sábado, 25 de abril de 2026

Michael: el mito brilla, el hombre se diluye

 La película Michael ya ha llegado a los cines con una respuesta muy positiva del público y una taquilla sólida. Nada que ver con la crítica especializada, mucho más fría. La cinta de Antoine Fuqua llega, además, rodeada de polémica: problemas durante el rodaje, un presupuesto disparado y, sobre todo, un final completamente reformulado.

Porque sí, el final original era muy distinto. En esa versión, el desenlace abordaba de frente las acusaciones de abuso infantil de 1993 y cómo marcaron la vida de Michael Jackson. Había imágenes muy potentes —Jackson frente al espejo, roto, con luces policiales a su espalda o el registro de Neverland—, pero todo eso desapareció. La familia, implicada en la producción, decidió no entrar en ese terreno y forzó un nuevo final. Y eso se nota.

El resultado es una película partida en dos.

Por un lado, el conflicto entre padre e hijo. La relación entre Michael Jackson y Joe Jackson —con Colman Domingo y Jafar Jackson— es lo mejor del film. Aquí hay tensión y una idea muy clara: la pérdida de la infancia. La película acierta al mostrar cómo Michael deja de ser un niño demasiado pronto, obligado a trabajar desde pequeño en The Jackson 5. Esa herida explica muy bien al adulto que vendrá después: alguien que intenta recuperar lo que nunca tuvo, casi como un Peter Pan permanente.

Por otro lado, está el ascenso al estrellato: de niño prodigio a icono global, con hitos como Thriller y recreaciones de actuaciones llenas de energía. Además, la película acierta al mostrar cómo se construye el artista a partir de la cultura popular: de James Brown a Elvis Presley, pasando por Charles Chaplin o el imaginario de Disney.

El problema es que Michael funciona cuando mira al padre y cuando mira al escenario, pero nunca cuando intenta mirar a ambos a la vez.

No hay integración, hay alternancia. Y eso rompe la película.

En lo interpretativo, Jafar Jackson sorprende muchísimo en su debut: capta la voz, los gestos y la esencia del artista de forma impresionante. Pero el guion le resta fuerza al infantilizar en exceso al personaje, llevando algunas escenas al límite de lo ingenuo. Colman Domingo, en cambio, eleva todo lo que toca y aporta una presencia muy sólida incluso con un personaje algo plano.

Antoine Fuqua dirige con pulso, pero es la música de Michael Jackson la que realmente sostiene la película. Cuando suena, todo encaja.

Como película, es irregular y a ratos frustrante. Pero también es evidente que esto no termina aquí: con una segunda parte ya en marcha, queda la sensación de que esta primera entrega evita las zonas más incómodas para dejarlas para después.

Michael emociona cuando se acerca al mito, pero evita enfrentarse del todo al hombre.

“Emilia Pérez”: el ruido que devoró a la película

 Se cumplen casi dos años del estreno de Emilia Pérez en el Festival de Cannes. Lo que entonces parecía el nacimiento de un fenómeno —aplausos cerrados, entusiasmo crítico, sensación de acontecimiento— terminó convirtiéndose en uno de los casos más discutidos de la temporada de premios: una película que lo ganó prácticamente todo… hasta que dejó de hacerlo.

Dirigida por Jacques Audiard, Emilia Pérez llegaba con una premisa tan arriesgada como estimulante: un musical criminal sobre identidad, culpa y redención ambientado en México. Y durante su primer tramo, la película responde a esa ambición con una energía poco habitual.

Hay, en esos primeros treinta minutos, una libertad formal casi explosiva. Audiard convierte el paisaje sonoro en materia narrativa, transformando el ruido urbano en ritmo, en estructura, en música. La puesta en escena se mueve sin pedir permiso. El tono es híbrido, cambiante, deliberadamente excesivo. Funciona porque todavía no busca justificarse.

Zoe Saldaña, en el papel de la abogada que articula el relato, se convierte en el ancla emocional. Su personaje —testigo y motor de la transformación— nos introduce en el encuentro clave: el del narco que desea desaparecer para poder transicionar. Esa figura, encarnada por Karla Sofía Gascón, concentra el núcleo temático del film.

Y, sin embargo, es a partir de ahí donde el dispositivo empieza a resquebrajarse.

A medida que avanza el relato, Emilia Pérez abandona progresivamente ese impulso inicial y se repliega hacia una gravedad más convencional. El problema no es el cambio de tono, sino su ejecución. La película aspira a explorar el conflicto moral de su protagonista —la necesidad de redención tras una vida marcada por la violencia—, pero lo hace sin el desarrollo dramático necesario.

El arco de Emilia carece de verdadera transición. No hay evolución orgánica, sino una sucesión de estados. La complejidad del personaje —esa tensión entre culpa, identidad y reparación— queda apenas esbozada, nunca construida del todo.

En ese sentido, la interpretación de Karla Sofía Gascón no consigue sostener la ambigüedad que el guion promete. Emilia debería ser un personaje lleno de claroscuros, contradictorio, incómodo. Pero lo que aparece en pantalla son cambios emocionales bruscos, poco matizados, sin continuidad interna.

Algo similar ocurre con el personaje interpretado por Selena Gomez. Más allá de un acento irregular, lo que más llama la atención es la falta de solidez en su construcción. Su presencia parece por momentos desconectada del resto del relato, y su evolución final resulta difícil de sostener desde lo narrativo: decisiones que deberían sentirse orgánicas acaban percibiéndose como arbitrarias. En un personaje que ha permanecido casi inmóvil durante gran parte del metraje, ese giro final adquiere un aire forzado, casi inexplicable.

Y es en ese punto donde la película pierde definitivamente el control.

El tercer acto deriva en un terreno abiertamente culebronesco, donde los giros dramáticos responden más al impacto inmediato que a una lógica interna. Lo que en el inicio era exceso con intención se convierte aquí en acumulación sin rumbo.

Zoe Saldaña, en cambio, logra mantener la cohesión del conjunto. Su interpretación sostiene la película incluso cuando esta se fragmenta, aportando una continuidad emocional que el resto del film no consigue construir.

Pero si el análisis puramente cinematográfico explica parte de sus límites, no basta para entender su recorrido.

Porque Emilia Pérez no fue una película menor en el circuito de premios: dominó buena parte de la temporada, con reconocimientos importantes en festivales y galardones internacionales, consolidándose durante meses como una de las grandes favoritas.

Sin embargo, ese recorrido encontró su punto de inflexión en el tramo final de la carrera.

A medida que crecía la visibilidad del film, también lo hacía el ruido a su alrededor: polémicas, declaraciones controvertidas, debates sobre la representación de México y una conversación pública cada vez más desplazada de lo estrictamente cinematográfico.

En ese contexto, la reacción se intensificó. Parte del público y de la crítica empezó a cuestionar con mayor dureza la película, y su posición, hasta entonces sólida, comenzó a erosionarse.

Frente a ella emergió con fuerza Ainda Estou Aqui, de Walter Salles, un drama sobrio y profundamente humano sobre la dictadura brasileña y sus consecuencias. La película reconstruye un periodo de represión política desde la intimidad familiar, apostando por una puesta en escena contenida y una narrativa emocionalmente precisa.

El centro del film es la interpretación de Fernanda Torres, un trabajo de enorme control y profundidad emocional que se convirtió en uno de los más reconocidos del año, con premios como el Globo de Oro.

En la recta final, el desenlace de la temporada dejó una lectura inevitable: Emilia Pérez llegaba como favorita tras arrasar durante meses, pero el Oscar terminó inclinándose hacia la propuesta brasileña.

Más allá de interpretaciones sobre castigos o contextos, la comparación era clara. Una película había dominado el circuito; la otra había convencido en el momento decisivo por su solidez.

Dos años después, Emilia Pérez deja una sensación ambivalente. La de un proyecto audaz, con un arranque brillante y una ambición poco habitual. Y la de una obra que no consigue sostener sus propias ideas y termina diluyéndose en sus contradicciones.

Quizá ese sea su mayor problema.

No el ruido que la rodeó.

Sino la incapacidad de estar a la altura de lo que, durante un breve instante, prometió ser.




jueves, 23 de abril de 2026

Michael: el biopic que quería ser evento… y se ha quedado en propaganda con banda sonora

 Las primeras proyecciones de Michael apuntaban a un éxito claro: gran presupuesto, un icono irrepetible y la maquinaria promocional funcionando a pleno rendimiento. Pero tras las primeras reacciones de la crítica, el relato ha cambiado. Y bastante.

La película dirigida por Antoine Fuqua no está siendo recibida como el gran biopic definitivo de Michael Jackson, sino como algo mucho más problemático: un retrato superficial, complaciente y cuidadosamente diseñado para no incomodar.

Y ahí está el quid de la cuestión.

Porque si algo define a estas primeras críticas es la sensación de que Michael evita el conflicto. No lo aborda, no lo matiza: lo esquiva. En lugar de enfrentarse a las partes más oscuras y controvertidas de la vida del artista, opta por una narrativa que lo protege, lo idealiza y, en muchos momentos, lo desactiva dramáticamente.

El resultado, según varios críticos, es un biopic sin nervio.

Desde Rolling Stone la califican como “cliché, blanda y mala”. The Guardian va más allá y la describe como “una playlist filmada en busca de una historia”. Y voces como Tim Grierson señalan directamente su desconexión con la realidad al evitar cualquier mirada contradictoria sobre su protagonista.

No parece casualidad.

Durante la producción, el proyecto ya dio señales de fricción. Tras finalizar el montaje, la familia Jackson —clave en la producción— no quedó satisfecha con el tono de la escena final, en la que se insinuaba un cierre más oscuro, con la presencia policial rodeando la mansión del cantante. Esa secuencia fue descartada y sustituida por otra versión más alineada con la visión que querían transmitir.

Ese cambio no es menor. Es una declaración de intenciones.

Cuando un biopic modifica su propio final para suavizar la imagen de su protagonista, deja de ser una exploración y se convierte en un ejercicio de control del relato.

Y eso es precisamente lo que muchos críticos creen que ocurre aquí.

Mientras tanto, la reacción del público está lejos de ser uniforme. Los fans más acérrimos defienden la película como un homenaje necesario, una celebración de su legado musical y una reivindicación frente a años de controversia. En paralelo, artículos de opinión y voces críticas insisten en que ignorar ciertos aspectos de su vida no solo empobrece la película, sino que la vuelve irrelevante como obra biográfica.

Así, Michael se convierte en algo más que un estreno: en un campo de batalla entre memoria, fandom y narrativa.

Porque la pregunta de fondo no es si la película es buena o mala.

Es si un biopic puede permitirse no mirar de frente a su propio protagonista.

Puede que Michael funcione en taquilla. Tiene los ingredientes: nostalgia, grandes números musicales y una figura que sigue generando fascinación global. Pero como cine —al menos según estas primeras reacciones— parece quedarse en la superficie.

Y es ahí donde más duele.

Porque cuando un biopic convierte a su protagonista en un mito intocable, deja de ser cine… y pasa a ser propaganda con banda sonora.



lunes, 20 de abril de 2026

Por qué El diablo viste de Prada sigue funcionando casi 20 años después

 A primera vista, El diablo viste de Prada podría parecer una comedia ligera ambientada en el mundo de la moda. Sin embargo, su permanencia en la cultura popular demuestra que hay algo más profundo en su estructura y en sus personajes. No es solo entretenimiento: es una historia sobre ambición, identidad y el precio del éxito.

Uno de los pilares de la película es su figura central: Miranda Priestly. La interpretación de Meryl Streep no solo elevó el personaje a icono, sino que le valió una nominación al Oscar, consolidando una de las actuaciones más influyentes del cine contemporáneo. Lejos de ser una villana unidimensional, Miranda representa el poder en su forma más fría y eficiente. Su autoridad no se basa en gritos constantes, sino en silencios, miradas y expectativas imposibles. Y, sin embargo, hay una lectura incómoda: muchas de sus actitudes, duramente juzgadas en pantalla, probablemente serían percibidas como liderazgo firme si el personaje fuera un hombre.

Su primera aparición en la redacción de Runway es, en sí misma, una clase magistral de dirección y ritmo. Antes siquiera de verla, el caos se desata: teléfonos sonando, tacones apresurados, empleados en pánico organizando cada detalle. Cuando finalmente entra en escena, todo encaja. Es una presentación impecable, casi coreografiada, que define al personaje sin necesidad de grandes explicaciones.

Frente a ella está Andy, interpretada por Anne Hathaway, una protagonista que funciona como punto de entrada para el espectador. Su evolución es clave: comienza como una outsider crítica con el mundo de la moda y termina adaptándose a él, incluso perdiendo parte de sí misma en el proceso. La película no ofrece una respuesta clara sobre si ese cambio es positivo o negativo, y ahí reside gran parte de su riqueza.

La evolución de Andy se construye además de forma muy visual. Al inicio, cuando acude a la entrevista, su aspecto es completamente funcional: ropa sencilla, cero interés en la estética y una actitud que deja claro que ese mundo no le pertenece. En contraste, las trabajadoras de Runway ya están plenamente integradas en ese universo donde la imagen lo es todo. Más adelante, la película muestra su transformación en un célebre montaje de estilismo, maquillaje y vestuario que recuerda casi a una versión moderna de Cenicienta: varios cambios de ropa consecutivos que marcan no solo una mejora estética, sino su progresiva adaptación al sistema de Miranda.

El reparto de apoyo es otro de sus grandes aciertos. Emily Blunt aporta una energía afilada y sarcástica que se traduce en algunas de las líneas más memorables. Por su parte, Stanley Tucci construye un Nigel que, más allá de su ingenio, funciona casi como una “hada madrina” contemporánea: es quien transforma a Andy, la guía y le abre las puertas de ese mundo imposible. Elegante, irónico y profundamente humano, es el personaje que aporta calidez en medio de tanta exigencia. Y sí, entre tanta alta costura y egos desmedidos, siempre queda ese chascarrillo inevitable: todos queremos el armario de Runway, pero ninguno el estrés que conlleva.

Como curiosidad de casting, a Javier Cámara le ofrecieron el papel de Nigel, lo que hace inevitable imaginar cómo habría sido esa versión del personaje.

El guion destaca por su equilibrio entre comedia y crítica. El famoso discurso del “jersey azul” desmonta la idea de que la moda es superficial, revelando las complejas estructuras de influencia detrás de cada tendencia. A esto se suma un apartado técnico impecable: el vestuario es sencillamente magnífico, funcionando no solo como elemento estético, sino como reflejo del viaje interno de Andy.

La banda sonora también juega un papel clave en su identidad. Con una clara esencia pop —incluyendo temas de Madonna y otros grandes nombres—, el soundtrack acompaña y potencia el tono de la película, reforzando su energía y su estilo.

Por último, su vigencia se explica porque los temas que trata siguen siendo actuales. La presión laboral, la construcción de la identidad profesional y el conflicto entre éxito y bienestar personal siguen resonando hoy. A ello se suma el interés renovado que ha generado la inminente llegada de su secuela, que se estrena este mes, y que ha vuelto a poner el foco en estos personajes y en el legado de la historia.

En definitiva, El diablo viste de Prada funciona porque, bajo su apariencia de comedia elegante, esconde una reflexión incómoda sobre lo que estamos dispuestos a sacrificar para triunfar… todo envuelto en tacones imposibles y miradas que pueden congelar una habitación.



Titanic: el rodaje caótico que casi hunde la película más grande de Hollywood

 Cuando James Cameron descendió a las profundidades del Atlántico para contemplar los restos del Hundimiento del Titanic, no solo encontró un naufragio. Encontró una obsesión.

Impactado por la magnitud de la tragedia, Cameron entendió que no bastaba con reconstruir el desastre: había que hacerlo sentir. Su intuición fue tan sencilla como brillante: contar el hundimiento a través de una historia de amor imposible, con ecos de Romeo y Julieta. Así nacieron Jack y Rose, dos jóvenes de mundos opuestos destinados a encontrarse en el peor momento posible.

El resultado sería Titanic, una película que no solo dominaría la taquilla mundial, sino que redefiniría lo que Hollywood entendía por espectáculo.

Amor, clase y tragedia

Ambientada en 1912, la película sigue a Jack Dawson, un artista sin recursos, y Rose DeWitt Bukater, una joven de la alta sociedad atrapada en una vida que no ha elegido. Su encuentro a bordo del Titanic desencadena un romance tan intenso como efímero, atravesado por la tragedia inevitable.

Entre los elementos más icónicos del film destaca el “Corazón del Mar”, un collar ficticio convertido en símbolo de deseo, pérdida y memoria.

Un director al que nadie podía decir que no

A mediados de los noventa, Cameron ya era conocido por una constante: sus películas siempre se salían de presupuesto, pero también eran éxitos. Títulos como Terminator 2: Judgment Day o Aliens: El regreso habían demostrado que su ambición solía traducirse en resultados.

Con Titanic, el riesgo fue máximo. El presupuesto creció tanto que 20th Century Fox terminó compartiendo la financiación con Paramount Pictures.

El casting: intuición contra resistencia

Cameron tuvo claro desde el principio quién debía protagonizar su historia: Leonardo DiCaprio. Pero el actor no estaba convencido. Venía de rodar y estrenar Romeo + Juliet, donde ya había interpretado a un amante trágico, y temía quedar encasillado como galán romántico.

Con Kate Winslet ocurrió lo contrario. Tras verla en Sentido y sensibilidad, Cameron inició una insistente campaña personal: le enviaba cartas acompañadas de rosas firmando “tú eres mi Rose”.

Winslet leyó el guion junto a Emma Thompson, y ambas acababan llorando. Thompson fue clara: debía aceptarlo.

La prueba de cámara entre ambos lo confirmó todo: la química era inmediata.

Un rodaje al límite

Lo que vino después fue una prueba de resistencia.

Cameron mandó construir enormes tanques de agua y una gigantesca balsa para recrear el hundimiento con la máxima fidelidad, en instalaciones situadas en México. La escala del proyecto era tan descomunal como exigente.

El rodaje se convirtió en un entorno extremo para el equipo. El agua debía mantenerse fría para evitar el vapor en cámara, lo que significaba jornadas enteras sumergidos en condiciones heladas. Entre toma y toma, el único alivio eran baños calientes o jacuzzis improvisados para recuperar el calor.

Cameron, con fama de director implacable, llevó a su equipo al límite. La presión era constante, especialmente sobre Winslet, a quien exigía una precisión absoluta en cada detalle.

Los especialistas y extras también sufrieron el desgaste físico del rodaje, con múltiples caídas y lesiones durante las secuencias del hundimiento.

Y en medio del caos, uno de los episodios más surrealistas: una intoxicación masiva provocada por comida adulterada con PCP afectó a parte del equipo, incluido el propio Cameron.

La canción que Cameron no quería

El compositor James Horner insistía en incluir una canción principal, pero Cameron se negaba. Sin su permiso, Horner grabó una maqueta con Celine Dion.

Cuando Cameron la escuchó, cambió de opinión.

My Heart Will Go On se convirtió en un fenómeno global, ganando el Oscar y múltiples Grammy.

El fracaso que nunca llegó

Durante meses, Hollywood dio por hecho que Titanic sería un desastre histórico.

Pero el estreno lo cambió todo.

El público respondió de forma masiva, convirtiendo la película en un fenómeno global. La crítica también acabó rendida.

En la 70.ª edición de los Premios Oscar (1998), Titanic arrasó con 11 estatuillas, igualando el récord de Ben-Hur de William Wyler.

Fue en ese momento cuando se produjo una de las imágenes más recordadas de la gala. Al subir al escenario para recoger el Oscar a mejor director, James Cameron pronunció su ya icónico “I’m the king of the world”, la misma frase que había inmortalizado Titanic a través de Jack Dawson.

El gesto fue recibido con una mezcla de euforia y desconcierto. Para algunos, era la explosión emocional de un director tras coronar el mayor éxito de su carrera. Para otros, un exceso de autoconfianza en una industria que ya veía a Cameron como un creador tan brillante como implacable.

Aquel instante terminó por consolidar una imagen dual: la del autor que había llevado Titanic a la gloria… y la del cineasta que, por un momento, pareció creerse literalmente en la cima del mundo.

Sin embargo, no todo fue celebración: la ausencia de Leonardo DiCaprio en las nominaciones generó polémica y protestas de fans en la alfombra roja. Aun así, su carrera cambió para siempre, convirtiéndose en un fenómeno global. Kate Winslet, por su parte, logró una nominación al Oscar y se consolidó como una de las grandes actrices de su generación.

El precio de hacer historia

Titanic no solo sobrevivió al desastre.

Redefinió el blockbuster moderno, convirtió a Leonardo DiCaprio en un fenómeno mundial, consolidó a Cameron como una figura intocable en Hollywood y demostró que incluso las películas al borde del colapso pueden convertirse en leyenda.

Porque Hollywood esperaba un naufragio.

Y James Cameron construyó un mito.


sábado, 18 de abril de 2026

Madonna: la reina del pop que quiso ser Evita

 Madonna siempre ha querido conquistar el mundo del cine, pero su enorme éxito en la música nunca terminó de traducirse en una carrera sólida en el séptimo arte. Tras varios intentos fallidos, tanto en taquilla como en crítica, Hollywood dejó de verla como una actriz en potencia para encasillarla en una idea más incómoda: una estrella del pop jugando a ser actriz.

Todo cambió cuando el proyecto de Evita empezó a tomar forma en Hollywood. Con Alan Parker en la dirección y un guion inicialmente asociado a Oliver Stone, la adaptación del musical sobre Eva Perón se perfilaba como uno de los grandes acontecimientos cinematográficos del momento. Madonna vio en ello algo más que un papel: una oportunidad irrepetible para demostrar que podía ser tomada en serio como intérprete dramática.

Tras varias llamadas infructuosas a Parker, la cantante decidió recurrir a un gesto poco habitual en la industria: le escribió una carta. En ella explicaba por qué debía ser ella quien encarnara a Eva Perón. Nunca se ha revelado el contenido exacto de aquella misiva, pero su efecto fue decisivo. Poco después, Parker tomó una decisión que cambiaría el rumbo del proyecto: su Evita sería Madonna.

La elección no fue recibida con entusiasmo en Argentina. Parte del país reaccionó con indignación ante la idea de que una estrella del pop estadounidense interpretara a una de sus figuras políticas más emblemáticas. La prensa se hizo eco del descontento y el rodaje se convirtió rápidamente en un fenómeno mediático de escala internacional.

En Buenos Aires, el ambiente era de extremos. Frente al hotel donde se alojaba Madonna se agolpaban fans que la veneraban como una figura casi religiosa, mientras que detractores peronistas la insultaban con dureza. La tensión era constante. La propia artista apenas lograba descansar en medio de aquel clima de adoración y hostilidad simultáneas.

Antonio Banderas, su compañero de reparto, observaba con asombro el circo mediático que rodeaba la producción y la figura de la cantante, completamente desbordada por la magnitud del fenómeno.

Uno de los episodios más recordados del rodaje tuvo que ver con la Casa Rosada. El gobierno argentino se mostró inicialmente reticente a permitir la filmación en su interior, especialmente para el clímax de Don’t Cry for Me Argentina. Madonna, lejos de dar marcha atrás, optó por la diplomacia personal: organizó una cena privada con el entonces presidente de Argentina, Carlos Menem. El resultado fue inesperado. Tras ese encuentro, obtuvo el permiso para rodar en el lugar, sellando así uno de los momentos más icónicos de la película.

El rodaje fue extenuante, marcado por la presión mediática y las tensiones políticas. Sin embargo, el resultado final sorprendió a muchos. Evita se estrenó con críticas mayoritariamente positivas, y la interpretación de Madonna fue recibida con una atención inusualmente favorable. Por primera vez, la industria parecía dispuesta a reconocerla más allá del fenómeno pop.

El estreno en Buenos Aires fue, en sí mismo, un acontecimiento de gran magnitud. La conversación cultural giraba en torno a una posibilidad que hasta entonces parecía impensable: una nominación al Oscar. El impulso del Globo de Oro a Mejor Actriz en Comedia o Musical reforzaba esa narrativa.

Pero el día de las nominaciones trajo un giro abrupto. Evita apenas obtuvo reconocimiento en categorías técnicas. La Academia, aún marcada por inercias conservadoras en aquella época, no respaldó la apuesta de Madonna como actriz dramática. La decepción fue evidente y, durante un tiempo, la artista se retiró del foco público en un silencio casi absoluto.

Aun así, el proyecto no se cerró en derrota. En la ceremonia de los Oscar, Madonna interpretó You Must Love Me, canción que terminaría llevándose la estatuilla a Mejor Canción Original. Su actuación no fue la más recordada de la gala, pero sí una de las más cargadas de emoción, con una intensidad que reflejaba tanto el triunfo como la frustración acumulada.

Tras Evita, Madonna continuó explorando su relación con el cine. Uno de sus proyectos más ambiciosos fue Frida, aunque sus diferencias creativas con Harvey Weinstein fueron determinantes. Finalmente, el papel recayó en Salma Hayek, que terminaría convirtiéndolo en uno de los trabajos más importantes de su carrera.

Madonna estuvo muy cerca de consolidarse como actriz en Hollywood. Pero su imagen —la de una de las figuras más provocadoras y polarizadoras de la cultura pop— terminó jugando en su contra en una industria que, en aquel momento, aún dudaba en concederle ese segundo acto.



El hechizo lento de Practical Magic: de fracaso a película de culto

 Cuando Practical Magic se estrenó en 1998, quedó atrapada en un limbo incómodo. No fue un éxito de taquilla, la crítica no supo muy bien qué hacer con ella y el público salió desconcertado. Pero el problema no era la película. El problema era que nadie entendía exactamente qué tipo de película tenía delante.

Vendida como una comedia romántica accesible, apoyada en el carisma de Sandra Bullock y Nicole Kidman, lo que ofrecía era algo mucho más extraño: una historia atravesada por la muerte, el abuso, las maldiciones familiares y el peso de lo heredado. Esa disonancia entre expectativa y realidad fue su primera condena.

Tampoco ayudó su naturaleza híbrida. Practical Magic no elige un género, los mezcla todos: romance, fantasía, drama, comedia y un toque de terror. Hoy esa combinación se percibe como moderna, incluso atractiva. En 1998, en cambio, resultaba incómoda. No encajaba en ninguna categoría clara, y eso, en un contexto industrial que necesitaba etiquetas, se tradujo en rechazo. No es que fuera inclasificable: es que el público de entonces no estaba preparado para una película así.

El propio casting también jugó en su contra. Bullock venía de consolidarse como estrella mainstream, mientras que Kidman estaba asociada a un cine más prestigioso o arriesgado. Juntas, en lugar de percibirse como una combinación magnética, fueron leídas desde el prejuicio: dos actrices de universos distintos que no terminaban de encajar. Hoy esa diferencia es precisamente lo que da riqueza a sus personajes; en su momento, fue un obstáculo.

Y, sin embargo, el tiempo corrigió esa lectura.

Lejos del ruido del estreno, la película encontró su lugar en los videoclubs, en el mercado doméstico y, más tarde, en el streaming. Sin expectativas previas, nuevas generaciones pudieron acercarse a ella desde otro lugar. Y ahí es donde Practical Magic revela su verdadera naturaleza.

Porque más allá de su envoltorio fantástico, la película es, ante todo, un relato sobre la sororidad. Las hermanas Owens encarnan formas opuestas de entender el amor, el deseo y la libertad, pero la historia nunca las enfrenta: las une. Esa idea se expande hacia lo colectivo en su escena más poderosa, cuando las mujeres del pueblo, dejando a un lado sus prejuicios, se reúnen para ayudarlas. Lo que parecía una historia de brujas se transforma en un acto de comunidad femenina.

En ese sentido, no es extraño que haya sido abrazada con el tiempo por la comunidad LGTBIQ+. Practical Magic funciona, casi sin proponérselo, como una película queer: habla de sentirse fuera de lugar, de construir familia más allá de lo normativo y de encontrar refugio en los vínculos elegidos. Su estética, su tono emocional y su reivindicación de la diferencia la convierten en algo más que un simple entretenimiento: en un espacio de identificación.

Incluso sus elementos más icónicos refuerzan esa cualidad casi fantasmal. La casa de las Owens, convertida en símbolo visual de la película, no era realmente una vivienda habitable, sino un decorado cuidadosamente construido. La propia Barbra Streisand llegó a interesarse por ella, solo para descubrir que, en cierto modo, no existía. Como la película misma, es un lugar que parece real, pero pertenece más al imaginario que al mundo tangible.

Hoy, con una secuela en camino y la reunión de sus protagonistas —ya convertidas en iconos y ganadoras del Oscar—, Practical Magic vive una nueva revalorización. Pero su estatus de culto no nace de este regreso, sino de algo mucho más orgánico: haber sido incomprendida en su momento y, aun así, encontrar su público con el paso del tiempo.

Porque hay películas que triunfan en su estreno.

Y otras, como Practical Magic, que lanzan un hechizo más lento… pero mucho más duradero. 



El ser querido: las heridas que no consigue cerrar el cine

 En muy poco tiempo, Rodrigo Sorogoyen ha pasado de ser una de las grandes promesas del cine español a consolidarse como uno de sus nombres ...