Hay historias cuyo recorrido hasta la pantalla resulta casi tan fascinante como aquello que finalmente cuentan. El origen de Elsinore es una de ellas. El productor italiano Andrea Occhipinti conoció a Ethan Silverman, amigo de Ian Charleson, y quedó cautivado por la historia de la última interpretación de Hamlet del actor escocés, que decidió afrontar el desafío de Shakespeare mientras padecía sida.
Andrew Scott estuvo vinculado al proyecto desde sus primeras etapas. Las conexiones entre ambos intérpretes eran evidentes: Charleson era escocés y Scott irlandés, compartían una sólida formación teatral y ambos habían encarnado a Hamlet. En el caso de Scott, en 2017. Su posterior incorporación como productor confirma hasta qué punto el proyecto despertó su interés. Y no resulta difícil entenderlo: estamos ante uno de esos papeles que representan una oportunidad excepcional para cualquier actor, un escaparate interpretativo con potencial para situarle en el centro de la temporada de premios e incluso conducirle hasta el Oscar.
De hecho, Elsinore parece concebida a mayor gloria de Andrew Scott. La película orbita constantemente alrededor de su protagonista y, por momentos, adquiere los contornos de un auténtico egotrip interpretativo. Pero ¿estamos ante un mero vehículo para el lucimiento de su estrella o existe algo más allá de esa exhibición actoral?
La película nos sitúa inicialmente en el proceso de selección de Ian Charleson para interpretar a Hamlet en el National Theatre de Londres. El papel recae en Daniel Day-Lewis, pero su inesperada salida de la producción en plena representación termina ofreciendo a Charleson la oportunidad que tanto esperaba. Una anécdota tan insólita como reveladora del azar que a veces determina una trayectoria artística.
Cuando finalmente consigue encarnar al príncipe de Dinamarca, su salud está gravemente deteriorada. Diagnosticado de sida, Charleson se aferra a la posibilidad de llevar adelante la representación con la ayuda de la doctora Margaret Johnson, que intenta prolongar su vida mediante tratamientos innovadores. Sin embargo, su empeño responde a una necesidad que trasciende la propia enfermedad: quiere dejar una huella artística que vaya más allá de su participación en Chariots of Fire. Hamlet representa la oportunidad de demostrar una dimensión interpretativa que siente que nunca ha podido desarrollar plenamente.
Uno de los mayores aciertos de Elsinore reside en la manera de aproximarse a esa encrucijada emocional y profesional. La película reconstruye con sensibilidad el momento vital de Charleson y encuentra en el Londres de los años ochenta un contexto que enriquece el relato. Pero es en su dimensión teatral donde alcanza sus momentos más estimulantes. La recreación de los ensayos, el proceso creativo y las dificultades de levantar una obra de Shakespeare ofrecen una interesante mirada al oficio de interpretar. Hay una reivindicación del teatro como vocación y como último espacio de libertad, uno de los aspectos más valiosos de la película.
En el centro de todo está Andrew Scott, sencillamente magnífico. Su composición de Charleson es de una intensidad física y emocional extraordinaria y confirma su condición de uno de los intérpretes más interesantes de su generación. Sin embargo, la apuesta tan absoluta por su protagonista tiene un precio: el resto de personajes apenas adquiere entidad propia y queda relegado a un segundo plano. La doctora Margaret Johnson, interpretada por una espléndida Olivia Colman, es una de las pocas excepciones. La actriz aporta humanidad y matices a un personaje que merecía bastante más espacio.
También hay cierta tendencia al subrayado emocional. Algunas secuencias parecen buscar un impacto inmediato, con un montaje que insiste demasiado en el dramatismo de lo que sucede. A ello se suma la banda sonora de Stefan Gregory, que en determinados pasajes recalca emociones que las imágenes ya transmiten por sí solas. Un exceso de énfasis que resta naturalidad a algunos de los momentos que deberían resultar más conmovedores.
Elsinore habría ganado con una puesta en escena más contenida y una mirada menos dependiente de su protagonista. No obstante, sería injusto reducirla a un simple ejercicio de lucimiento actoral. Su pasión por el teatro y la historia de un intérprete que, frente a la enfermedad y la incertidumbre, decidió afrontar su última gran batalla sobre un escenario terminan imponiéndose a sus desequilibrios. Puede que la película esté demasiado enamorada de Andrew Scott, pero él encuentra en Ian Charleson un personaje extraordinario al que entregarse por completo. Y es ahí, precisamente, donde Elsinore encuentra su razón de ser.


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