y su construcción estética.

El punto culminante de esta evolución llega con Moonlight de Barry Jenkins en 2016, que gana el Oscar a mejor película en una de las ceremonias más recordadas de la historia reciente. Su victoria simboliza la entrada definitiva de una historia LGTBIQ+ en el centro del canon cinematográfico. Su recepción también generó debate en algunos sectores de la comunidad negra estadounidense, donde se discutieron ciertas representaciones culturales presentes en la película, mostrando que la diversidad de miradas dentro del propio colectivo también forma parte de la conversación.

A partir de ese momento, el cine contemporáneo consolida la presencia de estas narrativas en el centro de Hollywood. Call Me by Your Name de Luca Guadagnino en 2017 explora el deseo desde la memoria y la sensibilidad, mientras Love, Simon de Greg Berlanti en 2018 normaliza la experiencia del coming out dentro de una gran producción adolescente.

De los villanos codificados de décadas pasadas a los protagonistas contemporáneos, la ficción LGTBIQ+ ha recorrido un camino largo, irregular y profundamente político. Pero el cambio más importante no es solo su presencia en pantalla, sino su desplazamiento hacia el centro del relato cinematográfico.

Porque ya no se trata únicamente de existir en la ficción. Se trata de quién mira, desde dónde se mira y qué historias se consideran dignas de ocupar el canon de Hollywood.

viernes, 26 de junio de 2026

España mira a los Oscar: el año más competitivo de su historia reciente

 Hacía años que el cine español no llegaba a la carrera por el Oscar con un panorama tan abierto y, a la vez, tan potente. Tras la histórica presencia de Sirat en la última edición —con nominaciones en Mejor Película Internacional y Mejor Sonido—, la industria española vuelve a colocarse en el centro del mapa de Hollywood con una cosecha que combina autores consagrados, nuevos nombres y propuestas con verdadero potencial de campaña internacional.

La temporada comenzó con un golpe de efecto en el Festival de Cannes. No una, ni dos, sino tres producciones españolas compitieron en la Sección Oficial por la Palma de Oro: El ser querido, de Rodrigo Sorogoyen; Amarga Navidad, de Pedro Almodóvar; y La bola negra, de Los Javis. Su coincidencia en el festival ya era un acontecimiento poco habitual, pero la recepción internacional terminó de consolidar el momento. Especialmente La bola negra, que se convirtió en uno de los títulos más comentados del certamen tras recibir una ovación de veinte minutos y alzarse con el premio a la Mejor Dirección. Desde entonces, su nombre ha permanecido en todas las conversaciones sobre la temporada de premios.

Que tres películas españolas compartieran espacio en Cannes no solo refuerza su prestigio individual, sino que marca un punto de inflexión: la carrera al Oscar ya no depende de un único título fuerte, sino de una competencia interna de alto nivel. En ese contexto, la decisión de la Academia de Cine española será más compleja que en años anteriores.

Habitualmente, la preselección española para los Oscar se compone de tres películas, aunque en ocasiones excepcionales ha llegado a ampliarse a cuatro. Este año, salvo sorpresa, todo apunta a que las tres plazas principales se disputarán entre La bola negra, El ser querido y Amarga Navidad, con Los Domingos como alternativa real si se abre el abanico.

Las candidatas

La bola negra


Parte como la gran favorita. Netflix será la encargada de su distribución en Estados Unidos y planea convertirla en una de sus apuestas clave de la temporada, siguiendo estrategias similares a las de anteriores campañas de éxito. A ello se suma un reparto con nombres de enorme impacto internacional como Glenn Close y Penélope Cruz, además de una historia que combina romance, guerra e identidad en un relato con potencial de conexión emocional global.

Sin embargo, su principal riesgo es interno: su tono y su ambición estética podrían dividir a parte de la Academia española, más conservadora en sus elecciones de lo que a veces se asume.

El ser querido


El nuevo trabajo de Rodrigo Sorogoyen ha sido recibido con respeto crítico y admiración por su ambición narrativa. El drama familiar, centrado en la relación entre un director de cine y su hija actriz durante un rodaje marcado por el conflicto emocional, ha situado de nuevo a Javier Bardem en el centro de las conversaciones, con críticas que lo señalan como uno de sus mejores trabajos desde No Country for Old Men.

Su gran debilidad es clara: la falta de un distribuidor sólido en Estados Unidos, un factor determinante en la carrera al Oscar.

Amarga Navidad


Pedro Almodóvar regresa con una obra más introspectiva, centrada en el bloqueo creativo de un cineasta en busca de su próximo guion. Aunque ha sido bien recibida, no ha alcanzado el entusiasmo habitual asociado al director manchego. Su paso por Cannes fue correcto, pero sin el impacto de sus grandes títulos.

El riesgo aquí no es la calidad, sino el desgaste: incluso los autores más celebrados pueden quedar fuera cuando la respuesta internacional no es unánime.

Los Domingos


La gran alternativa silenciosa. La película de Alauda Ruiz de Azúa, ganadora de cinco premios Goya, narra la historia de Ainara, una joven de 17 años que decide ingresar en un convento de clausura en lugar de iniciar su vida universitaria, provocando un conflicto familiar marcado por la fe, la libertad y el deseo.

El año pasado no pudo entrar en la preselección por cuestiones de elegibilidad, pero ahora llega con un sólido recorrido internacional, buena recepción crítica y el respaldo de figuras como Isabelle Huppert. Su principal obstáculo es la visibilidad: compite con autores mucho más mediáticos en la escena global.

Un escenario excepcionalmente abierto

Película A favor En contra
La bola negra Netflix, Cannes, Glenn Close, Penélope Cruz División interna en la Academia
El ser querido Sorogoyen, Bardem, gran recepción crítica Sin distribución en EE. UU.
Amarga Navidad Prestigio de Almodóvar Respuesta más fría de lo esperado
Los Domingos Cinco Goya, impulso internacional Menor visibilidad mediática

Conclusión

La decisión de la Academia española este año será especialmente delicada. Rara vez ha coincidido una cosecha tan sólida, diversa y competitiva, con propuestas que abarcan desde el cine de autor más internacional hasta el drama íntimo y el gran relato de estudio.

Elegir solo una implicará inevitablemente dejar fuera títulos que, en cualquier otra temporada, habrían sido apuestas seguras. Y esa es, precisamente, la mejor señal del momento que vive el cine español: no falta una gran película… sobran candidatas de nivel internacional.

La carrera hacia Hollywood, este año, empieza en casa.

lunes, 22 de junio de 2026

La película que destruye la comedia romántica desde dentro

 Es de agradecer que, en plena temporada veraniega, llegue a los cines una película inteligente como The Drama, protagonizada por Robert Pattinson y Zendaya, dos estrellas capaces de atraer al gran público sin renunciar a una propuesta con más ambición de la que su campaña de marketing sugiere.

Aunque se haya vendido como una comedia romántica, esa etiqueta se queda corta. En realidad, estamos ante una tragicomedia con un guion lleno de capas y matices. La historia sigue a una joven pareja, exitosa, atractiva y aparentemente perfecta, que está a punto de casarse. Sin embargo, todo cambia cuando ella revela un secreto inconfesable. A partir de ese momento, no solo se tambalea la percepción que tienen sus amigos sobre la relación, sino también la del propio personaje interpretado por Robert Pattinson.

Ese giro introduce la verdadera naturaleza de la película: una reflexión incómoda sobre la moralidad dentro de una disección ácida de las convenciones de la comedia romántica. Es ahí donde The Drama se vuelve más interesante, porque deja de jugar con las expectativas del género para cuestionarlas directamente desde dentro.

La película explora las apariencias, los prejuicios y las contradicciones de una generación que presume de honestidad emocional, pero que no siempre está preparada para enfrentarse a la verdad. Lo hace con un tono satírico que oscila entre lo hilarante y lo incómodo, hasta el punto de generar una risa nerviosa en los momentos más tensos.

Zendaya ofrece probablemente su interpretación más compleja hasta la fecha. La película le exige transitar entre registros muy distintos, desde lo absurdo hasta lo trágico, y ella lo hace con una naturalidad que evita cualquier artificio. Hay una precisión constante en cómo sostiene la vulnerabilidad sin perder el control, incluso cuando su personaje parece desbordarse.

Robert Pattinson, por su parte, está sencillamente perfecto. A primera vista puede parecer un personaje contenido, incluso anodino, pero el giro lo transforma por completo. A partir de ahí, la película lo empuja hacia una deriva emocional cada vez más inestable, que termina siendo tan incómoda como fascinante, y en algunos momentos incluso deliberadamente cómica.

Es una transformación que el director filma con una evidente fascinación, como si disfrutara observando la descomposición progresiva de un personaje que al inicio parecía perfectamente estable.

Zendaya y Pattinson sostienen la película con una química extraordinaria, y es en ese choque entre ambos donde The Drama encuentra su verdadero pulso.

Una película ácida y satírica que desarma las reglas del género desde dentro, incómoda hasta el punto de incomodar al propio espectador, y lo bastante inteligente como para no ofrecer ninguna salida fácil. No busca gustar: busca incomodar, y en ese riesgo encuentra su fuerza.

sábado, 20 de junio de 2026

Obsession, el anti-romcom del año

 Procedente de YouTube y del cine independiente, Curry Barker da el salto definitivo al panorama cinematográfico con Obsession, su segundo largometraje y uno de los fenómenos sorpresa del año en Estados Unidos. Formado al margen de los circuitos tradicionales de la industria, Barker pertenece a una nueva generación de cineastas surgidos de internet que han encontrado en las plataformas digitales un espacio para desarrollar una voz propia antes de dar el salto a la gran pantalla.

Obsession parte de una premisa tan sencilla como inquietante: la de tener cuidado con aquello que deseas. Tomando como referencia el clásico cuento de La pata de mono, Barker construye una historia que comienza donde la mayoría de las comedias románticas suelen terminar. Su protagonista acaba de conseguir a la chica de sus sueños y parece haber alcanzado la felicidad absoluta. Sin embargo, lo que debería ser el final feliz se convierte en el inicio de una pesadilla.

Uno de los mayores aciertos de la película es la manera en que mezcla géneros. Barker vierte en el relato elementos de la comedia romántica, la comedia absurda juvenil, el fantástico y el terror psicológico, creando una propuesta fresca y sorprendentemente original. Durante su primer tramo, Obsession juega con los clichés de las historias románticas e incluso parece reírse de ellos, funcionando casi como una película anti-San Valentín. Pero poco a poco esa fantasía sentimental se va deformando hasta transformarse en una inquietante reflexión sobre la obsesión, la dependencia emocional y los peligros de idealizar a otra persona.

Gran parte de la eficacia del filme descansa en las interpretaciones de Michael Johnston e Inde Navarrette, que consiguen dotar de humanidad y credibilidad a una premisa que podría haber caído fácilmente en el exceso. Especialmente destacable es el trabajo de Navarrette, capaz de transitar de la emoción más contenida a una ironía casi desbordada en un mismo plano, en un registro emocional que descoloca constantemente al espectador. Su mirada, en muchos momentos, parece condensar una súplica silenciosa: la de alguien atrapado en una espiral emocional de la que no logra salir.

Si existe justicia en la próxima temporada de premios, su nombre debería formar parte de la conversación. Del mismo modo que interpretaciones de género como la de Amy Madigan en Weapons o la de Demi Moore en The Substance lograron abrirse paso en el debate crítico, Navarrette demuestra que algunas de las actuaciones más impactantes del año pueden encontrarse lejos de los dramas tradicionales que suelen monopolizar la atención de los premios.

Con Obsession, Curry Barker confirma el potencial de una generación de cineastas que ha crecido fuera del sistema industrial tradicional, pero que está encontrando en el género una vía de acceso cada vez más potente al gran público. La película juega constantemente con expectativas, emociones y códigos reconocibles para subvertirlos con inteligencia, convirtiendo una historia de amor en un descenso progresivo hacia lo perturbador.

Divertida, incómoda, romántica y angustiosa a partes iguales, Obsession deja tras de sí una reflexión inquietante sobre los límites entre el deseo, la obsesión y la idealización romántica, consolidándose como una de las propuestas de género más sugerentes del año.

sábado, 13 de junio de 2026

Disclosure Day: El retorno del asombro

 Disclosure Day llegaba envuelta en una oleada de entusiasmo crítico que hablaba incluso de la mejor película de Steven Spielberg en más de veinte años. Sinceramente, me parece una exageración difícil de sostener si uno mira su filmografía en perspectiva.

Spielberg venía además de dos títulos muy discutidos en términos de recepción popular: West Side Story y The Fabelmans. Ambas fueron celebradas por la crítica, pero me resultan obras desiguales: la primera, impecable en lo formal pero algo distante; la segunda, demasiado encerrada en la autoimagen del propio Spielberg.

La expectativa, por tanto, era clara: qué versión de Spielberg íbamos a encontrar ahora.

La película reúne de nuevo al director con David Koepp, uno de sus guionistas más recurrentes, con quien ha firmado desde Jurassic Park hasta War of the Worlds. En esta ocasión, Spielberg vuelve a uno de sus territorios más fértiles: los extraterrestres, un imaginario que ya definió en Close Encounters of the Third Kind y E.T. the Extra-Terrestrial.

La premisa parte de dos personas corrientes que descubren pruebas irrefutables de la existencia de vida extraterrestre y deciden sacar esa verdad a la luz tras décadas de ocultamiento. A partir de ahí, la película se mueve entre la conspiración, el miedo y la necesidad de confrontar aquello que desborda cualquier explicación racional.

Más allá del argumento, Disclosure Day vuelve a insistir en los grandes temas de Spielberg: la persona común enfrentada a lo imposible, la tensión entre verdad y poder, y la fragilidad de la creencia cuando el mundo se resiste a aceptar lo extraordinario.

El problema es que la película no arranca con la misma fuerza con la que termina. Su primera mitad es irregular, a veces errática, como si buscara el tono sin encontrarlo del todo. Pero en su último tramo ocurre lo que muchos esperaban: Spielberg activa su cine más reconocible.

La última hora es un ascenso constante hacia el asombro. El ritmo se ordena, la emoción aparece y la puesta en escena recupera ese impulso casi infantil por lo extraordinario que ha definido su mejor cine. Es ahí donde la película realmente cobra sentido.

Josh O’Connor y Emily Blunt sostienen el corazón del film como dos personas completamente normales empujadas a una situación que rompe cualquier lógica. O’Connor encarna la vulnerabilidad con una naturalidad muy efectiva, mientras que Blunt ofrece un arco más amplio: comienza desde una ligereza casi cotidiana, incluso con destellos de humor, para derivar hacia un territorio mucho más emocional. Ambos encajan bien en ese esquema tan spielbergiano de lo extraordinario filtrado a través de lo cotidiano.

Colman Domingo y Colin Firth completan el reparto con solidez, aportando gravedad y textura al mundo que rodea a los protagonistas sin robarles protagonismo.

En lo técnico, Janusz Kamiński vuelve a construir una imagen dominada por la dualidad entre luz y oscuridad. La fotografía trabaja el contraste constante, casi como una tensión moral del propio relato. Los reflejos en espejos, metales y superficies afiladas refuerzan una sensación de duplicidad que atraviesa toda la película. Es un trabajo visual muy controlado, muy consciente de su propia atmósfera.

La música de John Williams vuelve a funcionar como eje emocional, subrayando los momentos de mayor intensidad y reforzando esa idea de descubrimiento progresivo.

Disclosure Day no es la obra maestra que algunos han querido ver, pero tampoco una pieza menor dentro del cine reciente de Spielberg. Es una película desigual, que encuentra su verdadero valor cuando deja de tantear y se entrega a lo que mejor sabe hacer: convertir lo desconocido en emoción.

Y es en esa última hora, cuando todo encaja, donde vuelve a aparecer lo que realmente define a Spielberg: la capacidad de devolvernos el asombro.

The End of Oak Street: La América suburbana contra los dinosaurios

 En 1993, Spielberg despertó en muchos niños la dinomanía con el estreno de la impresionante Jurassic Park . Y no fue solo una película: mer...