sábado, 19 de septiembre de 2026

Día 2 Festival de San Sebastián: Iron Boy y Cinco minutos más

 

IRON BOY (Perlas)



 Louis Clichy lleva buena parte de su carrera ligada a la animación. Tras trabajar como animador en Pixar en títulos como WALL·E y Up, dio el salto a la dirección junto a Alexandre Astier con Astérix: La residencia de los dioses y Astérix: El secreto de la poción mágica. Con Iron Boy, Clichy se estrena como director en solitario con una obra de marcado carácter personal.

La película tuvo su estreno mundial en el Festival de Cannes, dentro de la sección Un Certain Regard, donde recibió el Premio Especial del Jurado.

Ambientada en la Francia rural de los años ochenta, Iron Boy sigue a Christophe, un niño que vive con su familia en una granja y cuyo cuerpo comienza a fallarle. Obligado a llevar un enderezador de hierro para mantenerse erguido, tendrá que afrontar una realidad que cambiará su manera de mirar el mundo.

El film se sustenta en un guion sencillo, pero precioso, que acompaña con enorme sensibilidad el proceso de transformación de su protagonista. Lo que comienza como una dificultad física termina convirtiéndose en una puerta hacia nuevas experiencias y hacia un universo que hasta entonces permanecía fuera de su alcance. Clichy utiliza así la discapacidad como punto de partida para hablar de libertad, crecimiento y búsqueda de una identidad propia, mientras ese entorno rural, tan hermoso como limitado, funciona como otra forma de corsé.

Es una historia de autodescubrimiento narrada con una delicadeza extraordinaria, en la que el paisaje rural, la música clásica y la mirada infantil de Christophe se integran de manera natural. Sin recurrir al sentimentalismo fácil, la película encuentra belleza en los pequeños cambios y consigue que el viaje de su protagonista resulte cercano, emotivo y profundamente humano.


CINCO MINUTOS MÁS (SECCIÓN OFICIAL)



 Una de las sorpresas al anunciarse la Sección Oficial del Festival de San Sebastián fue la inclusión de 5 minutos más, la nueva propuesta de Javier Ruiz Caldera, director de algunas de las comedias comerciales más populares del cine español reciente, como Tres bodas de más o Anacleto: Agente secreto.

La historia parte de una premisa tan sencilla como disparatada: una pareja en crisis se refugia en una casa rural para intentar recomponer su relación, pero un extraño fenómeno temporal hará que queden atrapados en un bucle que se reinicia cada cinco minutos. Un punto de partida que inevitablemente remite a títulos como Atrapado en el tiempo, de Harold Ramis, o Los cronocrímenes, de Nacho Vigalondo, aunque aquí el recurso sirve para adentrarse en terrenos mucho más imprevisibles.

Lo que comienza como una comedia sobre una relación sentimental en horas bajas deriva pronto hacia una comedia negra, negrísima, cada vez más desatada. Ruiz Caldera utiliza el peculiar mecanismo temporal para colocar a sus protagonistas ante situaciones límite y parece querer explorar hasta dónde puede llegar el comportamiento humano cuando desaparecen las consecuencias de sus actos. Al mismo tiempo, el bucle funciona como una radiografía de esa relación: obligados a repetir una y otra vez los mismos acontecimientos, terminan enfrentándose a aquello que los ha llevado hasta allí.

El principal problema es que parece querer abarcar demasiadas direcciones al mismo tiempo. Comedia negra, juego temporal, reflexión sobre el comportamiento humano y retrato de una relación en crisis conviven en un relato que no siempre consigue que todas sus piezas encajen. La voluntad de mantener al espectador constantemente desconcertado acaba imponiéndose, en algunos momentos, a la construcción de un discurso más sólido.

Y ahí reside precisamente su carácter más inclasificable. Resulta difícil determinar hasta qué punto todo este desconcertante juego responde a un propósito perfectamente calculado o hasta qué punto se deja arrastrar por su propia necesidad de llevar la situación cada vez más lejos. Lo que sí consigue es mantener la atención y despertar continuamente la curiosidad por descubrir qué sucederá a continuación.

Javier Cámara, Belén Cuesta y Berto Romero están muy bien dentro de este universo extraño, inquietante y por momentos hipnótico. Los tres saben desenvolverse en una historia que cambia constantemente de registro y que les obliga a transitar entre el humor negro, la tensión y el absurdo.

En definitiva, estamos ante una propuesta inclasificable dentro de la filmografía de Javier Ruiz Caldera. Y, en una Sección Oficial donde predominan los dramas y las historias de marcado carácter social, su presencia supone un auténtico soplo de aire fresco. Puede que no termine de encontrar el equilibrio entre todas las ideas que plantea, pero resulta difícil negar su personalidad. Al final, quizá lo más estimulante sea precisamente eso: encontrarse en San Sebastián con una película que no sabes muy bien dónde colocar, pero que tampoco se parece demasiado a nada de lo que su director había hecho hasta ahora.

viernes, 18 de septiembre de 2026

Día 1 Festival de San Sebastián: The Invite y The Housewife

 

THE INVITE (Perlas)


  
 Hay películas que consiguen que una simple cena se convierta en un auténtico espectáculo. The Invite, la nueva película de Olivia Wilde, es una de ellas. Basada en "Sentimental", la película de Cesc Gay que nació de su obra teatral Los vecinos de arriba, la cinta traslada esta historia de parejas, secretos y deseos al contexto estadounidense con una energía completamente propia.

Su paso por Sundance fue especialmente celebrado y su buen funcionamiento en taquilla ha reforzado las expectativas alrededor de la película. También empieza a sonar como una de esas propuestas que podrían tener recorrido en la temporada de premios, con los Oscars en el horizonte. Pero, más allá de cualquier predicción, The Invite funciona por sus propios méritos.

Joe y Angela invitan a sus vecinos de arriba, Hawk y Piña, a pasar una velada juntos. Lo que comienza como una reunión aparentemente cordial cambia por completo cuando descubren la forma abierta y desinhibida en que sus invitados viven la sexualidad. A partir de ese momento, las conversaciones se llenan de confesiones, provocaciones y verdades incómodas que pondrán a prueba la relación de todos.

Rashida Jones y Will McCormack tienen mucho que ver en el resultado. Su guion conserva la estructura de la historia de Cesc Gay, pero la adapta con inteligencia a la clase media estadounidense. Los personajes no son simples copias de sus versiones españolas: tienen sus propios conflictos, motivaciones y una manera de enfrentarse a las relaciones marcada por el desencanto americano. La película mantiene el espíritu de la original, pero encuentra su propia voz.

Aunque todo sucede prácticamente en un único escenario, el ritmo nunca decae. Olivia Wilde mueve la cámara con soltura, aprovecha cada rincón del espacio y convierte los diálogos en auténticos duelos. Después de Booksmart y Don’t Worry Darling, la directora demuestra aquí una notable seguridad detrás de las cámaras, especialmente a la hora de combinar comedia, tensión e incomodidad.

La película encuentra el humor en aquello que los personajes callan, en las verdades que intentan esconder y en la distancia entre lo que muestran y lo que realmente desean. El choque entre puritanismo y liberación está siempre presente, pero los personajes nunca se reducen a simples caricaturas.

El reparto está estupendo y cada actor encuentra su momento para lucirse gracias a un guion que les da espacio para desarrollar a sus personajes. Olivia Wilde, Edward Norton, Seth Rogen y Penélope Cruz están completamente entregados a sus papeles. Cruz está especialmente juguetona como Piña, una mujer que habla del deseo con una naturalidad desarmante y que entiende que no desaparece con los años, sino que simplemente cambia de forma. Su libertad, sensualidad y sentido del humor convierten a Piña en uno de los mejores personajes de toda su carrera.

The Invite es una comedia adulta, inteligente y tremendamente entretenida, con unas interpretaciones en estado de gracia y una dirección que sabe mantener la tensión hasta el último momento. Olivia Wilde demuestra que puede manejar con soltura una historia construida casi por completo a través de conversaciones y convertirla en una experiencia dinámica, provocadora y muy cinematográfica.

Una película que demuestra que, cuando las apariencias empiezan a resquebrajarse, una noche entre vecinos puede acabar siendo mucho más divertida —y mucho más peligrosa— de lo que nadie esperaba.


THE HOUSEWIFE (Proyecciones Premio Donostia)



La flamante ganadora del Premio Donostia de este año, además de recibir este prestigioso reconocimiento, llega a San Sebastián para presentar una nueva película: The Housewife.

La historia nos traslada al Nueva York de 1964, donde un joven periodista descubre que un presunto oficial nazi vive en la clandestinidad en el barrio de Queens. Cuando entabla amistad con su encantadora esposa, la investigación da un giro inesperado.

Dirigida por el debutante Ben Shirinian, The Housewife se basa en un hecho real y se adentra en un relato que combina el drama y el thriller. Una propuesta que, aunque en ocasiones intenta alejarse de ciertos clichés de este tipo de películas, no siempre consigue escapar de ellos. Tiene su miga, eso sí, y sabe mantener nuestro interés gracias a una historia que juega con los secretos y las apariencias.

Pero es Naomi Watts quien termina marcando la diferencia. La actriz compone un personaje que se mueve entre la vulnerabilidad, el misterio y cierta inquietud, sin necesidad de recurrir a grandes excesos interpretativos. Hay algo en su mirada, en sus silencios y en esa aparente amabilidad que nos hace sospechar que no todo es lo que parece.

Watts encuentra aquí un vehículo perfecto para demostrar sus amplios registros dramáticos. Y es una gozada volver a verla en un papel de estas características, después de unos años en los que ha encontrado buena parte de su espacio en la televisión. Su interpretación aporta los matices que la película necesita y se convierte en su principal atractivo.

The Housewife es un film correcto, con una historia que tiene su interés, pero que no termina de trascender más allá de su protagonista. Una película que encuentra en Naomi Watts el motivo principal para acercarse a ella.


sábado, 12 de septiembre de 2026

Prácticamente magia 2: la magia tarda, pero llega

 Recuerdo la primera vez que vi Prácticamente magia hace 28 años en televisión. Me quedé fascinado con la química entre Sandra Bullock y Nicole Kidman, pero también con aquella mezcla de géneros improbables de casar: el drama familiar, la comedia romántica, el thriller, el terror y la fantasía. Una historia de brujas, hechizos, maldiciones y amores imposibles que, bajo su envoltorio mágico, hablaba de la de ser uno mismo, del matriarcado de las Owens y de la lucha de estas mujeres contra el patriarcado.

La primera película fracasó en su estreno, tanto en crítica como en taquilla, pero el tiempo terminó haciendo justicia. Las nuevas generaciones conectaron con ella hasta convertirla en una película de culto. Volver a ese universo casi tres décadas después era, por tanto, una operación delicada. Y lo más interesante de Prácticamente magia 2, dirigida esta vez por Susanne Bier, es que no se limita a vivir de la nostalgia: continúa la historia de las Owens y se inspira en The Book of Magic, la cuarta y última novela de la saga literaria de Alice Hoffman.

La película vuelve a reunir a Sally y Gillian, ahora rodeadas de una nueva generación de mujeres y de una historia de magia, maldiciones y vínculos familiares. Una decisión interesante que también explica buena parte de sus problemas. Condensar todo el material de la novela en poco más de dos horas provoca un desarrollo confuso, con demasiados personajes, situaciones y conflictos que apenas encuentran espacio para desarrollarse. Hay momentos en los que el espectador puede sentirse perdido, y la película tarda en encontrar su ritmo.

Sin embargo, cuando Sandra Bullock y Nicole Kidman comparten pantalla, todo parece encajar un poco mejor. Su química sigue intacta y continúa siendo el verdadero motor de la historia. Me encanta que a Sandra le hayan dado ese toque de comedia física que tan bien domina en Sally, mientras que Nicole disfruta de una Gillian que sigue siendo ese alma libre, ese verso suelto que quiere aprovechar cada instante de la vida. Son dos actrices que conocen perfectamente el tono de estos personajes y que consiguen recuperar parte de la magia de la original sin necesidad de repetirla.

También es un placer reencontrarse con la veteranía de Stockard Channing y Dianne Wiest, que aportan calidad y calidez al conjunto. Entre las nuevas incorporaciones, Joey King destaca especialmente por su frescura, mientras que Maisie Williams queda bastante desaprovechada, con menos oportunidades de lucimiento. El romance con Lee Pace recupera el espíritu de las comedias románticas de los 90, un registro muy ligado a Sandra Bullock, aunque su introducción dentro de la historia resulta algo torpe.

La película comienza de manera irregular, lanzando demasiada información sin poder desarrollarla con la claridad necesaria. Pero, poco a poco, Bier va encontrando el camino hacia aquello que realmente importa. Y entonces llega el final.

Después de todo ese puzle de tramas, personajes y conflictos, Susanne Bier consigue ponerle un lazo precioso al conjunto. La hermandad, la familia y la fuerza de las mujeres vuelven a ocupar el centro de la historia. No porque todo lo anterior haya funcionado de manera perfecta, sino porque el aterrizaje tiene corazón. Y eso no es poco.

Prácticamente magia 2 no es una película perfecta ni una obra maravillosa. Es una secuela irregular, demasiado ambiciosa en su desarrollo y que exige paciencia para que resurja la magia de la original. Pero cuando lo hace, cuando Bullock y Kidman vuelven a encontrar esa química y las Owens recuperan su fuerza, uno recuerda por qué esta historia sigue siendo tan especial.

Quizá no consiga reproducir de principio a fin el encanto de la primera película. Quizá su narración sea demasiado confusa y algunas de sus nuevas incorporaciones estén desaprovechadas. Pero tampoco se limita a repetir el pasado. Quiere continuar la historia, ampliar su universo y recuperar el corazón de aquellas mujeres que tanto nos fascinaron hace 28 años.

Y, sinceramente, ¿quién no quiere pasar una noche de margaritas con Sandra Bullock y Nicole Kidman bajo el hechizo de la magia? 



domingo, 6 de septiembre de 2026

‘The Runner’: entre los clichés y el entretenimiento

 The Runner acaba de llegar a Prime Video y lo hace con una acogida crítica especialmente demoledora, con unas valoraciones que parecen haber convertido la propuesta en poco menos que un desastre absoluto. Pero a veces tengo la sensación de que hablamos más de todo lo que rodea a una película que de la propia película.

Porque no, The Runner no es una buena película. Tiene problemas evidentes de guion, acumula clichés y está lejos de ser el mejor trabajo de Kevin Macdonald, un director con una filmografía mucho más interesante. Pero también funciona como aquello que pretende ser: un thriller de escape, directo, físico y de ritmo constante, que encuentra en Gal Gadot un vehículo perfecto para explotar su presencia y su faceta más física.

Y aquí es donde surgen algunas preguntas: ¿está The Runner siendo víctima del rechazo hacia Gal Gadot por su posicionamiento proisraelí? ¿Es realmente tan mala como dicen sus notas? ¿Y cuánto pesa todo ese ruido externo en su recepción?

El film de Kevin Macdonald parece querer recuperar el espíritu de aquellos thrillers trepidantes de los años 90: historias que parten de una premisa sencilla pero potente y que, a medida que avanzan, llevan la situación cada vez más al límite, hasta poner a prueba incluso la credibilidad del espectador.

Temáticamente, The Runner recuerda inevitablemente a Nick of Time, protagonizada por Johnny Depp, con la que comparte una premisa prácticamente idéntica. Aquí, una abogada soltera recibe una amenaza: alguien ha secuestrado a su hijo, Maya, y la obliga a recorrer Londres a contrarreloj para asesinar a uno de sus propios clientes y conseguir así salvarle la vida.

Y si hablamos de carreras, persecuciones y contrarreloj, resulta inevitable pensar también en Corre, Lola, corre. Macdonald bebe claramente de ese imaginario noventero, aunque The Runner no alcanza ni la originalidad ni la personalidad de aquellas películas.

El realizador deposita toda su confianza en Gal Gadot, llegando incluso a avasallarla con primeros planos destinados a transmitir la tensión, el agotamiento y la angustia de su protagonista. Y Gadot responde bien ante esos embates de cámara, demostrando que se mueve con soltura en este tipo de thriller físico.

Macdonald sabe perfectamente que está ante un vehículo para su estrella y dirige en consecuencia. A pesar de las limitaciones del material, consigue mantener una cadencia constante y hacer avanzar la persecución sin demasiados tiempos muertos. Cuando el guion empieza a perder credibilidad, es precisamente esa velocidad visual la que consigue sostener buena parte del interés.

Las calles, los parques, el transporte público y los propios habitantes de Londres aportan color, movimiento y cierta personalidad a una propuesta que, por lo demás, transita por terrenos demasiado conocidos. Porque esta es una historia que el cine ya ha explotado de manera mucho más eficaz, como demuestran las referencias anteriormente mencionadas.

Todo ello puede provocar que para algunos espectadores The Runner termine resultando monótona o repetitiva. Pero no creo que estemos ante el fracaso estrepitoso que algunos parecen empeñados en vender. Tiene carencias evidentes, sí, pero también cumple con su principal cometido: entretener durante su ajustado metraje.

No estamos ante una gran película, pero tampoco ante el desastre que algunos parecen empeñados en vendernos. A veces una película simplemente quiere entretener. Y The Runner, con todos sus defectos, lo consigue.



domingo, 30 de agosto de 2026

The Dog Stars: cuando sobrevivir también significa vivir

 Es una maravilla que, rozando ya los 90 años y en un año en el que recibirá el Oscar honorífico, Ridley Scott siga tan activo y continúe rodando con una regularidad que ya quisieran muchos cineastas mucho más jóvenes. Hay quien considera que esa actividad nos lleva a una de cal y otra de arena, pero también hay algo admirable en esa necesidad de seguir contando historias. Ahora vuelve con The Dog Stars, adaptación de la novela superventas de Peter Heller.

Estamos ante una historia postapocalíptica con ecos de western crepuscular. Un mundo devastado en el que Hig (Jacob Elordi) vive aislado en las montañas junto a su perro y Bangley (Josh Brolin), un militar de malas pulgas con quien comparte supervivencia. Hig pilota su avioneta hasta la ciudad para conseguir alimentos y otros recursos, exponiéndose a los peligros de un territorio en el que apenas quedan seres humanos. Pero un suceso dramático le obligará a abandonar su aislamiento y aventurarse más allá de los límites que hasta entonces se había impuesto.

Aunque Scott recurre a algunos tópicos del género, lo que realmente le interesa es detenerse en quienes habitan ese mundo. Se toma su tiempo para conocerlos y, de paso, construir una atmósfera en la que la amenaza está siempre presente. El ritmo es pausado y exige cierta paciencia, pero la recompensa llega. El director confía en que nos quedemos con sus protagonistas, que habitemos ese paisaje con ellos y que sintamos el peligro antes incluso de que aparezca.

Porque, aunque el mundo se haya ido a tomar por culo, todavía queda humanidad. Hay personas empáticas, amorosas y capaces de preocuparse por los demás incluso cuando todo a su alrededor se ha derrumbado. Frente a quienes han perdido cualquier rastro de humanidad, Scott se interesa por aquellos que intentan sobrevivir sin renunciar a ella.

Me gusta especialmente el arco de Hig, un hombre que lo ha perdido prácticamente todo y que apenas conserva esperanza, pero que poco a poco encuentra una luz en las personas que va conociendo y junto a las que continúa luchando. Es un recorrido muy bonito porque, en el fondo, The Dog Stars termina siendo menos un relato sobre el fin del mundo que sobre aquello que nos hace querer seguir viviendo cuando parece que todo ha terminado.

Jacob Elordi está correcto en el papel protagonista, aunque en determinados momentos queda eclipsado por quienes le rodean. Josh Brolin, Guy Pearce y Margaret Qualley aportan una personalidad y una presencia especialmente atractivas y consiguen dotar de mucho peso al reparto secundario.

Scott dirige sin necesidad de grandes alardes, aunque todavía encontramos momentos en los que demuestra que el virtuosismo sigue ahí. La escena en la que Brolin se enfrenta a unos atacantes tiene una fuerza extraordinaria, mientras que el episodio protagonizado por Allison Janney está envuelto en una atmósfera que parece sacada de otra película y que aporta al conjunto una cualidad extraña y fascinante.

Y quizá lo que más pena me da es comprobar que este tipo de cine comercial para adultos parece estar cada vez más en peligro de extinción. Obras que no necesitan correr, que confían en sus protagonistas, que construyen una atmósfera y permiten al espectador entrar poco a poco en su mundo tienen cada vez menos espacio. La recepción crítica me parece excesivamente dura y tampoco parece que el público esté acudiendo en masa a verla.

The Dog Stars no es una de las grandes películas de Ridley Scott, pero tampoco necesita serlo. Es una buena película, con personalidad y, sobre todo, una buena noticia. Porque mientras Scott siga teniendo ganas de rodar, quizá todavía haya espacio para este tipo de cine: adulto, comercial, pausado y sin miedo a tomarse su tiempo. Y a estas alturas, que Ridley Scott siga haciendo películas como esta es, en sí mismo, motivo de celebración. 



viernes, 28 de agosto de 2026

El ser querido: las heridas que no consigue cerrar el cine

 En muy poco tiempo, Rodrigo Sorogoyen ha pasado de ser una de las grandes promesas del cine español a consolidarse como uno de sus nombres más importantes también a nivel internacional. Cannes ha sido uno de los grandes escaparates de esa evolución: si As bestas llegó a la Sección Oficial fuera de concurso, El ser querido supuso un paso más al competir por la Palma de Oro. Un recorrido que confirma la dimensión de un cineasta que ha convertido la tensión y los conflictos humanos en algunas de sus principales señas de identidad.

Sorogoyen ha cimentado buena parte de su carrera junto a Isabel Peña en el terreno del thriller. En El ser querido, ambos se alejan de ese registro para construir un drama íntimo sobre la relación rota entre un padre y una hija. Sin embargo, el cambio de género no implica abandonar por completo su manera de contar. El suspense permanece, pero cambia de naturaleza: ya no depende de una amenaza externa, sino de la necesidad de comprender qué ha ocurrido entre dos personas que llevan demasiado tiempo separadas. El espectador va descubriendo las piezas de esa relación casi como si estuviera resolviendo un misterio.

La película plantea ese juego desde su apertura, con el reencuentro en un restaurante entre el personaje de Javier Bardem, un director de cine de prestigio, y su hija, interpretada por Victoria Luengo, una actriz cuya carrera atraviesa un momento complicado. Él le ofrece un papel en su nueva película, pero también encuentra en ese proyecto una vía para volver a acercarse a ella. La escena funciona porque Sorogoyen no necesita artificios para generar electricidad entre ambos: un diálogo intenso y una sucesión de primeros planos bastan para que percibamos inmediatamente que detrás de esas palabras existe una historia mucho más compleja.

Y es en ese duelo entre Javier Bardem y Victoria Luengo donde la película alcanza sus mejores momentos. Da muchísimo gusto encontrarse con un film en el que sus dos protagonistas se dan la réplica de tú a tú, sin que ninguno quede relegado a un segundo plano. Bardem compone a un director agresivo, arrollador y, por momentos, incómodo de soportar, alguien cuya forma de relacionarse profesionalmente parece contaminar inevitablemente su vínculo con su propia hija.

Las primeras reacciones tras Cannes han destacado especialmente el trabajo de Bardem, y con razón. Pero yo me voy con Victoria Luengo. Su personaje tiene un arco dramático especialmente interesante y la actriz consigue acompañar cada transformación con una enorme naturalidad. Lo más estimulante de su interpretación es cómo consigue que entendamos a una mujer marcada por una relación familiar que todavía condiciona su presente, mientras intenta encontrar su propia voz. Si Bardem domina la pantalla desde la fuerza, Luengo lo hace desde una evolución mucho más silenciosa y compleja.

El rodaje de la película dentro de la película se convierte, además, en un elemento fundamental de la propuesta. Sorogoyen lo utiliza como un reflejo de aquello que sucede entre padre e hija: el cine se convierte en el espacio donde sus conflictos vuelven a emerger. El sonido, la puesta en escena y los cambios de fotografía participan de ese juego y, cuando están bien integrados, consiguen que lo que ocurre durante el rodaje dialogue directamente con las emociones de los personajes.

Es ahí donde también aparece mi principal reparo. En determinados momentos, Sorogoyen se hace demasiado visible como realizador y algunos recursos terminan resultando artificiosos y excesivamente subrayados. El uso de la fotografía en blanco y negro es quizá el ejemplo más evidente: puede potenciar determinadas escenas, pero en otras insiste sobre emociones que ya han quedado suficientemente claras. La película es más poderosa cuando confía en sus personajes que cuando intenta decirnos cómo debemos interpretar lo que sienten.

También resulta inevitable comparar El ser querido con Sentimental Value, de Joachim Trier. Ambas películas encuentran en el cine y en un rodaje un espacio para explorar las relaciones familiares, pero parten de lugares muy diferentes. Si Trier convierte el rodaje en un territorio balsámico, casi reconciliador, Sorogoyen lo transforma en un campo de batalla emocional. Aquí hacer una película no sirve para curar las heridas, sino para ponerlas de nuevo sobre la mesa.

Con El ser querido, Sorogoyen se afianza definitivamente tanto en el panorama nacional como en el internacional. Y deja, además, dos interpretaciones enormes de Javier Bardem y Victoria Luengo que deberían tener un recorrido importante en la temporada de premios. Por el nivel de ambos trabajos, sería extraño que no acabaran ganando el Goya.

No estamos, por tanto, ante una película completamente redonda. Su director, en ocasiones, parece confiar más en sus recursos formales que en la fuerza que ya poseen sus personajes. Pero cuando lo hace, cuando deja que Bardem y Luengo se enfrenten, que el diálogo avance y que el pasado vaya apareciendo poco a poco, El ser querido alcanza una intensidad extraordinaria.

Porque, en el fondo, Sorogoyen ha hecho algo coherente con toda su filmografía: ha trasladado el suspense de la amenaza a la emoción. Aquí el misterio no consiste en descubrir qué va a ocurrir, sino en comprender cómo se han ido acumulando esas heridas entre padre e hija y cómo, al volver a encontrarse, vuelven a quedar completamente abiertas. Y cuando la película consigue que esas heridas hablen por sí solas, es cuando realmente vuela.



miércoles, 19 de agosto de 2026

The End of Oak Street: La América suburbana contra los dinosaurios

 En 1993, Spielberg despertó en muchos niños la dinomanía con el estreno de la impresionante Jurassic Park. Y no fue solo una película: merchandising, cromos, juguetes… Los niños, y no tan niños, soñaban con los dinosaurios y, lo que era aún mejor, soñaban con que algún día pudieran estar entre nosotros.

Más de treinta años después, aquella dinomanía no ha desaparecido. El legado de aquella película dio lugar a numerosas secuelas y sagas jurásicas, además de otros títulos que intentaron aprovechar aquella fascinación. Pero The End of Oak Street parece querer llevarla un paso más allá.

David Robert Mitchell, director de autor que debutó con It Follows, recupera esa fascinación por los dinosaurios, pero también el espíritu del cine de Amblin de los años 80: lo sobrenatural, la fantasía y la irrupción de lo extraordinario en la vida cotidiana. Un misterioso fenómeno cósmico lleva a la familia Platt hasta la era jurásica justo cuando atraviesan un proceso de separación. Obligados a sobrevivir juntos en un mundo dominado por dinosaurios, aquello que parecía una pesadilla terminará convirtiéndose también en una oportunidad para volver a encontrarse.

Y si algo funciona especialmente bien es la dirección de Mitchell. Desde las primeras imágenes construye un barrio residencial aparentemente idílico, con ese aspecto de la América suburbana de los 80 donde parece que nada malo puede suceder. Sin embargo, pronto descubrimos que bajo esa fachada de felicidad también existen grietas y problemas familiares.

La aparición de los dinosaurios rompe definitivamente esa sensación de seguridad. Mitchell no explica completamente el fenómeno, y quizá ahí esté parte de su encanto. Los dinosaurios pueden interpretarse como una metáfora de lo imprevisible: por mucho que tengas una casa bonita, una familia y una vida aparentemente perfecta, nada garantiza que estés a salvo. Algo puede irrumpir en cualquier momento y destruir esa normalidad.

El reparto funciona especialmente bien. Anne Hathaway sobresale como una madre de familia con mucha más iniciativa y fortaleza que el personaje de Ewan McGregor, un padre hundido e inseguro. El contraste entre ambos alimenta tanto el conflicto matrimonial como la supervivencia. Los hijos, además, aportan una naturalidad que evita que parezcan simples piezas de la historia.

En el apartado técnico destacan especialmente la fotografía y la banda sonora de Michael Giacchino, estrechamente ligado al universo de los dinosaurios tras poner música a la saga Jurassic World. Aquí recupera ese espíritu aventurero y espectacular, aunque pasado por un filtro más sombrío. Mitchell demuestra conocer perfectamente ese cine de Amblin que parece homenajear, pero no se limita a copiarlo: lo transforma en algo más extraño y adulto.

La lástima es que todo ese trabajo termine desembocando en un desenlace algo irregular, con decisiones que no terminan de encajar con la coherencia que la película había construido. Aun así, cuesta enfadarse demasiado con ella. Después de todo, ¿quién necesita demasiada coherencia cuando unos dinosaurios están campando a sus anchas por un barrio residencial?



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