FJORD (PERLAS)
La última Palma de Oro de Cannes, dirigida por Cristian Mungiu, ha generado un enorme debate desde su estreno. Su paso por otros festivales no ha hecho más que alimentar la controversia alrededor de una película que se resiste a ofrecer respuestas fáciles. Y ahí reside uno de los grandes aciertos de Mungiu: ante un tema tan delicado, apuesta por una ambigüedad que permite que la película siga viva, que el espectador tome posición y, sobre todo, que el debate continúe después de los títulos de crédito.
Fjord sigue a una familia rumano-noruega, profundamente religiosa y de educación tradicional, que se instala junto a sus cinco hijos en un pequeño pueblo situado en un remoto fiordo noruego. La aparente normalidad de la comunidad se rompe cuando una de las hijas aparece en el colegio con moratones. Las sospechas sobre los métodos de crianza de los padres terminan desencadenando la intervención de las autoridades y una batalla por la custodia de los hijos.
Mungiu, ganador de la Palma de Oro por 4 meses, 3 semanas y 2 días, vuelve a adentrarse en uno de esos territorios sociales donde resulta imposible salir indemne. Su cine siempre ha sabido incomodar sin necesidad de levantar la voz, y aquí vuelve a hacerlo desde una puesta en escena seca, áspera y deliberadamente poco complaciente. Pero hay una diferencia fundamental: Fjord no parece interesada en decirnos quién tiene razón.
El film evita posicionarse y deja que sea el espectador quien construya su propio juicio. Mungiu reparte la crítica en ambas direcciones: cuestiona cierta superioridad moral nórdica, esa mirada desde la que quienes no encajan en determinados códigos culturales pueden convertirse rápidamente en los otros, pero tampoco idealiza a la familia protagonista. Es profundamente religiosa, conservadora y autoritaria en determinados aspectos, y su actitud hacia las minorías —incluido el colectivo LGTBIQ+— tampoco queda fuera de la mirada del director.
Lo verdaderamente interesante es que Mungiu no convierte esta confrontación en una batalla sencilla entre buenos y malos. La película plantea preguntas incómodas y deja que permanezcan abiertas. ¿Dónde termina una determinada forma de educación y comienza el maltrato? ¿Qué ocurre cuando unas convicciones religiosas entran en conflicto con valores sociales que consideramos fundamentales? ¿Hasta qué punto nuestros propios prejuicios condicionan la mirada que tenemos sobre quienes viven de acuerdo con unas creencias que no compartimos?
El paisaje tiene aquí una importancia extraordinaria. Ese pequeño pueblo parece atrapado entre los fiordos, la nieve y un frío que termina envolviéndolo todo. No es únicamente el escenario: es casi una extensión del conflicto. Una comunidad aislada, encerrada en sus propias certezas, donde cualquier grieta puede acabar provocando un derrumbe. Mungiu utiliza ese paisaje helado para reforzar una sensación de asfixia que atraviesa toda la película.
Y quizá por eso resulta tan fascinante comprobar qué ocurre cuando Fjord termina. Después de la proyección pude comprobar cómo la película provocaba debates acalorados, voces enfrentadas y opiniones radicalmente distintas. En un momento en el que parece obligatorio posicionarse ante cualquier cuestión, Mungiu propone justamente lo contrario: detenerse, observar y aceptar que quizá no tengamos una respuesta definitiva. Con la extrema derecha acechando el debate político europeo y cuestiones como la inmigración, la religión, los derechos de las minorías y la identidad cultural cada vez más presentes, la película adquiere una resonancia especialmente incómoda.
También hay que destacar a sus intérpretes. Renate Reinsve está magnífica como esa mujer afligida que lucha por recuperar a sus hijos, contenida pero capaz de transmitir una enorme carga emocional sin necesidad de subrayados. A su lado, el marido, un hombre profundamente conservador que reconoce haber cacheteado en alguna ocasión a sus hijos, está igualmente espléndido. El guion permanece siempre contenido y observacional, pero les concede el espacio suficiente para construir personajes llenos de matices.
Fjord es, en definitiva, una película que no busca tranquilizar al espectador, sino incomodarlo. Una propuesta áspera, moralmente compleja y deliberadamente ambigua que confía en la inteligencia de quien la contempla. Y precisamente por eso creo que vamos a hablar mucho de ella durante la temporada de premios. No solo por su Palma de Oro, sino porque pocas películas parecen tan preparadas para provocar discusión, desacuerdo y reflexión.
Y quizá ese sea su mayor triunfo: que cuando aparecen los títulos de crédito, la película no termina. Es entonces cuando empieza lo verdaderamente interesante.



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