martes, 22 de septiembre de 2026

Día 4 · Festival de San Sebastián: La bola negra: memoria, deseo y libertad

LA BOLA NEGRA (PERLAS)

 Los Javis llevan años construyendo una trayectoria que les ha convertido en dos de las voces más reconocibles de la cultura española contemporánea. Desde sus primeros trabajos hasta consolidarse como creadores capaces de moverse entre la televisión, el cine y el teatro, su evolución ha ido acompañada de una ambición cada vez mayor. La bola negra representa, quizá, el paso más importante de ese recorrido: un salto internacional que tuvo su gran estreno en Cannes, donde la película recibió veinte minutos de aplausos y Javier Calvo y Javier Ambrossi se llevaron el premio a Mejor Dirección. Ahora llega a San Sebastián como la película elegida por España para representar al país en los Oscar y con aspiraciones de entrar también en otras categorías importantes. Después de todo lo que ha rodeado al filme, la pregunta parece inevitable: ¿están las expectativas demasiado infladas?

La historia se articula a través de tres protagonistas homosexuales en distintas épocas de la historia de España. Tres personajes, tres tiempos y una misma mirada sobre el deseo, la identidad, la represión y la libertad. Una estructura que inevitablemente puede recordar a Las horas: si allí era Virginia Woolf quien conectaba tres épocas y tres vidas, aquí es Federico García Lorca quien establece ese vínculo entre pasado y presente. Lorca como figura literaria, como símbolo y como espejo de una España en la que ser homosexual ha significado cosas muy distintas dependiendo del momento histórico.

Una de las cosas que más llaman la atención es su exquisita factura visual. Tanto en lo formal como en lo narrativo, evoca a esos grandes romances imposibles de los años noventa que arrasaron en los Oscar. En algunos momentos me recordó especialmente a El paciente inglés, de Anthony Minghella, por esa vocación de gran melodrama romántico, épico y clásico, trasladado aquí a una historia de amor queer. Y hay incluso un guiño directo a Titanic en esa frase: «El corazón de un maricón es un océano lleno de secretos», reformulando la célebre frase de la película de James Cameron.

Pero estamos ante mucho más que un drama romántico queer. También es una película profundamente política y un homenaje a quienes nos precedieron: a nuestros mayores, a todas aquellas personas que, con grandes o pequeños gestos, hicieron posible que hoy podamos amar con mayor libertad. Esa mirada adquiere todavía más fuerza en el presente, cuando determinados discursos amenazan con hacernos retroceder y con borrar parte de esa memoria. Recordar de dónde venimos también es una forma de defender lo conquistado. Y ahí reside una de las mayores virtudes de la propuesta: en convertir la memoria en una reivindicación política y hacerlo, además, desde la emoción.

En el apartado interpretativo, estamos ante un filme muy coral que demuestra también de dónde vienen sus directores: del mundo de la interpretación. Y se nota en la manera en que dirigen a los actores, a los que saben sacar partido con una precisión y una sensibilidad estupendas. Hay un reparto repleto de nombres importantes, pero para mí el gran descubrimiento es Guitarricadelafuente. Su Sebastián es uno de los mayores descubrimientos actorales del cine español reciente. Desde la contención y la vulnerabilidad construye a un hombre atrapado en un contexto de violencia y opresión, donde muchas veces una mirada dice más que cualquier diálogo. Y son precisamente esas miradas de deseo, contenidas pero cargadas de emoción, las que hacen que su interpretación resulte espectacular.

Uno de los aspectos que más se les ha reprochado es el escaso peso de los personajes femeninos. Es cierto que permanecen en un segundo plano, pero también creo que esa cierta invisibilidad forma parte de la mirada de la película. Son ellas quienes, desde los márgenes, terminan siendo decisivas en las elecciones de sus protagonistas masculinos. Impulsan, condicionan o precipitan algunas de las decisiones fundamentales de las tres historias. El ejemplo más evidente es el personaje de Penélope Cruz, arrolladora, magnética y convertida en una auténtica diva cabaretera, cuya presencia resulta clave en la transformación de Sebastián. Estar en segundo plano no significa necesariamente ser irrelevante: también desde ahí pueden convertirse en el motor de una historia.

Quizá no sea una película completamente perfecta, pero pertenece a esa clase de obras que, poco a poco, te van subyugando. Al principio parece incluso jugar con las reglas del thriller: quieres descubrir hacia dónde va a girar la historia, qué pieza falta, qué revelación terminará encajándolo todo. Y cuando finalmente todas las piezas encuentran su lugar, la música de Raül Refree comienza a subir en intensidad y la película ya te tiene completamente atrapado. Hasta las lágrimas.

Y eso también es poder cinematográfico: conseguir que una película te arrastre emocionalmente hasta ese punto, que te deje sin defensas y que haga que todo lo anterior cobre un nuevo significado. Puede tener sus imperfecciones, pero tiene algo que no todas consiguen: la capacidad de subyugar, emocionar y permanecer. Y por eso estamos ante un gran acontecimiento cinematográfico.



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